“Vos me entendés, ¿no?” Franco, directo, campechano. Su didáctica clara gozaba de una contundencia inexplicable. 1982. Algún amigo nos arrimó al naciente partido Intransigente a mi hermano Héctor y a mí. En la aún noche atroz de la dictadura la llegada de la democracia era casi un hecho. Él ejercía la titularidad. Se rodeó de jóvenes que soñábamos con construir un país decente, donde la concreción de los sueños fuese posible. Tenía de laderos a un colega de la Maternidad, el doctor Bernardo Alonso y al agrónomo Hugo West. La llegada del Bisonte Alende provocó revuelo en el changuerío y en él también. “¡El joven que no se compromete es un viejo!”, nos dijo Alende en el acto de la cancha de All Boys. Nuestro conductor local nos impulsaba a realizar acciones sociales, solidarias y culturales. “Vos me entendés, ¿no?”

La militancia partidaria quedó atrás. Cuando nació mi hija Rocío, estábamos más desconcertados que alpinista en la pampa, a la hora de dar en la tecla con el pediatra. Un amigo me recordó que era uno de los mejores y había sido cierto nomás. Paciente, didáctico, con los padres primerizos que se asustan con el mínimo estornudo o retorcijón de panza del bebé, la muletilla pasó a ser de la familia. Un domingo de enjundioso frío invernal, la fiebre hacía volar a Rocío que padecía un cuadro bronquial severo. Lo llamé. Llegó casi a la medianoche a Villa Mariano Moreno, nos tranquilizó y la sacó a nuestra ardillita bronquial del paso.

Compartimos también un ameno asado en su casa con Miguel Ángel Estrella, a quien admiraba y apreciaba, y Pierre Lequien, destacado neonatólogo franchute, que había venido a dictar en curso de neonatología en la Maternidad a través de Música Esperanza. Surgió entonces un programa de cooperación que lo tuvo como entusiasta colaborador.

Le tocó debutar luego a Julieta, mi nueva borbojita. Tenía la capacidad de despejar rápidamente la angustia de los padres con su docencia bien tucumana. Cierto día, una persistente diarrea arrinconó a mi changuita. La medicación no daba resultado. Lo llamé con temor de que me mandara al carajo: “¿y si la llevo a una curandera?” “¿Por qué no?” La vio una viejita que vivía frente al cementerio del Norte. La puso en la cama y me dijo: “vea, tiene una patita más corta que la otra, se le ha caído la paletilla”. Caricia en el pecho. Pases mágicos. Santo remedio. “Hiciste bien en llevarla, yo no me opongo, hay una sabiduría popular y la respeto, lo importante es que vos creás en eso, me entendés, ¿no?”

Ya estaba pensando en ir preparando su retiro a la guarida. Puso a Julieta en manos de Eugenio, su hijo, que volvía de hacer una residencia en Buenos Aires. De tal padre tal hijo. De lo mejor el chango.

Seguimos esporádicamente en contacto por consultas periodísticas. Era una alegría del afecto cuando lo encontraba en la calle con su amorosa Nelda que sosegaba con humor y cariño los arrebatos chinchudos del tanodoc. Me va a faltar esa palmada tranquilizadora que sentí desde aquel entonces cuando enfrentaba un problema. Gracias, Atilio Castagnaro, vos me entendés, ¿no?