El regreso de Adán Buenosayres

A 65 años de su primera edición, vuelve el clásico de Leopoldo Marechal en una edición crítica que sale a la luz con la intención de romper la nube de oscuridad que ha rodeado, durante años, a esta novela clave de la literatura argentina.

15 Sep 2013
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TRES TITANES DE LA LITERATURA. Leopoldo Marechal (con su inseparable pipa en la mano), reunido con Gabriel García Márquez y con Augusto Roa Bastos.

En la cocina de Marechal

Por Javier de Navascués - Para LA GACETA - Pamplona

La nueva edición de Adán Buenosayres, incorporada a la colección EALA (Ediciones académicas de la literatura argentina) de la editorial Corregidor, dispone de una amplia introducción y un frondoso aparato de notas explicativas, al que se acompañan otras de tipo filológico de acuerdo con los criterios de la colección en la que se enmarca. El objetivo final ha sido, si se puede decir así, reconstruir el taller del escritor durante el afanoso plan de su escritura.

Una edición como esta debe tener en cuenta todas las ediciones publicadas en vida del autor, además de aquellas otras especialmente relevantes por su información y trabajo filológico que se hayan realizado después. Las que existían hasta la fecha fueron aportes sobresalientes que añadieron mucho al conocimiento que se tenía de la novela en su día. Sin embargo, en el caso de la edición de Corregidor, la primera edición crítica publicada en Argentina de Adán Buenosayres, se pudo disponer de diez cuadernos manuscritos de puño y letra del autor. Este hecho tiene una gran trascendencia, porque nunca hasta la fecha se había tenido a la vista todo el material preparatorio del Adán.

En los papeles de Marechal hay un número abrumador de variantes que fácilmente supera las 5.000. ¿Son necesarias más de 5.000 notas al pie de página para registrar hasta la más mínima variante? La mayoría de las que se encontraron en el manuscrito original eran de escasa importancia semántica (un "mas" en lugar de la adversativa "pero", una coma eliminada en la versión final, etcétera). Si se anotaban todas, movidos por un extremo prurito de rigor, correríamos el riesgo de impedir la lectura de la novela. Por tanto, se han seleccionado como notas sólo aquellas variantes del manuscrito que parecían muy pertinentes para conocer las elecciones y supresiones que Marechal imprimía a sus obras. Muchas veces las opciones responden a reemplazos que siguen una determinada orientación estética y, en definitiva, a la alta exigencia que se imponía Marechal a sí mismo. Una selección radical, pero consciente, revelará el diamante en medio de la ganga: sólo así se vislumbran, por ejemplo, las correcciones estilísticas de cierto calado.

Claves

Otro de los aportes está en el señalamiento de todos aquellos comentarios del autor en el manuscrito que aportan información suplementaria al texto. Varias "claves" residen en esos comentarios: caricaturas de políticos, periodistas, poetas, cantantes de tango o historiadores de la época a los que Marechal retrató en su novela de forma humorística. Muchas de estas atribuciones nunca se habían registrado hasta ahora.

Marechal era extraordinariamente meticuloso en la labor de escritura. Por testimonios orales (Elsa Ardissono, sobrina del escritor) sabemos que pasaba a limpio cada capítulo varias veces hasta llegar a la copia definitiva que entregaba la editorial. Esto acaso pueda explicar el estado ultracorregido de los manuscritos.

Por último, otras variantes del manuscrito obedecieron a motivos no sólo estéticos. Es lo que sucede con algunos calificativos que Marechal prodigó a su álter ego, Adán. En el manuscrito éste es llamado "literato de miércoles". Pero en la versión final la expresión se suaviza ya que es sólo "un literato". Ciertas eliminaciones se explicarían por no dar detalles acaso indiscretos (los nombres propios de antiguos amores suprimidos aquí y allá), o por alguna razón más interesante para la interpretación de la obra. Es el caso, de las frases desaparecidas en la última página de la novela. Los lectores de Adán Buenosayres saben que allí aparece una figura misteriosa y ridícula: el Paleogogo. Si leemos el manuscrito, vemos que el monstruo se hace equivaler a Satanás, lo que subrayaría explícitamente el mensaje religioso del texto. Si embargo, al eliminar esta referencia desde la primera edición, Marechal, abriría su simbología hacia una visión más difusa, sin cerrarse al mismo tiempo a la posibilidad de que se leyera de acuerdo con su plan primitivo. Esta última variante redondea el núcleo significante de Adán Buenosayres, obra inquieta y sugerente, rebelde a cualquier interpretación simple y reduccionista.

