Quiero invitarlos a una discusión ideológica; no sólo porque me apasiona reflexionar sobre política, sino porque podría tener una utilidad práctica, según explicaré más adelante. Puede parecer pretencioso que los que estamos en el llano nos propongamos orientar a quienes nos dirigen, pero lo cierto es que el oficialismo parece estar en Babia (en cuanto a ideas, no en cuanto a patrimonio), y la oposición tampoco aporta ideas; se limita a criticar, como si sólo le interesara hacer caer al gobierno. Y aquí hay mucho en juego, porque ya asusta la progresión de la decadencia. Ni siquiera se trata de una caída con pendiente constante, sino acelerada; una suerte de curva parabólica. De seguir así, llegaremos a la elección del 2023 con una cifra de pobreza angustiante. Ya estoy un poco cansado de escuchar que la inflación es multicausal. Alguna vez habrá que empezar a investigar cuáles son esas causas, porque limitarse a decir que la inflación es multicausal parece un chamuyo como para ir tirando. Intentaron hacer controles de precios en los comercios minoristas, como si el almacenero del barrio fuese un formador de precios. Los minoristas no tienen margen para especular; intentan subir lo menos posible los precios para no perder clientes. Pero, claro, algo deben subir cuando aumenta la luz, el combustible (y por consiguiente los proveedores cobran más por sus servicios) y cuando les agregan algún impuesto nuevo, como el impuesto al envase. También se dijo que la inflación se debe al aumento del precio del dólar, y se echó la culpa de eso a los turistas que compran dólares para viajar. Pero la fuga de divisas debido al turismo es despreciable comparada con la cantidad de dólares adquiridos por argentinos que desean resguardarse de la inflación: no cualquiera puede invertir en bienes inmuebles: para eso hace falta mucho dinero y tenerlo blanqueado.

Estoy convencido de que los mismos integrantes de la casta política compran dólares: nadie se inmola por la Patria, aunque los políticos pretendan hacernos creer que ellos viven para el pueblo. Ésta mi visión: cuando la producción de bienes y servicios es inferior a la demanda de esos bienes y servicios, y esa diferencia se mantiene en el tiempo (o, peor aún, aumenta), las consecuencias posibles son dos: inflación o cartillas de racionamiento. Es decir que la inflación se solucionaría creando las condiciones para que se genere más riqueza. Para ello hay que conseguir que Argentina vuelva a ser un país atractivo para invertir. En este momento no sólo no atraemos inversiones, sino que empresas locales están invirtiendo en otros países, como Uruguay, Brasil o Paraguay. Son muchos los motivos por los que este país no es atractivo para invertir, entre los que se cuentan la inseguridad (tanto jurídica como ciudadana), el déficit de infraestructura, la corrupción de funcionarios que aprovechan su posición de poder para exigir coimas, la imprevisibilidad en cuanto a la disponibilidad de energía, el mercado interno y/o las posibilidades de exportar, disponibilidad de mano de obra cualificada y dispuesta al trabajo y, quizá lo más importante, la carga impositiva, que es el tema que quiero profundizar.

La carga impositiva en Argentina no sólo es alta, sino además inestable, pues nadie sabe qué impuestos nuevos se agregarán a los ya existentes, debido a la tendencia de las últimas décadas. Hace relativamente poco se creó el impuesto al envase, pero recordemos también que el impuesto al cheque e ingresos brutos supuestamente eran temporales, pero al parecer llegaron para quedarse y, en el caso de Tucumán, ingresos brutos fue aumentando con los años. Muchos dirán que bajar impuestos hará decrecer la recaudación. En el corto plazo sí, pero la buena noticia es que hay mucho donde ajustar sin perjudicar a los más pobres. ¿Dónde? En la casta política, la más privilegiada de Argentina. Si queremos mejorar, no hay alternativa a ese ajuste, que se ha venido intentando evitar desde que existe el populismo. Recordemos que, a diferencia de los países nórdicos, en Argentina los impuestos no vuelven totalmente al pueblo. En algunos casos no vuelven en absoluto, como es el caso del IPLA en Tucumán. Otro ejemplo de mi provincia: la cantidad de asesores por cada legislador es información clasificada: ante un recurso de amparo presentado por un abogado constitucionalista, un tribunal tucumano falló a favor de la legislatura tucumana argumentando que no se debe publicar la nómina de asesores pues se trata de datos “sensibles”. Es un verdadero despilfarro que cada legislador contrate a sus propios asesores, cuando bastaría con asignar los mismos asesores a todo el conjunto, con algunos extras para cada comisión parlamentaria.

Vivimos en una sociedad en la que se recompensa la militancia con cargos de ñoquis en múltiples instituciones, y eso incluye a la legislatura. Esta desaprensiva práctica no es sustentable en el tiempo, y cuando digo que no es sustentable quiero decir que alguna vez el sistema quebrará y se generará el caos. Hemos naturalizado el hecho de que tanto políticos como sindicalistas, líderes piqueteros o instituciones que supuestamente defienden derechos humanos, se vuelvan millonarios. Y aquí viene la parte en la que explico por qué expresar estas ideas puede tener utilidad: hay una ley de mercado según la cual, cuando hay una necesidad insatisfecha, hay una oportunidad de negocio, y cuando hay una oportunidad de negocio, por probabilidad más temprano que tarde alguien querrá aprovecharla. Si expresamos en las redes nuestra insatisfacción precisando (esto es muy importante) qué cambios queremos, qué propuestas estamos dispuestos a votar, es probable que algún astuto con ambiciones de hacer carrera en política decida proponer los cambios que reclamamos. Y si con eso consigue ganar elecciones, es de esperar que cumpla al menos con parte de lo prometido si quiere repetir mandato. La democracia no cambia el corazón de la gente, pero al menos puede inducirla a hacer lo correcto aunque sea por propia conveniencia.

Ricardo Manai

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