Lo padece todo el que, por un momento, pierde familiaridad consigo mismo. El que de pronto se desconoce en lo que hace, en la ruina repentina de aquello que le da sentido, en el súbito extravío de eso que, quizá abusivamente, quisiéramos contener en la palabra yo.

Bajo la intendencia del vacío perdemos concreción, nos convertimos en seres abstractos. Dure lo que dure y provenga de donde fuere, nos absorbe el desierto en el que de pronto nos perdemos. Esa nada que nos constituye y nos circunda a la vez nos transforma en parte del páramo en el que estamos. Su apogeo decreta el fin de todo discernimiento. El vacío que entonces nos colma nos define mediante su siembra de inconsistencia. Destituidos por él, nos abrasa lo informe. Todo en nuestro entorno pierde relieve y refleja nuestra propia disolución emocional. Esa tierra extraña, donde solo abunda la irrelevancia, nos agobia, nos marchita. Y somos, mientras ella nos sepulta, testigos de nuestra propia desaparición.

II

A quien cuenta con una vocación creadora, las horas en que la impotencia le

impide ejercerla lo arrojan a un silencio que no pocas veces parece terminal. Sin embargo, raramente lo es. Cuando vuelve a quedar atrás, quien lo ha sufrido reconoce en él la huella del vacío. El poeta Adam Zagajewski lo enuncia así:

Eran largas tardes cuando me abandonaba la poesía.(…) / Eran largas tardes cuando la poesía se desvanecía/ y me quedaba solo con el monstruo opaco de la ciudad,/ como un pobre viajero delante de la Gare du Nord con una maleta demasiado pesada, atada con un cordel / en la que cae una negra lluvia de septiembre.// Oh dime cómo curarse de la ironía, de la mirada / que ve pero no penetra; dime cómo curarse del silencio.

Hay, desde ya, otras lecturas del vacío. Y bien disímiles de la mía. La del

yogui, la del zen, la del budista, Todas ellas conciben el vacío como un bien mayor. Como ámbito superador de todo conflicto. Su hallazgo, aseguran, reviste por eso valor redencional. Allí se ubica el vacío primordial del que nos habla el Tao. François Cheng es rotundo al respecto: “El vacío no es solamente el estado supremo hacia el que debe tenderse (…) El vacío mira hacia la plenitud. Permite, en efecto, que todas las cosas ‘plenas’ alcancen su verdadera plenitud.”

Me declaro incapaz de hacer mía semejante certeza. Siento incluso ajena su necesidad. El vacío que me importa, el que me gana, es esa vivencia de desorientación radical que embarga mi vida cuando ella cae en sus manos. Se trata, para mí, de un naufragio. Sumerge la existencia personal en lo imponderable. La priva de todo poder de orientación. La paraliza. Poco importa si por mucho o poco tiempo.

III

Cuando emerjo y me sobrepongo a su influjo, ese empobrecimiento en el que

no hay modo de no recaer le añade realidad a lo que soy. Él es por eso y para mí más significativo que su concepción superadora, auspiciosa, proveedora de un bienestar estimado como incomparable. Lo siento, al vivirlo, como contraparte de la consistencia que también es mía. Su irrupción me angustia, es cierto. Pero completa la revelación cabal de lo que soy, de la verdad en que consisto. La pérdida de sentido que implica no deja de operar en mí como una señal. Dolorosa como es, dice sin embargo algo decisivo. El deslizamiento desde el campo del sentido al del vacío sobreviene por

estructura, por insuficiencia para lo inequívoco y el sostenimiento sin pausa en lo inteligible.

Si por un lado la biología está lejos de sentenciarlo todo sobre nosotros, resulta por otro evidente que no hemos nacido para fijar residencia en el sentido, en la cultura concebida como colonización consumada de lo real. La pendularidad, el ir y venir, dicen de nosotros más que el afincamiento que se pretende definitivo. Hay un nomadismo medular, sustantivo, que es nuestro. Nos define. El vaivén nos retrata con más hondura que el arraigo. Estamos pues, en lo que atañe al vacío, ante una posibilidad trascendente de autocomprensión. Su consideración, entendiéndola como pérdida y a la vez como revelación, me parece insoslayable.

IV

Vuelve a ser el poeta quien acierta en la semblanza del rasgo central que define la vivencia del vacío. Escribe Zagajewski: Si algo nos atormenta, aunque nada / nos atormente, es el vacío.

El vacío es tormento “infundado”. Nada nos arroja a él que podamos distinguir como causa, a no ser el carácter insuficientemente asentado de aquello que nos confiere sentido y nos permite otorgarlo: el lenguaje. Aun lo más amado vacila por momentos en nosotros en lo que hace a su solidez semántica y su fortaleza emocional. Es entonces cuando nos gana el vacío. Ese huracán disruptivo que prueba con su intensidad nuestra condición pendular, lo provisorio de nuestra inscripción en la luz.