© LA GACETA Javier de Navascués - Doctor en Filología Hispánica y profesor de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Navarra. Autor de Adán Buenoayres, la novela total.


Una aventura del pensamiento y de la lengua

Por María Rosa Lojo - Para LA GACETA - Buenos Aires

Más allá de los cambios en los valores sociales y las formas de la sensibilidad, más allá de la condición histórica de toda literatura y toda cultura, el Adán Buenosayres mantiene una potencia lírica y una voluntad lúdica y cómica que han probado, al menos para mí, su carácter indestructible. Alianza magistral de lo sublime y de lo rídículo, cumbre de la parodia y de la poesía, sigue proponiendo desde sus caudalosas páginas un relato filosófico y divertido, tradicional y experimental, que nos habla de la vanguardia argentina de los años 20 y de la Argentina como nación, en su intrincado mapa de mestizajes culturales, y del más complejo de los híbridos: el ser humano.

Lejos de los clichés esencialistas y nacionalistas, los desarticula y los desarma con todo el poder inventivo del lenguaje poético. La sombra evidente de Alejandro Schultz Solari (Xul Solar) -Schulzte, el demiurgo de su infierno porteño-, y también la más escondida de Macedonio Fernández, transitan sus caminos anticonvencionales. La religiosidad, como inquietud insaciable, es una apuesta metafísica que dirige el itinerario de su héroe. No se trata de imposición doctrinaria sino de aventura del pensamiento y de la lengua que busca, en el futuro, el manantial del tiempo, y que mira al origen, no como espacio inaccesible y clausurado, sino como centro de incesante transformación.

En el Adán Buenosayres, Marechal encontró y exploró, como pocos, los vasos comunicantes entre la llamada "alta cultura" y la cultura popular hasta lograr una confluencia aparentemente espontánea pero fruto, en realidad, de una sostenida elaboración artística. Su destreza supo correr todos los riesgos del salto en el vacío, y deslumbrar con piruetas de acróbata sobre el filo de la navaja. Por eso, encantados como chicos que asisten por primera vez al espectáculo del gran circo del mundo, donde lo trágico y lo cómico se dan cita, lo seguimos leyendo.

© LA GACETA María Rosa Lojo - Escritora, doctora en Letras de la UBA, investigadora del CONICET.


Fragmento de Adán Buenosayres

Por Leopoldo Marcechal

Adán Buenosayres despertó como si regresara: la canción de Irma, pescándolo en las honduras de su sueño, lo izó un instante a través de rotas escenas y fantasmas que se desvanecían; pero se cortó el hilo de música, y Adán bajó de nuevo a grandes profundidades, entregado a la disolución de tan sabrosa muerte… Adán Buenosayres abrió definitivamente los ojos, y al ver que los objetos le mostraban su cifra irrevocable, saludó al fin, descorazonado: «¡Buenos días, Tierra!» No deseaba romper aún la inmovilidad de su cuerpo yacente: hubiera sido una concesión al nuevo día que lo reclamaba y al que se resistía él con todo el peso de una voluntad muerta.El desajuste


El desajuste

Por Julio Cortázar *

Una gran angustia signa el andar de Adán Buenosayres, y su desconsuelo amoroso es proyección del otro desconsuelo que viene de los orígenes y mira a los destinos. Arraigado a fondo en esta Buenos Aires, después de su Maipú de infancia y su Europa de hombre joven, Adán es desde siempre el desarraigado de la perfección, de la unidad, de eso que llaman cielo. Está en una realidad dada, pero no se ajusta a ella más que por el lado de fuera, y aun así se resiste a los órdenes que inciden por la vía del cariño y las debilidades. Su angustia, que nace del desajuste, es en suma la que caracteriza -en todos los planos mentales, morales y del sentimiento- al argentino, y sobre todo al porteño azotado de vientos inconciliables.

* Publicado en la revista Realidad, en 1949.


Mi padre, según pasan los años

1900 

El 11 de junio nace en Buenos Aires.

1913 

Finaliza la escuela primaria. Por propia decisión ingresa como obrero a una fábrica, de la que es rápidamente despedido por haber incitado al personal a pedir mejoras salariales. Se dedica a cultivar lechugas francesas y cebollas, en el huerto familiar. Lee intensamente a Salgari, entre otros autores.

1916 

Inicia los estudios secundarios. Ahorrando los centavos que eran para el tranvía (va de a pie, ida y vuelta, a la Escuela Normal) compra sus primeros libros, usados.

