El viajero que llega a México queda deslumbrado con el mural realizado por Diego Rivera en el Palacio de Gobierno, un vasto y colorido tapiz histórico de la nación. Con un gesto similar el escritor Carlos Fuentes monta una narración de la historia mexicana. Desde los primeros relatos reunidos en Los días enmascarados nos adentrarnos en un México en el que la historia se compone como serie de tiempos superpuestos. Cuando en sus ensayos Fuentes habla de un “tiempo mexicano” se refiere a esos “edenes subvertidos”. Son los sueños incumplidos: el indígena, hispánico, liberal, francés, revolucionario, modernizador. La mirada queda fijada en esos pasados a los que se interroga en busca de la identidad mexicana.. En el cuento Chac Mool el ídolo mexicano abandonado en el sótano de una vieja casa se apropia del narrador hasta dominarlo por completo. Fuentes “imagina” a México como el valle del agua quemada indígena; el valiente Nuevo Mundo de Cortés y Bernal, la “suave patria” de López Velarde, la región más transparente de Humboldt, siguiendo una larga tradición mexicana.

El escritor considera que sus obras pueden agruparse como la Edad del Tiempo. En la novela Terra Nostra se cifra en una enorme biblioteca el choque de dos mundos a los que concibe como opuestos y complementarios. La España de la Contrarreforma dominado por el Poder Absoluto del Señor y el Nuevo Mundo de dioses sanguinarios del emperador azteca. En ese instante se encuentran los pueblos: las celestinas, los miguel, los juanes, los pedros mexicanos con los cuahutecmoc, las malinches indígenas. De la derrota de los muchos deviene la continuidad del poder de los primeros prolongados en los dictadores o en los tapados presidenciales. En estas “ceremonias del alba” Malinche es la lengua que entrega el mandato a su hijo mestizo: el primer mexicano. “Destino en y de la muerte, el sueño, la rebelión y el amor, le dice la Malinche a su hijo, el primer mexicano…Lo más fácil entre nosotros, será morir; un poco menos fácil, soñar; difícil, rebelarse: dificilísimo, amar” (Todos los gatos son pardos).

Si en el mundo azteca se esperaba el regreso de Quetzalcóatl, el dios traicionado se encuentra a Cortés. Sin embargo, el espejo ha quedado enterrado a ambas orillas del océano, en España y en México. Fuentes está obsesionado con la necesidad de establecer continuidades. En El naranjo muestra cómo, más allá de la violencia, la semilla atraviesa el océano y une las tierras de Castilla y México. La historia, se repite y se inscribe como tragedia. El tiempo del dominio francés ha quedado detenido en las viejas casonas de Reforma donde una anciana construye un doble joven y bello en Aura. La hechicera que atrapa al joven historiador no es otra que Carlota, eterna viuda del emperador Maximiliano, fusilado por Benito Juárez.

Carlos Fuentes vuelve una y otra vez sobre la revolución fundante de la nación mexicana moderna. En La muerte de Artemio Cruz muestra al caudillo revolucionario entregado a la corrupción, traicionando la revolución. Artemio, después de la muerte de su compañera, se casa con la hija del terrateniente y se entrega a negociar con la revolución. La frontera Norte/ Sur se hace carne viva, herida sangrante, es el presente y el pasado beligerante, son “los mojados” que cruzan a buscar trabajo, es Texas arrebatada. Cristal e hierro, linde está la muerte y el anonimato. Queremos entrar a contar la historia de la frontera de cristal antes de que sea demasiado tarde, hablen todos. Esa frontera es espejo que recuerde que no somos más que reflejo. Creo que en ese sentido la figura casi quijotesca del escritor norteamericano Ambrose Bierce buscando la muerte en el país azteca desdobla la del general Tomás Arroyo. Uno está de vuelta de la escritura y lleva como única compañía El Quijote, el otro abraza con desesperación los papeles que le certifican la posesión de la tierra. Los dos morirán, el mensaje de ellos estará en manos de una mujer, una extranjera, Harriet Winslow.

El escenario privilegiado de las ficciones es el Distrito Federal, cuya vasta y misteriosa superficie le permite trabajar el tiempo en el espacio. En “una ciudad con noches llenas de mañanas” convertida en zanja infernal donde el perdido perfume de “la antigua laguna de México (es) un recuerdo sensible, casi un fantasma”, la escritura se detiene en los secretos de sus antiguos palacios, invadidos por rostros goyescos; merodea los enigmáticos restos de los tiempos indígenas. Fuentes practica un “corte... casi geológico de la vieja ciudad de México, indicando la profundidad del tiempo, círculos cada vez más hondos, hasta el centro inviolado … imaginamos la ciudad de la ciudad, la laguna original, la sombra de cuanto México sería sucesivamente, sobreviviendo”.

La linealidad de la Historia se rinde ante el Mito. Tlatelolco se repite una y otra vez, de sacrificio se torna matanza. En el final de Todos los gatos son pardos el guerrero azteca sacrificado se torna estudiante muerto en 1968. Porque México “De Quetalzcóatl a Pepsicoatl”, no ha hecho más que cambiar ruinas por basura. La única salida, ésa es la cultura. Sólo en y por la literatura América Latina podrá salvarse. Un anciano sabio tolteca habla de la importancia de la narración: “Yo soy el que recuerda. Ésa es mi misión. Yo cuido del libro del destino. Entre la vida y la muerte, no hay más destino que la memoria”.

La escritura vincula la memoria con el futuro y el pasado con el deseo. Mirada vuelta hacia atrás, nombre hecho máscara que oculta los verdaderos rostros. Fuentes considera que el mestizaje es la salida. Si esto no sucede, México, heredero de todas las tradiciones, queda relegado al espacio de la fatalidad y la violencia tanto del mundo antiguo como del mundo moderno: “Nombre y voz: esto es lo que nuestra literatura ha sabido dar mejor que cualquier otro sistema de información porque sus dos proyecciones han sido la memoria y el deseo”.

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Carmen Perilli – Especialista en Literatura latinoamericana.