Desde sus primeros escritos el gesto biográfico ha atravesado la escritura de García Márquez. Los lectores de Cien años de soledad se internan en la ficción de abundantes pistas. Mario Vargas Llosa en la primera biografía, Historia de un deicidio, construye un personaje que tiene que ver con el anecdotario que le provee el autor. El “deicida” tiene su origen en la infancia, su literatura exorciza sus demonios creando una realidad sustituta. Otro material ya consagrado es la larga entrevista de su amigo Plinio Apuleyo Mendoza en El olor de la guayaba. También su hermano Eligio García Márquez va Tras las huellas de Melquíades rastreando los restos de Aracataca en la obra. Gabo aparece en casi todos los textos, incluso en crónicas y reportajes. Nos dice: “Cualquier suceso o persona puede provocar la escritura de un reportaje. El cuento llega cuando menos se espera”. Este gran conversador construye un potente mito de autor. No es ajeno al clima de ideas de una época donde el escritor se ha convertido en estrella. Además, trabajó en publicidad y sabe manejar los medios. A partir de Cien años de soledad se agudizó la curiosidad de la prensa y del público: el niño triste en la casa de los abuelos, el melodrama de los padres, el matrimonio fiel con Mercedes, la novia de su infancia; el hombre que escribe para que lo quieran.

Autobiografía fallida

Existen muchos intentos de escribir su vida, incluido el del frustrado primer tomo de las memorias donde la fotografía del niño es una imagen de la infancia. El niño aparece solo, aislado, no mira al ojo de la cámara ya que su mirada se dirige hacia algo o alguien que no vemos. Desde luego, estamos ante una imagen falsa, pues no es un niño a quien contemplamos, sino al famoso escritor colombiano presentándose con la apariencia del infante. Su contracara es la tapa de Memoria de mis putas tristes, donde su silueta es la del anciano que parte. Vida y literatura están unidas como lo indica el epígrafe. “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”. Siempre se trata de encontrar una forma.

El relato del sí mismo es siempre representación ya que la vida a la que supuestamente se refiere siempre es, necesariamente, relato: relatos que otros nos cuentan o que nos contamos a nosotros mismos. El sujeto se presenta como cree o como quiere ser en una auto-creación del destino personal. Iluminada por el presente, la narración da un sentido determinado a ciertos acontecimientos, que mientras sucedieron, probablemente, tenían muchos o ninguno. Se elige recordar, y también olvidar. También el biógrafo reconstruye la vida del otro, a través de testimonios y archivos, intenta reponer el pasado desde el presente, pero lo hace con plena conciencia de los huecos existentes. Michael Holroyd considera que la biografía encierra una suerte de diálogo entre autor y personaje, que se acentúa en la biografía literaria. La voz de Gabo personaje resuena fuerte en sus biografías. Entre las biografías están la citada Historia de un deicidio, de Vargas Llosa; El viaje a la semilla, de Dasso Saldívar; y el Gabriel García Márquez. Una vida, de Gerald Martin -el más abarcador-.

Rodrigo García, con Gabo y Mercedes: Una despedida, escribe un libro testimonial que relata los últimos días de los padres. Ser testigo de la senilidad y la muerte, algo que no conlleva novedad.

Indira

En estos días el periodista colombiano Gustavo Tatis Guerra hizo estallar la noticia en El Universal. Confirmó lo que hace mucho tiempo era un rumor: la existencia de una hija, Indira Cato, producto de una relación de ocho años con la periodista y cineasta Indira Cato. Es importante destacar que, antes de que se publicara la noticia, Alberto García Ferrer, amigo del escritor, en la primera línea de una nota de LA GACETA Literaria (23/1/22) cita una frase de Gabo: “No se puede abandonar una película. Es como abandonar un hijo”.

Familiares y amigos se apresuraron a atenuar el daño que podría causar en la memoria del escritor. Todos apelan a una famosa frase del autor que señalaba que existía una vida pública, una vida privada y una vida secreta.

Como uno de los goces de la literatura es aturdirnos en ella, el hecho impactó en el relato del matrimonio perfecto de Gabo y Mercedes -“la que verdaderamente escribe mis libros”-. En las redes puede verse el cortometraje realizado por Gabo y Susana -Espejo de dos lunas, cuya trama refiere a los amores encontrados-. Independientemente de las lecturas que excusan o condenan, lo cierto es que debemos recordar que nadie escapa a su época. García Márquez nace y crece en una familia donde la existencia de los hijos bastardos son una constante. Es el caso del abuelo Nicolás, hijo ilegítimo; o del padre de Gabo, Gabriel Eligio García, que tuvo varios hogares. Los dos tuvieron profusa descendencia dentro y fuera del matrimonio, costumbre muy acendrada en el mundo del patriarcado latinoamericano. Independientemente de lo que pensemos de esta doble moral que socava el mito, resulta fascinante concebir la literatura como un espejo de muchas lunas, algunas de las cuales arrojan imágenes disímiles, pero no por ello menos verdaderas, siempre bellamente.

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Carmen Perilli – Doctora en Letras.

Especialista en Literatura latinoamericana.