Como se apaga una llama expuesta al viento, en las horas en que reina el vacío se desdibuja nuestra inscripción en el mundo. Renacerá más tarde, seguramente, la energía perdida. Lo que ahora me importa es esa fluctuación. No hay quien tenga asegurada la fidelidad del espejo en el que suele reconocerse.

Ya en la infancia era muy hondo mi apego a las palabras. Un deleite, un goce inagotable me llevaba, al leer, de unas a otras. Aquel despliegue sin fin de significados que resplandecían como un arco iris, me hechizaba. Y en la adolescencia y con la intensidad de una revelación, se perfiló mi deseo de ser un escritor. Escribía y solo quería escribir.

La pregunta que sí me desvelaba, precisamente porque no me concebía sino

como escritor, era qué haría si alguna vez y por algún motivo imprevisto por entonces perdía el interés o la facultad de serlo. No pretendía vivir de la literatura. Pero sí para ella. La cuestión que en una de sus cartas le plantea Rainer María Rilke al joven poeta Franz Kappus se había grabado en mí: ¿Moriría yo si no pudiera escribir? No concebía esa muerte como algo literal. Era un tormento mayor. Era un vagar sin meta ni rumbo a lo largo del tiempo, de los muchos días que tenía por delante. Una íntima orfandad que haría de mí algo espectral.

Mi vocación nunca se sostuvo en la presunción de contar con talento, sí en el goce de escribir, en el amor a las palabras ya intenso en mi niñez. Ese amor me amparaba, me resarcía. Había encontrado en la literatura, leyendo, escribiendo, un refugio adonde no llegaba la jauría de mis inseguridades, ese sentimiento de inconsistencia extrema que de tanto en tanto me asaltaba. Hoy sé que esa desolación presentida como arrasadora, en el caso de que se marchitara mi vocación, no era otra cosa que una prefiguración de lo tan temido. Inclemente, brutal, siempre acechante.

La desolación es el rasgo distintivo del vacío. En ella ya no somos sino extraños a nosotros mismos y el desencanto, con su pátina de desaliento, lo baña todo, todo lo ahoga.

Se equivoca quien crea que la exposición del alma a esa intemperie puede terminarse alguna vez. Se reitera mientras se vive. Es pasajera pero reincidente. El vacío es voraz y se nutre de la inestabilidad de los significados que nos infunden sentido. No podría ser de otro modo. Somos hijos de la Tierra y la Tierra, que no deja de oscilar, nos construye a su imagen y semejanza. Su equilibrio se asienta en el movimiento perpetuo, ese movimiento garantiza su estabilidad y a la vez la compromete. El vacío no lo dice todo de nosotros pero estamos expuestos a él. También él nos caracteriza. Está en nosotros. Proviene de nosotros. Y cuando emerge, su señorío nos avasalla.

Vacío y anomia. Vacío e indiferencia. Vacío y radical desapego a todo. ¿Cuál de estas versiones de su naturaleza retrata mejor a ese desapasionado al que dio vida Albert Camus bajo el nombre de Mersault? El vacío de Mersault, sin embargo, no responde a una estructura pendular: es crónico. No se inscribe en mi semblanza del vacío. La oquedad de Mersault es final y de sus dominios no hay retorno para él. Si Mersault no se encuentra en el vacío desde siempre, se encuentra en él para siempre. A diferencia de Vladimiro y Estragón, esas dos voces memorables de Samuel Beckett. En ellos, la nada que los oprime no aniquila la expectativa.

Mersault no oscila. Está encadenado a un destino. Seguramente, lo están también los personajes de Beckett. Pero no lo saben.

O si lo saben no terminan de entregarse a él. Se sostienen en la espera. Como sea. Sísifo y Prometeo se enhebran en ellos. Contra toda evidencia. Tienen sed de redención.

Igualmente inscriptas en un destino están las criaturas de Jean-Paul Sartre. Su desencuentro con el sentido es irremontable. Pero a diferencia de Mersault, se desesperan. El absurdo y la angustia son los dos escenarios por los que inevitablemente circulan. No hay otros. Al aspirar a una redención definitiva y no alcanzarla, encuentran lo absoluto en un vacío inamovible.

No son, por eso, expresión del vacío que me importa. Desconocen la oscilación. Yo retrato un quiebre, una fisura reiterada y repentina pero circunstancial. Lo pendular. Si no es posible evitarlo, tampoco nos condena de por vida al ostracismo. Es el retorno al campo del sentido lo que confiere al vacío su estatuto revelador. Alecciona, me animo a decir, acerca de cómo estamos constituidos. La marea avanza y se retira. Una señal del paisaje marítimo que mucho dice de quien lo sabe observar. Interés e indiferencia se reparten nuestras horas de seres pendulares. A mi ver, renegar de esa dualidad es renegar de quienes somos.

