Tras décadas de abandono e intentos de revalorizaciones infructuosas, el edificio del Buen Pastor -ubicado entre las calles Mendoza y Salta- representa hoy apenas un recuerdo (amargo, a medias, errabundo) de la influencia que tuvo la congregación en la provincia. Sin poder ingresar al inmueble (en 2022 se procedió a la demolición del primer piso por riesgo de derrumbe) ni la capilla aledaña, las figuras religiosas del templo obtuvieron un verdadero “descanso corpóreo eterno”.

Para Beatriz Cazzaniga las ansias de rescatar este patrimonio cultural e histórico se tradujeron en una acción concreta. Hace al menos cuatro años, la escultora recibió la figura de la virgen María que estaba expuesta en el patio de la construcción. La imagen yacía en una gruta a la intemperie y era frecuentada por las mujeres que vivían y estudiaban allí.

Debido a sus malas condiciones la pieza necesitaba ser restaurada antes de poder volver a exhibirse en otra capilla o claustro. Este hecho permaneció como una cuenta pendiente para la artista, hasta que se jubiló y finalmente contó con el tiempo suficiente para intervenir.

Antes y después

Al ingresar al taller de Cazzaniga, lo primero que aparece es la reliquia. Con su manto blanco y unos ojos brillosos que observan hacia arriba, la imagen transmite piedad e inocencia. “Por estar a cielo abierto y a merced de los cambios ambientales, la base de la virgen (sus pies y unos detalles de decoraciones con flores y hojas) quedó destruida. La figura tenía problemas de hongos, grietas en las uniones y fisuras”, explica la ex profesora en Artes Plásticas de la Facultad de Artes.

Anteriormente, ella trabajó en la restauración de la estatua “Libertad” (en plaza Independencia) y el conjunto escultórico de la plaza Juan Bautista Alberdi. Además, intervino en las iglesias San Francisco y La Merced. En base a su experiencia, Cazzaniga alecciona que la restauración no es una tarea sencilla ni rápida. Al contrario, requiere de una extensa fase de diagnóstico.

“Debemos disponer de una amplitud de criterios para evaluar el estado histórico, estético, técnico y químico de la pieza. No se trata solo pintar y solucionar cualquier contrariedad superficial, sino de conocer en profundidad la estructura. Hay que saber de qué materiales está hecha la figura, cómo se elaboró su estructura, de dónde viene, cuál era su estilo… Un buen profesional tiene que aprender a observar antes de actuar”, indica la docente, capacitada en el Instituto di Restauro de Roma (Italia).

Luego, la virgen María fue limpiada y desinfectada; asimismo se procedió a enmendar cualquier fisura. “La figura fue repintada en varias ocasiones. En ciertas zonas había siete capas de color, mientras que en otras noté apenas tres o dos. Eso implica que había partes del soporte original que sufrieron continuamente un mayor deterioro”, devela.

El mejor hallazgo fue descubrir una franja dorada en el manto con decorados rojos; un diseño diferente al que se aprecia a la vista. Si bien no hay certezas de que este patrón fuera el original, se trata de la versión más antigua que fue posible rescatar. “El soporte de la virgen es de madera, después posee una capa preparatoria blanca y un protector de policromía. Su estructura interna resulta parecida a otras figuras que vi en el templo San Francisco por lo que podríamos suponer que la imagen es de mediados de 1940 y quizás vino de Valencia (España)”, agrega.

Debates

En esta profesión, un error frecuente que señala la entrevistada pasa por no querer aceptar el ciclo de vida de cada creación. “En un principio la restauración debe demorar el deterioro de la escultura u objeto, amortizar su material o soporte. No obstante, cada pieza dispone de un principio y un fin; nada es infinito aunque deseemos que dure en una iglesia, museo o paseo cultural”, expone.

Al margen, las intervenciones tienen que ser mínimas -sin falsear lo histórico- y documentarse con mucho tecnicismo. “Otra de las máximas de la restauración es la compatibilidad y reversibilidad. Es preciso que los restauradores empleen materiales aptos porque hay composiciones que gracias a su química acaban por lastimar las piezas”, resume.

Historia

El Buen Pastor fue creado en 1889 como una institución para albergar mujeres -entre los 12 y 18 años- que pasaban por diversas situaciones de vulnerabilidad (como violencia doméstica o abandono familiar). Años después el inmueble se convirtió en una cárcel femenina y persiguió ese propósito hasta 1979; momento en que retornó a su función original. Para aquel entonces los signos de deterioro en la infraestructura eran evidentes, pero la congregación no disponía de fondos para renovar el edificio.

Finalmente la falta de mantenimiento llevó a que, en 2001, se desplomara el techo de una habitación. El cierre casi total del establecimiento fue inminente: las 30 chicas que solían dormir allí fueron trasladadas al Instituto María Goretti y otras 37 internas (las cuales asistían a una escuela anexa) tuvieron que unirse al sistema educativo tradicional.

En 2018 el Arzobispado de Tucumán pidió un informe para evaluar su estado estructural. Efectivamente, el peligro de derrumbe hizo que la Dirección de Catastro municipal autorizara su demolición parcial. No obstante, en ese lapsus el edificio fue declarado Patrimonio de Interés Cultural y se debió emprender un proceso judicial para lograr el cometido. El avance fue lento (recién en 2022 arrancaron las obras) y nos dejó a los tucumanos la imagen de un vallado que continúa hasta la actualidad.