El despoblamiento rural, el mal estado de los caminos y el deficiente servicio que brinda el transporte público, constituyen para muchos docentes un amargo cóctel que complica el funcionamiento de las escuelas públicas en muchos pueblos del interior. Y no son pocas las amenazadas por la escasez de alumnos.

En el actual marco de pandemia, en el que la falta de servicios eficientes de internet aísla a los estudiantes, el problema se profundiza. El drama no solo recae en los docentes sino también en los padres, que de una u otra manera, tratan de encontrar una solución a las dificultades.

José Urueña, de Los Palomino, prefiere apelar a su caballo moro antes que a la motocicleta a fin de trasladar a su hijo Carlos (13 años) hasta una escuela de la zona. Son más de ocho kilómetros de recorrido, de lunes a viernes. “El costo de la nafta, la falta de colectivos y los caminos destruidos nos obliga a utilizar vehículos en que nos trasladábamos en los tiempos de mi abuelo. La moto salva mucho también a no pocas familias, pero en pocos meses terminan rotas”, advirtió el hombre.

“Por eso hay muchos jóvenes que prefieren abandonar el campo, la escuela e irse a vivir en la ciudad”, advirtió. El niño Andrés Díaz, de Puesto Los Pérez (Graneros), camina hasta seis kilómetros todos los días para llegar a la escuela de La Florida junto a otros cuatros compañeritos.

Penurias

“Es duro vivir en estos lugares cuando se está casi aislado. Los caminos son un desastre y el transporte público casi no existe. Los maestros sufren penurias increíbles para venir a enseñar y más en los tiempos de lluvia”, contó doña Susana Cuenca.

A lo largo de la ruta 334, que comunica entre Taco Ralo y La Cocha a más de siete parajes, viven unas 700 familias. Funcionan tres escuelas.

Una creciente destruyó un tramo largo de la carretera y el puente sobre el río San Francisco en el 2018. Desde entonces atravesar esa vía se constituye en toda una odisea.

En Santa Ana las escuelas de las colonias 12, 14, 16 y 17 funcionan gracias a que son los propios docentes quienes pagan el transporte a sus alumnos.

Es lo que asegura Jorge Soria, un vecino preocupado por el futuro de los establecimientos educativos de la zona. Como en los otros pueblo el denominador común en la deserción escolar es la falta de trabajo, el aislamiento al que los condena los caminos destruidos, la falta de transporte y de servicio telefónico.

RUTAS DETERIORADAS. Un aspecto cuestionado en Los Palomino. la gaceta / fotos de osvaldo ripoll

“Estas son causales que expulsa a los jóvenes de la zona que se van en busca de un mejor futuro en otras provincias o ciudades. Y así la población de niños y adolescentes es cada vez más escasa. Son comunidades con habitantes con edades superiores a los 60 años. Casi no se ven chicos”, aseguró el docente Alejandro Gramajo. “En este tiempo de la virtualidad les complicó, e incluso imposibilitó acceder a clases, la falta de un servicio de comunicación eficiente. Quedaron marginados del sistema”, observó.

“Los docentes rurales tenemos desde hace tiempo la responsabilidad de salir al rescate de niños alejados de los edificios escolares. Algunos dejaron de ir porque la familia emigró a otras provincias en busca de trabajo. Otros retornan a clases a mediados de año porque son hijos de obreros golondrinas. También hay quienes no van porque no tienen para el transporte o por vivir en parajes casi aislados”, planteó una docente de Villa Chicligasta.