"Todos los escritores creemos haber dicho algo importante pero no siempre los lectores opinan lo mismo"

"Todos los escritores creemos haber dicho algo importante pero no siempre los lectores opinan lo mismo"

Acaba de publicar La última vez, novela en la que un escritor enfermo escribe su último libro con la esperanza de que un crítico lo lea en la clave correcta.

24 Abril 2022

Así como Ernest Hemingway no escribía como un pescador ni era un pescador escribiendo historias, Guillermo Martínez no es un matemático haciendo lo propio. La literatura, los cuentos llegaron a él mucho antes de que decidiera estudiar matemática (incluso antes de decidirse sopesó la posibilidad de seguir filosofía), las historias ya estaban en él, en la figura de su padre escritor o en su libro de cuentos escrito antes de los 19 años. En eso hay un interminable inequívoco. Sí la matemática de alguna manera se hace presente porque “puedo decir que hay como un entrenamiento matemático de precisión en la escritura aunque son como intenciones casi opuestas. En la matemática todo el esfuerzo está puesto en evitar ambigüedades, que todo lean exactamente lo mismo, se necesita en un teorema que todos recorran el mismo camino de la demostración y ese camino tiene que ser inequívoco. En la literatura es casi lo opuesto. Vos tenés que ser expresivo, a veces engañar deliberadamente al lector, tener claroscuros, una cantidad de artificios del orden del ilusionismo. Sin embargo en las dos disciplinas es muy importante que digas lo que querés decir. Si querés ser ambiguo que seas deliberadamente ambiguo y no que lo seas por equivocación. Esa especie de elemento de control sí es algo que me interesa”.

“Reviso muchísimo. Me gusta releer, corregir. Paso siempre como un año leyendo mi novela y me gusta también ese efecto que yo trato de tener de que sea algo que se deslice, esa metáfora de patinar sobre hielo, a mí me gustan los textos que son así”, dice Martínez.

Y esa metáfora se hace presente por partida doble en La última vez. En la trama, cuando el crítico Merton no consigue despegarse de ese manuscrito que llega hasta sus manos para convertirse en su primer lector, y también en los lectores de la última novela de Martínez. Nadie logra escapar a la hipnosis de una historia bien contada. El argumento se nos presenta sin dobleces: un olvidado crítico literario, que supo gozar de un altísimo prestigio en el mundo literario, es contratado por la agente literaria española Nuria Mondús para que lea y dé su opinión sobre la última y aún inédita novela que acaba de terminar un afamado escritor argentino con domicilio en Barcelona, quien está convencido de que su fama literaria responde a un malentendido con respecto a su obra y que nadie, absolutamente nadie, logró leerlo en la clave correcta. Entonces su última esperanza la deposita en la figura de Merton. En el medio o alrededor de todo se construye una historia al tempo de un relato policial, aunque las pistas de todo giran alrededor de un enigma literario.

- En toda historia narrada siempre encontramos un disparador.

- La primera idea para esta novela la tengo desde hace muchos años, más de 20 seguramente. En un encuentro de escritores en Villa Gesell la comenté al pasar en la mesa que me tocó y Guillermo Saccomanno me dijo “apurate a escribirla sino la voy a escribir yo”; por suerte me dejó el tiempo suficiente. Pero la primera idea tiene que ver con una vez que yo estuve en Barcelona con Carmen Balcells y ella me contó, totalmente asombrada, que uno de los directores editoriales que acababa de asumir se había dedicado en el pasado a vender zapatillas. Entonces ella me dijo esta frase de que en el futuro lo único que no se va a saber qué hacer es cuál libro elegir para vender, como que siempre iba a estar esa pequeña necesidad de poder distinguir de entre todo esto qué podríamos vender, y de hecho en algún momento un editor se jactaba de que podía vender un libro con todas las páginas vacías. Entonces me gustaba esa idea que tenía de que había un crítico con honestidad intelectual que podría decir esto sí, esto no. Y me decidí a escribirla porque de algún modo se une a un tema que yo vengo persiguiendo de novela en novela, y que aparece de diferentes formas pero siempre es lo mismo por detrás. En Crímenes imperceptibles aparece como las posibles continuaciones de una serie lógica, una serie de símbolos, y hay diferentes maneras de darle una lógica a esos signos y establecer continuaciones diferentes de acuerdo a esa lógica que uno le da; en Los crímenes de Alicia aparece como cuál es el verdadero significado de una palabra extranjera, cómo logra uno acceder al verdadero significado, hay algo así como ¿hay un verdadero significado de una palabra? Y en esa novela también se toma a Pierre Menard, que es donde más clara se ve esta relación. Uno puede tener el texto como una sucesión de símbolos pero no está seguro de cómo interpretarlo. Y ese es el verdadero tema de esta novela: el autor tiene una idea muy clara previa en algún sentido sobre lo que quiere decir o cómo querría que se leyera su libro, pero no necesariamente luego el texto funciona como una escalerita para llegar a ese significado, o no para todos, o algunos toman otros caminos e interpretan a veces de manera opuesta.