1919 

Muere su padre. Leopoldo es contratado como bibliotecario rentado en la Biblioteca Popular Alberdi y se recibe de maestro.

1921 

Comienza a trabajar como maestro y mantiene el puesto de bibliotecario.

1922 

Publica su primer libro de poemas, Los aguiluchos.

1926 

Manuel Gleizer edita Días como flechas y, hacia fines de año, concreta su primer viaje a Europa. Desembarca en Vigo, donde había nacido María Zoraida, la mujer que sería su esposa, en 1934. Al llegar a Madrid visita a Ramón Gómez de la Serna; traba relación personal con los compañeros de la Gaceta Literaria, con quienes se cartea. Cumple con el pedido de sus amigos martinfierristas al visitar a Ortega y Gasset. Se traslada a París, donde busca a Francisco Luis Bernárdez y comienza una vida de fiestas cotidianas, hasta que, cerca de quedarse sin reservas económicas, decide mudarse junto con Bernárdez a Montparnasse. José Fioravanti lo exhorta a valorar su tiempo. Traba relación con Picasso, Unamuno, los escultores españoles Mateo y Gargallo; conoce a los argentinos del grupo de París: Horacio Butler, Héctor Basaldúa, Antonio Berni, Raquel Forner, entre otros.

1928 

Acepta la invitación que le hace Alberto Gerchunoff para integrar la redacción del nuevo diario El Mundo. 

1930 

Instalado en París, comienza a escribir Adán Buenosayres. 

1931 

Regresa a Buenos Aires. Retoma la docencia y conoce a María Zoraida Barreiro, joven profesora en Letras, que lo entrevista por una tarea literaria que debe realizar y lo acepta como novio. Se casarán tres años más tarde.

1940 

Publica El centauro y Sonetos a Sophia, con los que gana el Primer Premio Nacional de Poesía. Con el importe del premio se comprará una casa en Adrogué.

1944 

Publica La rosa en la balanza. Ignacio Braulio Anzoátegui lo invita a colaborar, a su lado, en la recién creada Secretaría Nacional de Cultura, siendo designado Director General de Cultura Estética.

1947 

El 8 de junio, en plena juventud, fallece su esposa dejando dos hijas pequeñas. Su madre y hermanos se ofrecen a cuidarlas, dada su corta edad, hasta que él organice su vida. 

1948 

El 30 de agosto, en honor a Santa Rosa de Lima, ve la luz su novela fundacional Adán Buenosayres, en la que había cifrado grandes esperanzas. Conoce a Juana Elvia Rosbaco de Paoloni, profesora en Letras, interesada en vincularse con el mundo intelectual. Comienza a aconsejarla y paulatinamente inicia una relación afectiva.

1949 

Se decepciona por el gran silencio creado en torno de su amada novela, que había elaborado desde 1930. Una voz se alza: es la del juvenil Julio Cortázar, en un artículo de la revista Realidad.

1951 

José María Fernández Unsain le solicita Antígona Vélez para estrenarla en el Teatro Cervantes que dirige. El papel protagónico le es otorgado a la actriz Fanny Navarro. El único original mecanografiado desaparece en una disputa doméstica entre la actriz y Juan Duarte. Eva Perón, enterada de lo ocurrido, le pide telefónicamente a Marechal que haga el esfuerzo de volver a tipear a máquina los manuscritos. Seducido por su simpatía, cumple con su requerimiento. La obra se estrena el 25 de mayo y, pese a las precarias condiciones de ensayos y de tiempo, es un éxito.

1954/5 

Hacia fin de año intensifica su vida de aislamiento. 

1965 

Es editada su segunda novela, El banquete de Severo Arcángelo, por la que recibe el Premio Forti Glori.

1966 

Se editan Heptamerón, Antígona Vélez, Las tres caras de Venus, Cuaderno de navegación, Autopsia de Creso, El poema de robot y una nueva antología de sus poemas que edita Eudeba, bajo el título Poemas de Marechal.

1970 

El 26 de junio, víctima de un síncope, muere en su departamento de Rivadavia al 2.300, en Buenos Aires. Estaba en imprenta tercera novela: Megafón, o la guerra, que ve la luz un mes después. Deja una decena de obras de teatro inéditas. Estaba trabajando en una cuarta novela, El empresario del caos.

© LA GACETA

María de los Angeles Marechal - Es una de la directoras de la Fundación Leopoldo Marechal, dedicada al análisis, difusión y preservación de la obra de su padre.

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