de memoria

El rostro de Monteagudo y una superchería

El historiador Mariano Pelliza y el dibujante Henri Stein inventaron, en 1880, un rostro del prócer tucumano Bernardo de Monteagudo. El retrato auténtico se difundió en 1943, pero siguió reinando el apócrifo.
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Carlos Páez de la Torre H
LA GACETA
EL VERDADERO BERNARDO DE MONTEAGUDO. Copia, de 1876, del retrato para el cual posó Monteagudo en Panamá en 1822. Es una gentileza de la profesora Mary Ann Lizondo. LA GACETA / FOTOS DE ARCHIVO

En 1880, el historiador argentino Mariano Pelliza (1837-1902) terminó de redactar los dos tomos del libro "Monteagudo, su vida y sus escritos".

Se le presentó entonces el problema de que carecía de un retrato del prócer tucumano, y no tenía idea de que existiera alguno. Vino en su auxilio el general Gerónimo Espejo, veterano del Ejército de los Andes: le aseguró que Monteagudo era parecido al doctor Bernardo Vera y Pintado (1780-1827), jurisconsulto y literato argentino de larga actuación en Chile.

En su libro "Monteagudo, el pasionario de la libertad" (1943), un historiador tucumano, el doctor Estratón J. Lizondo (1914-1998), narra la historia que siguió. Se contaba con un retrato de época de Vera y Pintado, obra de Desmadryl y publicado en 1854 en la "Galería nacional o colección de biografías y retratos de hombres célebres de Chile".

Acudió Pelliza al dibujante Henri Stein (1843-1919), director del semanario satírico "El Mosquito", y le pidió que "adaptara" esa efigie para lograr un rostro de Monteagudo.

El invento

No se tomó Stein demasiado trabajo, como se advierte al confrontar las imágenes. Vera y Pintado era albino, de manera que reemplazó el pelo blanco por pelo negro: lo hizo un poco más abundante, conservando el flequillo y las mechitas de las sienes peinadas hacia delante, a la moda de la época.

Los ojos claros -y famosamente miopes- de Vera y Pintado, se reemplazaron por fulgurantes ojos negros tucumanos, aunque dejó la boca prácticamente igual.

En cuanto a la vestimenta, mantuvo el cuello alto y la gran corbata blanca con dos vueltas de Vera y Pintado, pero abrió la chaqueta cerrada de éste para que apareciera un chaleco.

Además, decoró el cuello con entorchados, indicadores del rango ministerial. Y le agregó el brazo derecho, también con entorchados, sobre la manga que mostraba el puño de encaje de la camisa. En la mano aferraba una pluma.

Además, le colocó sobre el pecho la gran condecoración de la Orden del Sol.

Con gran éxito

Como la imagen apócrifa de Stein llenaba el vacío existente, respecto de Monteagudo, en la iconografía argentina y americana, tuvo gran difusión y se reprodujo incesantemente desde entonces en "enciclopedias, álbumes, diccionarios biográficos y los textos de consulta". Inclusive, el gobierno de Bolivia la reprodujo en estampillas postales emitidas en 1897.

De nada valdría, como lo consigna Lizondo, que Mariano Billinghurst, quien levantó en Lima el cadáver de Monteagudo asesinado, dijera rotundamente, al ver el dibujo de Stein, que "en nada se parecía al hombre que él había conocido". O que, en 1896, el historiador Gabriel René Moreno denunciara el fraude por primera vez. Correspondió al doctor Lizondo, en su citada biografía de 1943, editada en la imprenta "La Raza", de Tucumán, dar a conocer por primera vez, el retrato auténtico de Monteagudo.

Retrato auténtico

Detectó, en la casa de su pariente y colega, el destacado historiador doctor Manuel Lizondo Borda (1889-1966), un retrato desconocido hasta entonces. Había sido ejecutado en Panamá por un artista cuyo nombre no se conoce, en agosto de 1822, con el modelo al frente. Posteriormente fue llevado a Lima, donde el pintor V.S. Noroña lo copió en 1876. Esta copia pasó por varias manos, hasta que la adquirió un militar peruano, el coronel Bernales. Y éste se la obsequió al doctor Lizondo Borda, en 1926.

Lizondo hizo tomar una foto del cuadro y la publicó, junto con todas las referencias que hemos entresacado, en su "Monteagudo". Expresaba que "enseña a Monteagudo elegantemente vestido en su traje de ministro, prendidas las condecoraciones guerreras de Carabobo, Cartagena y Bomboná, obsequiadas por las autoridades de Panamá". Señalaba que el óleo, de 58 x 81 centímetros, se hallaba algo deteriorado, con parte del color desvaído y manchado por los sucesivos traslados.

Impecable restauración

Hasta aquí, el doctor Lizondo. Agreguemos que el fotograbado que publicó en su libro tenía las inevitables deficiencias de los "clichés" de 1943, y de la impresión en blanco y negro. Pero, de todos modos, sacaba a la luz una efigie cuyo estilo revelaba contemporaneidad con el retratado, y era por cierto muy diferente a la superchería de Pelliza-Stein.

Pero no hizo impacto en la iconografía histórica, y el rostro apócrifo se siguió publicando. Por nuestra sugerencia, Lizondo publicó en 1997 un artículo en el Suplemento Literario de LA GACETA ("Cuál es el verdadero retrato de Bernardo Monteagudo"). Allí reiteraba sus argumentos de 1943 y volvía a mostrar el retrato. En esa época, la efigie ya no se encontraba en Tucumán. Habían fallecido tanto el doctor Lizondo Borda como su esposa: su único hijo, Manuel, se llevó el óleo a los Estados Unidos, donde residía. Hace pocos días, la ex esposa de Manuel hijo, profesora Mary Ann Lizondo, tuvo la gentileza de enviarme una magnífica fotografía en colores del cuadro, restaurado de modo impecable. Es la que publicamos aquí. Permite apreciar con nitidez el verdadero rostro del tucumano nacido hacia 1789 y asesinado en 1825 en Lima, luego de una brillante carrera de patriota revolucionario, valorada, como bien se sabe, por San Martín y por Bolívar.

Autenticidad necesaria

Es más que probable que, aunque contemos ya con esta excelente imagen del óleo que hizo conocer Estratón J. Lizondo en 1943 (y cuya adquisición debiera gestionar el Gobierno), se siga publicando el Monteagudo apócrifo, cada vez que se necesite un rostro del tribuno. No es raro, dada la poca importancia que se da tradicionalmente, entre nosotros, a algo tan delicado como es establecer la autenticidad de las imágenes históricas. Al no contar con rostros auténticos, se ha procedido a inventarlos con toda tranquilidad. En nuestra Casa Histórica de la Independencia, por ejemplo, se exhibe un Bernabé Aráoz con rostro de "Billiken", pintado al pastel por Honorio Mossi en 1926, sin fundamento alguno; y con un congresal Pedro Miguel Aráoz igualmente ideado de la nada, en 1944, por Lina Labourdette de Villarrubia Norry.

Esto, para citar sólo un par de casos y no detenerse en los retratos de otros congresales, varios de los cuales -como los de Catamarca y Santiago del Estero- carecen de base documental. Y es sabido que aquella imagen oficial del general Martín Güemes, con barba negra y uniforme con alamares, parte de un invento del pintor Eduardo Schiaffino, ya que no existió una imagen de época del célebre caudillo que le sirviera de base. Sería interesante que, alguna vez, se generalizara la costumbre de difundir únicamente retratos auténticos de nuestras figuras del pasado: y la de no publicar los que carezcan de ese requisito elemental.

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