Hay una parte oscura, por lo maldita, en todo hombre. Eso lo sabemos bien. De vez en cuando aquella región –de habitual reprimida– gana la conciencia a través de un símbolo. El vampirismo en general y la personalización particular de Drácula son diferentes aspectos de uno de esos símbolos.

Interesa muy poco si hubo un Conde Drácula, en Transilvania, muerto hace añares. Esto tendría valor tratándose de una leyenda, por ende, de una cuestión regional. Mas no hay tal cosa.

El mito de Drácula tiene vigencia en todo el mundo occidental. En Oriente, mientras tanto, adopta otras formas –a las que podríamos vincular con ciertos dragones– donde subyace idéntico fondo mítico. Siguiendo a Jung, no podría ser de otra manera, ya que los mitos tienen carácter universal. Los encontraremos con diversas intensidades y presentados con variados disfraces siendo fruto de una misma raíz.

En este artículo queremos ocuparnos únicamente del mito de Drácula en Occidente. Por ello es menester no olvidar que el vampirismo es popular tanto en los países europeos –donde tuvo nacimiento– como en toda América. Ha perdido valor su origen aparente, que situaremos en la publicación de la novela Drácula de Bram Stoker. Porque este autor no hizo sino incorporar a la literatura mundial un relato que era conocido en buena parte de Europa a través de la tradición oral. Drácula no es una creación imaginaria de Stoker. Se trata, en todo caso, de una recreación basada en una sabiduría folklórica. La semilla que utiliza Stoker para dar nacimiento a su novela ha sido extraída del acervo popular. Sin embargo existen dráculas, con otros nombres, en todas las culturas. De allí que todos sintamos como propio este mito.

Si el mito es comparable a un iceberg donde lo sumergido es la parte que yace en el inconsciente, entonces el vampirismo es un símbolo donde no hay dos tercios sumergidos, sino apenas la mitad. Si el mito edípico es de interés para intelectuales (o pseudo) el mito de Drácula es para multitudes. Prueba de ello son las continuas películas para cine y televisión rodadas año tras año, las sucesivas ediciones de Drácula, los cuentos sobre vampirismo y otras novelas basadas en el mismo tema, las escenificaciones teatrales, los guiones para radio y, actualmente, en los diferentes sitios y canales de Internet.

Elementos del símbolo

Drácula es el Demonio. Los vampiros debido a su mordedura son los ángeles negros, los servidores del Infierno. El vampirismo es la entrega al Mal. Actitud que está en nosotros y que nos tienta continuamente. Pero reprimimos. Más y más. Hasta que, en algún momento, tal represión se hace imposible de mantener y el Mal surge –aunque sea por un tiempo breve– con asombroso vigor. La visión cinematográfica de Drácula, su audición radiofónica, la lectura del tema llegan a provocar, entonces, la catarsis; dicho esto según la expresión aristotélica de permitir expresar a través de la exhibición del miedo y de la piedad, la liberación de todas nuestras emociones. Este acto permitiría disminuir la intensidad de tal represión.

La Noche es el Reino del Mal. Es el momento propicio para el Pecado.

Por momento el vampirismo adquiere dimensiones dionisíacas. Se observa en los cuerpos y descripciones de las mujeres a las que el vampiro seduce. La entrega voluptuosa de ellas al Mal. La mordedura justamente en una zona erógena como lo es el cuello también tiene reminiscencias de las fiestas a Dionisos. Es interesante notar que muy rara vez Drácula muerde a los hombres. Y cuando lo hace generalmente se debe a que tiene que defenderse. Los frustrados agresores se convierten en seres nocturnos. Pero habrán de servir a Drácula –el Mal, el Demonio– solamente en tareas secundarias o claramente serviles. No son protagonistas como las bellas damas que disfrutan la mordedura, generalmente, virginal. Hay en esto una relación sado–masoquista bastante intensa, de la que el público participa activamente.

A lo que debemos sumar el hecho de que Drácula adopte la poligamia. Las mujeres de las que se apropia son para él, los hombres ocasionalmente asociados al Mal no pueden disfrutarlas.

La posibilidad de redención

En todo mito hay una puerta abierta para utilizar si se desea destruir al Mal. Es una posibilidad.

En todo relato sobre Drácula y el vampirismo aparece un profesor, un científico o un sacerdote que han renunciado a los placeres para dedicarse de manera humilde y férrea a mejorar las condiciones de vida de la Humanidad.

Ellos conseguirán la redención de los ángeles negros de Drácula. Para eso será necesario matar al Maestro. Para ello la tradición nos dice que será obligatorio clavarle una estaca en el corazón. Nuevamente encontramos reminiscencias de los ritos mágicos de las culturas primitivas en los que se ofrecían sacrificios humanos.

La otra manera de acabar su existencia, ya sabemos, es exponerlo el tiempo suficiente a la luz solar.

De una u otra manera, quedará reducido a menos que cenizas. En instantes pasarán sobre su carne y sus huesos los milenios que lleva transitados.

Entonces se produce la redención de los inocentes. No del Mal. Este ha desaparecido, aunque más no sea transitoriamente, al extinguirse ese Drácula físico. ¿Sabemos si también desapareció su esencia invisible? Aquello que permitiría que ese cuerpo no se corrompiera a pesar del tiempo. No lo sabemos. Lo que sí nos queda claro es que tan imposible resulta erradicar definitivamente el Mal, como conseguir un eterno reinado del Bien.

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Antonio Las Heras – Doctor en Psicología social, filósofo y escritor.