- Planteas que hay un tema que atraviesa a tres novelas tuyas. En La última vez, el afamado escritor “A” se siente que no fue correctamente leído por nadie y aparece la idea de que su último trabajo debe leerse como una continuidad de los anteriores.

- Claro, por eso hago alusión a lo que es la sala de las Meninas de Picasso en el Museo de Barcelona. Eso fue una revelación para mí la primera vez que estuve allí. Y me impresionó mucho esa sala porque por primera vez de algún modo percibí lo que podía ser el recorrido mental de un pintor. Para mí siempre había sido algo que brotaba y se resolvía en la tela, pero acá uno ve como son todos los ensayos previos y los intentos de apropiación, la lucha contra la tradición… él parte de una especie de bosquejo en el que están todas las figuras y luego las va desarmando. Me interesaba esa imagen de la Sala de las Meninas para mostrar por qué pude ser verdaderamente verosímil que un escritor tenga absolutamente en claro lo que quiere decir y nadie más lo pueda descifrar, porque eso que él tiene en claro está en un terreno mental preparatorio, no necesariamente en el resultado final, que es el texto.

- Eso se transforma en su gran obsesión…

- Ahí tomo algo que creo es común a todos los escritores: Todos creemos haber dicho algo que en algún sentido sea original, interesante, importante para alguien más, etc, pero no siempre los lectores opinan lo mismo (risas).

- Mencionabas a Pierre Menard… Martín Kohan sostiene que de alguna u otra manera Borges siempre aparece ante nosotros.

- Creo que es una manera bastante argentina de escribir… con el recurso a la cita, y que no ocurre en general con otras literaturas. Nosotros incorporamos un nivel de alusiones culturales que no es el modo habitual en otras culturas. Y eso tiene que ver con esta práctica de Borges que, tal como vos decís, en vez de llevar en sí multitudes, llevaba en sí multitudes de libros. En cada cuento de Borges hay citas ocultas, hay citas expresas, citas tergiversadas. Es una manera de construir.

- En esta novela, aparece varias veces Henry James con eso de que el tema o el asunto es lo único que debería concedérsele a un escritor.

- El asunto no se le discute al autor, cada uno escribe lo que le interesa realmente. Asuntos que nos parecen en principio triviales se revelan con una ejecución artística talentosa como interesantes y aún cruciales, de una forma que uno no sospecharía. En principio estoy de acuerdo con esa idea; lo que ocurre es que también hay que reconocer que hay temas que se ponen de moda y que a uno en algún momento lo fatigan. Pasó con las novelas de la dictadura en una época, pasa con las novelas de la guerra civil en España, sospecho que pronto pasará con algunos temas que están circulando actualmente. Obvio que cualquiera puede hacer una novela extraordinaria con un tema remanido, pero existe la cuestión de que se pisotea el terreno un poco.

- ¿Todas las historias ya fueron contadas y solo resta reescribirlas?

