Desde Tucumán al corazón del África negra

Una aventura periodística por el interior de Angola, un país devastado por la guerra y en plena reconstrucción.

31 Ago 2014

Las estrellas cubren el cielo de Angola. Una brisa fresca y húmeda es el primer contacto con el África negra y profunda, al bajar del avión. “No te alegres, es temporada seca. Aquí, en Luanda, la capital, hace calor todo el año pero más en la estación húmeda, a partir de septiembre. De noche, refresca. Además estamos cerca del mar”, advierte una voz. Es raro. El Atlántico ya no queda al este, como cuando estamos en Mar del Plata, sino al oeste. Primer dato del imaginario popular que cae por tierra: en África no hace calor siempre, depende del lugar. Segunda aclaración, aunque parezca obvia: África no es un país, es un continente con 54 países, con etnias, climas y culturas diferentes. Angola es uno de ellos, ubicado al norte de Namibia, en el África meridional. Su clima es tropical. Tercera cuestión para aclarar: en Angola no hay tigres, ni leones, ni jirafas caminando por ahí. Están todos en reservas, en los parques nacionales, y para verlos hay que contratar un vehículo.

Ahora sí nos zambullimos en la cultura de los descendientes del antiguo Reino de Ndongo, habitado por el pueblo bantú: ellos dieron origen a los actuales pobladores de Angola. “Ngola” era el nombre de los jefes del reino de Ndongo cuando llegaron los portugueses en la segunda mitad del siglo XVI. Ngola viene de “Ngolo”, que en kimbundo - la lengua que todavía se habla en las aldeas - significa fortaleza, fuerza, rigor. Así son los angoleños de hoy: fuertes, vigorosos. Es lo que explica la supervivencia de un pueblo que sufrió la esclavitud, luchó por su independencia desde 1961 y cuando por fin logró ser soberano tuvo que soportar una guerra civil más cruenta todavía, que duró 27 años. La paz se firmó hace apenas 12 años, el 4 de abril de 2002, pero el recuerdo de los combates siguen presentes en las calles y en los 100.000 mutilados que dejó la guerra.

Durante las 20 horas que hace una vieja ranchera Land Rover desde la capital (Luanda) hasta la ciudad de Lwena - donde comenzó y terminó la guerra - se ven a ambos lados de la ruta: tanques abandonados, camiones incendiados y campos con minas antipersonales todavía activas. Siguen explotando y cercenando brazos y piernas de niños que cruzan sin mirar los carteles que tiene una calavera con dos huesos cruzados. Cada semana hay una nueva víctima que ilustra con su silla de ruedas o con sus muletas la postal de la postguerra.



Por la ruta, donde el asfalto se corta a poco de salir de Luanda, vemos levantarse el sol a las 5.30. Las mujeres comienzan su peregrinaje cotidiano hacia los ríos, donde recogen agua para sus casas, lavan la ropa y bañan a sus hijos pequeños. Algunas van cantando por el camino, con los bidones en la cabeza y los bebés en la espalda. El río mayor es el Kwanza, que le da nombre a la moneda del país. Al costado de los arroyos, hay ropa tendida al sol sobre los arbustos. Se ve como un gran mosaico multicolor que alegra el verde y monótono paisaje de acacias - paraguas y de señoriales baobabs. Sí, los baobabs que Saint-Exupéry “plantó” en el Planeta de El Principito. Y que son los árboles sagrados del Africa.

A la vera del camino, los pobladores de los caseríos cercanos vienen a ofrecer sus humildes mercancías: un litro de bacaba en botella plástico, que es jugo de palmera que se toma como refresco; carbón para cocinar; mandioca, el alimento principal; bananas, que crecen en forma silvestre y carnes de caza como gacela y mono, este último es presentado con sus manitos colgando como si fuera de humano.



Un grupo de niños se acerca a mostrar sus autos de juguete hechos con maderas cortadas. Es el único vestigio de artesanía que encontramos en la zona. La guerra suele borrar la memoria de las manifestaciones del espíritu. Después de 40 años de guerras las manos sirven sólo para conseguir comida.

A las seis de la tarde el sol ilumina el horizonte. Una bola anaranjada convierte en sombras todos los árboles y la vegetación circundante. A las seis y media la noche encierra los faroles del auto. Los 1.300 kilómetros que separan Luanda de Lwena se hacen interminables.

Por fin el vehículo se detiene en la frontera. Un policía con el ceño fruncido pide papeles reglamentarios. El conductor, que es el doctor Juan Emilio Palacios, médico tucumano y misionero en la clínica evangélica Jesús Salva de Lwena desde hace 10 años, explica que todos los ocupantes son voluntarios. Entonces la frente del oficial se relaja. “¿Tiene una Biblia para alimento de mi espíritu?” pregunta en portugués, el idioma oficial de Angola. “Ya no, padre...”, le contesta el médico. “Padre” es una forma respetuosa de dirigirse a las personas mayores. “Aunque sea un folletito…”, mendiga el policía que no se resigna a perder su limosna para el alma. “Sí, aquí tiene”. “¡Gracias, vaya tranquilo!”, lo despide con una venia militar. La misma escena se repite en cada frontera hasta llegar a la provincia de Moxico, cuya capital es Lwena.

Hemos atravesado por el medio el país. Las únicas personas de raza blanca que vemos son las que bajan de la ranchera. En el interior de Angola, una persona blanca solo puede ser médico, ingeniero o misionero. Pero desde hace poco más de un año se sumaron los de raza amarilla, que los pobladores confunden con blancos. Los chinos están por todos lados: manejando pequeños minibuses de trabajo, asfaltando caminos y construyendo casas. No hablan portugués y vienen dentro del “paquete” que ofrecen las empresas asiáticas al gobierno angoleño. Cobran míseros sueldos y viven tan pobremente como muchos lugareños, en casas de chapas a orillas de las grandes ciudades. Las malas lenguas dicen que los trajeron desde las cárceles a cambio de libertad.

Angola es uno de los países que más ha crecido en todo el mundo. Pero sólo podrá ser verdaderamente rico, el día que aprenda a transformar el petróleo y los diamantes de su suelo en un plato de comida para cada angoleño.



Origen de esta aventura

Fue hace diez meses. Una nota publicada en LA GACETA (http://www.lagaceta.com.ar/nota/563571/sociedad/curo-nena-angolena-adopto-trajo-tucuman.html), en sus tres últimas líneas, invitaba a los que quisieran sumarse como voluntarios a la misión de la iglesia evangélica en África. “¿Qué podía hacer yo, si no soy ni médica ni enfermera?”, pregunté. Me contestaron que podía hacer notas como periodista. Reí. Me imaginé siguiendo la huella de los misioneros tucumanos, católicos, evangélicos y los que encontrase allá, dejando sus mejores años y su salud al servicio de los demás. Cuando menos me dí cuenta ya estaba sentada en el avión. Esta serie de notas que inicia hoy LA GACETA se publicará esta semana. Su propósito es acercar al lector las vivencias de tucumanos solidarios en los confines del mundo. Sirva esta aventura periodística para dar a conocer la obra que de otra manera quedaría ignota por la naturaleza misma de la caridad: “que tu mano derecha no sepa lo que hace la izquierda”.

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