¿Qué mejor que intentar ese ejercicio de discernimiento; que reconocernos en el vaivén que nos impide agotar lo que somos en uno solo de sus vértices?

Montaigne ha llegado invicto hasta nosotros porque supo atenerse a él para hablarnos de sí mismo. Reflejó antes que nadie nuestra doble pertenencia al sentido y al vacío. No subestimó esa dualidad ni aspiró a deshacerse de ella. La miró a los ojos y en ella se inspiró a la hora de escribir. Así dio vida a un género – el ensayo – en el que nadie lo superó. Se cuenta que su lectura fascinó a Shakespeare y sus traducciones se multiplicaron muy pronto por toda Europa. Una Europa que abandonaba el triunfalismo renacentista. En nuestros días, Fernando Pessoa supo heredarlo, tanto en la poesía inclemente de Álvaro de Campos como en la prosa templada y triste de Bernardo Soares.

El vacío es un efecto de la imposibilidad de inscripción acabada en una identidad. Platón sugirió alguna vez que no hay palabra que diga mejor de nosotros que la palabra “ni”. En ella se enhebran la plenitud posible y la insuficiencia insoslayable. Heráclito la hubiera hecho suya y Anaximandro, aun sin emplearla, la ejemplificó.

Cuando el vacío se adueña de una vida, la existencia pasa a ser un peso sin forma. Nadie, en filosofía, abordó ese extravío con la fortaleza conceptual de Martín Heidegger. Y entre los ensayistas de hoy no hubo otro que alcanzara a infundir al tema la intensidad emocional que le imprimieron Emile Cioran y Albert Camus. El vacío, se ve, no solo nos absorbe como un tornado. También ilumina a veces a quienes se ven envueltos en él.

VI

Jazz. Las manos de Thelonious Monk. Al rato, junto a su piano, un bajo. Se diría que ingresa en puntas de pie. Larry Gales. Esa tersura tan suya. Atardece, es primavera. Su luz bienhechora acaba de nacer. También ella – y no solo la música –, abraza el vacío que me encierra, recorre tibia mi ausencia. Escucho, miro. ¿Desde dónde? Soy residual.

La penumbra se extiende sobre los edificios desangelados. El encanto que les infunde atenúa la fealdad con que me oprimen. ¿Dónde estoy? El vacío me priva de sustento, me ausenta. Y voy a la deriva entre restos de un sentido desmoronado.

¿Qué es este duelo sin difuntos? ¿Esta noche sin oscuridad? Un cansancio infinito me inmoviliza. ¿Quién escribe, si consisto en lo que digo? ¿Cansancio de qué es este cansancio? Como un náufrago, como un hombre sin rostro, me sobrevivo a mí mismo. “Como un fósforo frío”. Sí, Álvaro de Campos. Páramo, diría de mí. Inercia sinrazón. Mis palabras gotean sobre el papel, con la lentitud de lo vencido. Rozan como pueden lo informe, luego recogen, en esta página, el eco de lo que apenas tocan.

Ya cederá está intemperie, me digo, cuando yo vuelva a creer. Ahora, como una letanía, insiste en mi recuerdo el acierto de Mário de Sá-Carneiro: Yo no soy yo ni el otro, / Soy algo que está en el medio, / Pilar de un puente de tedio / Que va desde mí hasta el Otro.

Tedio y vacío comulgan, se confunden. Remiten a un mismo aplanamiento.

Una misma monotonía los hermana: línea recta de uno a otro que ignora los matices, el contraste, la ondulación bienhechora del contrapunto.

Por lo mismo que el vacío no puede dejar de reaparecer tampoco puede considerárselo definitivo. Si estamos llamados a recaer en él es siempre porque, de algún modo, volvemos a dejarlo atrás. Si el zarpazo del vacío nos alcanza solo cada tanto es porque tampoco él se apropia para siempre de nosotros.

Expulsado del territorio exclusivo de la biología, afincado solo como inquilino en la casa del sentido, soy, al igual que todo el que está abierto al enigma de su presencia, alguien para quien ser significa ser a medias. Uno que sin dejar de estar hecho de palabras, como quiere Octavio Paz, no termina de quedar inscripto en ellas. Proyecto, balbuceo, discernimiento parcial y fragmentario. Proclive en casi todo al ensueño de la certeza, soy también intemperie donde ese sueño estalla; lenguaje abierto al impacto de lo indecible. Libreoprimido (así, en un solo término). Y poroso al vacío además, que no es libertad ni es cautiverio sino confinamiento en la ausencia.

Anochece. Por un instante, me parece volver a mí. Pero no. Repito mi nombre, y es aún lejanía. Tanteo, aguardo en la niebla en que consisto.

Por Santiago Kovadloff - PARA LA GACETA - BUENOS AIRES

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