Julio Argentino Roca en Curupaytí

El tucumano fue protegido por la misma suerte de siempre. Por Carlos Páez de la Torre (h).

27 Ago 2009
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LA BATALLA DE CURUPAYTI. Detalle del cuadro de Cándido López que registra el comienzo del sangriento encuentro. Costó 8.000 soldados a las fuerzas argentinas y brasileñas. LA GACETA / ARCHIVO

Es sabido que la acción más sangrienta de la guerra del Paraguay tuvo lugar en Curupaytí, el 22 de setiembre de 1866. Se trataba de una posición estratégica, ubicada en la altura y defendida por los cañones móviles de los paraguayos y, sobre todo, por unas triple trinchera de fosos bordeados por plantas espinosas. Fue una terrible sangría, que costó a las tropas argentinas y brasileñas unos 8.000 muertos, mientras las bajas del Paraguay no llegaron al centenar.
En Curupaytí actuaron algunos tucumanos. Quedó muerto en el campo el capitán Nabor Córdoba, hermano del gobernador Lucas Córdoba, y se prodigó atendiendo a los heridos el médico Caupolicán Molina. En cuanto al joven sargento mayor Julio Argentino Roca, estaba al mando del batallón "Salta" y fue protegido por esa impresionante suerte que lo acompañaría toda su vida. Dice la historiadora Aurora Sánchez que se lo distinguía desde lejos por su caballo moro, así como el coronel José Miguel Arredondo era inconfundible por su poncho blanco. Los  tiradores paraguayos les apuntaban con esmero, pero no lograban acertar los disparos.
El "Salta" quedó diezmado en un 60 por ciento por las balas, las bayonetas y los obuses. Cuando tuvo que ordenar el repliegue, Roca advirtió que la bandera del batallón estaba inmóvil en la cercanía de las trincheras.
Entonces, marchó hacia el lugar al trote. Llegó y, al ver que el abanderado estaba muerto, tomó la enseña en sus manos. "Miró de frente a la trinchera enemiga y apoyando el asta en su rodilla derecha la hizo flamear en desafío", dice Sánchez. Luego, emprendió el regreso, bandera en mano, mientras las balas picaban a su alrededor sin tocarlo.
De pronto, vio a su amigo, el subteniente Daniel de Solier -luego almirante- herido, que se tambaleaba de rodillas y apoyado en el fusil.
Roca lo hizo subir en ancas y con él trotó de vuelta hacia las líneas. Al poco se les unió otro amigo, el coronel Arredondo, y siguieron juntos hasta el campamento.

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