INVESTIGACIÓN

GRABADO EN ESTUDIOS PANDA

NICOLÁS IGARZÁBAL 

(Mansión libros – Buenos Aires)

Al abrir el libro del rock argentino es imposible saltear las páginas que protagonizan los estudios Panda. Fue la guarida en la que se comenzó a grabar la música de los 80 y el laboratorio de muchos de los sonidos que alegraron a generaciones enteras. Por allí pasaron desde Charly García, Patricio Rey y sus redonditos de Ricota, Sumo, Don Cornelio y la Zona, la movida tropical de mediados de los 90, principios de los 2000, hasta los primeros sonidos del trap con Cazzu, Wos y Dakillah. El arco de artistas es muy amplio y el anecdotario aún más. Ubicado en la calle Segurola al 1200, sobre el corazón del barrio porteño de Floresta, las paredes de este lugar conservan el espíritu más vívido de nuestra historia musical.

Nicolás Igarzábal, periodista especializado y hacedor de varios libros, se metió a investigar su gran archivo y escribió Grabado en estudios Panda. Historias de una fábrica de hits (1980 – 2020). Cuenta la historia que Miguel Krochik, máximo responsable de Panda, después de una efímera carrera en la música y ser partícipe del famoso “Acusticazo” de 1972, se alejó del mundo de los instrumentos y se dedicó a ser comerciante. Pero sin ánimos de huir por completo del universo de los músicos, se le ocurrió que en esa casa chorizo de Floresta, donde tenía montado un negocio de sábanas, se podía armar un estudio de grabación.

Chau artículos para dormir, bienvenidas consolas de grabación. La remodelación duró un año y medio. Una vez montado todo el equipamiento, lo llamó a Charly García y le mostró su creación. “Miguel, si no fuera por vos, nunca hubiera conocido Floresta”, fue la primera respuesta del músico de bigote bicolor ni bien se bajó del taxi y la segunda fue que iban a hacer cosas ahí, una vez que Amílcar Gilabert (en aquel momento ingeniero de sonido de Serú Girán) diera el visto bueno. Una vez testeado con Los Abuelos de la Nada, bajo la producción de Charly, se fabricó lo que fue “Yendo de la cama al living” y García se lanzó como solista. De ahí en más, se cocinó el sonido de los 80: Virus, Patricio Rey y sus Redonditos de ricota, Sumo, Fito Páez, V8.

Igarzábal recorre la historia de cada uno de los artistas y revisa las anécdotas de los discos que surgieron en los estudios de la calle Segurola. Con más de cien entrevistas que se reparten entre músicos (Ricardo Iorio, Andrés Ciro Martínez, Sergio Rotman, Pipo Cipolatti, son algunos de ellos) y técnicos de grabación (Gilabert, Mario Breuer, Walter Chacón, entre otros), el libro transcurre por etapas y se hace una clara distinción de las épocas y la tecnología con la que se contaba en cada momento.

“Es una bendición de Dios trabajar de lo que a uno le gusta y escuchar que los músicos se van contentos; nunca han venido a decirme que se grabó mal, o que el sonido no les gustó”, le dice Krochik a Igarzábal. “Acá se sienten como en Disney; un lugar mágico donde se llevan momentos irrepetibles. Hay gente que pasó años acá, una gran parte de su vida. Hoy hacer discos cuesta un cuarto que antes, cuando no existía el retoque, ni la afinación de voces. Antes no grababa cualquiera”.

Para aquellos que deseen consultar datos de cómo fue la grabación de Oktubre, conocer cómo vibraron los vidrios de Panda ante la voz de Celia Cruz en la colaboración que hizo en “Vasos Vacíos” de Los Fabulosos Cadillacs o el vuelco cristiano de V8 en la grabación de su tercer y último disco de estudio, “El fin de los inicuos”, y adentrarse en la antesala del rezo colectivo y las discusiones de si Dios creó al hombre o no, es acá donde deben arribar. Igarzabal (Cemento, el semillero del rock, 2015; Más o menos bien: el indie argentino en el rock post-Cromañón, 2018) con su voz cazadora de historias, se detiene en todas las bibliotecas, escucha los discos y acomoda la narrativa de uno de los estudios más importantes del país, al que muchos gustan denominar “El Abbey Road argentino”.

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GUSTAVO GRAZIOLI