- Yo con eso tengo un matiz. Es verdad de que si uno se pone genérico y con un espíritu clasificatorio puede decir efectivamente que los temas son quince o cuatro. Recuerdo que Alicia Steimberg decía que eran cuatro: amor, locura, homosexualidad y muerte. Piglia decía que eran dos, que toda novela era un viaje o un crimen, La Ilíada o La Odisea. Yo creo que no es así… las grandes etiquetas sí son pocas pero luego cada época tiene una sensibilidad diferente; tiene algunos ejemplos interesantes; irrumpen costumbres nuevas; la misma sensibilidad de las personas, cambia. No es lo mismo la homosexualidad en la época de Oscar Wilde, que la homosexualidad en el San Francisco contemporáneo. No es lo mismo la locura en la época de Dickens, que la locura tal como se percibe ahora. Y si bien hay algo común que uno podría encontrar en los temas, está justamente la rueda del tiempo… y de nuevo la idea de Pierre Menard, que hace que podamos ver la misma cosa de manera diferente.

- ¿Cómo te llevás con las relecturas?

- Cada vez estoy más convencido de que hay libros que hay que releer. Sucede por lo general que en la primera lectura uno lee bastante mal. Uno lee como si la lectura te diera pies y uno va saltando, pero no necesariamente a los lugares correctos. Después cuando lees con más atención y relees libros vas encontrando otras cuestiones que se te habían pasado totalmente por alto. Me ha pasado además después de leer varias veces cuentos. Es extraño porque pareciera que no solo hubiera que leer sino releer, si uno cree en esta idea de apegarse al texto. Pero si uno va como se dice en la novela a arrollar al texto con las ideas que uno ya tenía y que va a seguir teniendo, no es necesario releer porque siempre se va a encontrar lo que uno quiere encontrar.

Por Flavio Mogetta

© LA GACETA

PERFIL

Guillermo Martínez nació en Bahía Blanca, en 1962. Se doctoró en Ciencias Matemáticas en la UBA. Posteriormente residió dos años en Oxford cursando un posdoctorado. En 1982 obtuvo el Premio del Fondo Nacional de las Artes con el libro de cuentos Infierno grande. A su primera novela, Acerca de Roderer, traducida a varios idiomas, la siguieron La mujer del maestro y el ensayo Borges y la matemática. Ganó el Premio Planeta en 2003 con Crímenes imperceptibles, novela de la que se vendió medio millón de ejemplares, fue traducida a 40 idiomas y llevada al cine por Álex de la Iglesia. En 2007 publicó La muerte lenta de Luciana B, elegida por El Cultural entre los diez libros de ese año. En 2015 ganó el I Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez con Una felicidad repulsiva. En 2019 ganó el premio Nadal con Los crímenes de Alicia.

La última vez *

Por Guillermo Martínez

Si bien esta historia ocurrió hace mucho -lo suficiente en todo caso para que los dos protagonistas ya estén muertos- sus sombras augustas son aún más imponentes ahora que cuando andaban por el mundo, y buena parte de la paradoja y la tragicomedia de los hechos se perdería si revelara ahora mismo sus nombres. Me resignaré entonces a una única letra para quien fue en vida, y sobre todo desde su reclusión en Barcelona, el escritor argentino más abrumadoramente famoso. Esa letra no podría ser otra que la A muy mayúscula y ni él, que era tan consciente como celoso de las jerarquías literarias, ni sus fieles lectores, que solo aumentan en número y «previo fervor» con cada aniversario, me dejarían usar ninguna otra. Pero entonces, ¿qué letra asignar a la no menos gloriosa agente literaria que lo cobijó en Barcelona, la mujer extraordinaria, espléndida en derroches y desplantes que dio vuelta a su antojo la escena literaria española, la gran donna adorada más que cualquier amante por los escritores y a quien los editores llamaban en voz baja, con simétrico despecho, la «tirana de las letras hispánicas»? Ya que no podría, sin que clamara desde su tumba, darle nada por debajo en el abecedario, la llamaré Núria Monclús, que fue el nombre relumbrante de acentos que eligió para ella José Donoso en su novela El jardín de al lado, y espero que en cualquier cielo que le haya tocado la tan querida como temida guardiana de los escritores -a quien le gustaban los romans à clef- apruebe este disfraz transparente para hablar en su nombre.

* Fragmento.

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