Eduardo “Buby” Perrone ejerció desde chico una cantidad conmovedora de oficios de clase baja.

Había nacido el 12 de abril de 1940 en la estación de trenes de Villa Muñecas, en la casa de su abuelo, que trabajaba en el ferrocarril. Pronto la familia se mudó, primero a Villa 9 de Julio y después a Barrio Norte, cerca de la cancha de Atlético, donde pasó su adolescencia y primera juventud.

Entre los 28 y los 31 años fue privado de su libertad, imputado, junto a un grupo de amigos y conocidos, por una violación colectiva que no existió, en una causa armada por un sector de la Policía y la Justicia para desviar la atención de un hecho de gatillo fácil. Esa salvajada institucional que puso su vida de cabeza la narró en un primer libro compuesto en base a las notas que tomó en prisión, a la vez un ajuste de cuentas y el detalle de la pesadilla del procesamiento, del insomnio en defensa propia en los pabellones y de la impotencia de estar siendo tomado por un pervertido allá afuera. Preso común apareció en 1973 para convertirse en un éxito nacional de ventas, siendo lo primero que escribió, cosa que le gustaba destacar. A ese libro siguieron otros de suceso desigual y un mismo tono autobiográfico, callejero de los bajos fondos, citadino del norte.

Cualquier aproximación tremenda aplica (y si no aplica es porque se queda corta) a la figura de Perrone a doce años de su partida, entendiendo “figura” como el fuego en el que ardieron sus novelas, sus simpatías y rencores, su tragedia personal. Toda esa intensidad que está de moda evitar, de la que hay que pasar lejos y con el barbijo puesto, y que todavía hoy, casi medio siglo más tarde, se expresa en esta electricidad de nombrarlo en una página del diario que contribuyó a su condena preventiva, según él mismo se encargó de referirlo en aquel debut.

Fue una clase particular de escritor “puro”, urgido por las circunstancias, fundamentalmente libre del berretín de una vocación literaria, con sus correlatos de esfuerzo, búsqueda de un estilo, autopromoción, relaciones de provecho. Incontaminado de toda noción de “proyecto”, fue capaz de interpretar ciertas zonas y recurrencias de la ciudad de Tucumán que no habían sido tocadas por la letra. A toda esa evidencia se agrega su posición, que es algo más que marginal: es la del que viene a cobrárselas.

Ahora la mutua celebración y los buenos modales han copado la parada. Campea un consenso que consiste en mirar por sobre el hombro cualquier cosa que se parezca a una novela de denuncia. Se puede estar o no estar de acuerdo con esos pactos de no agresión que hacen más llevadera la vida y más ricos los canapés, hasta por Zoom. Lo que no se puede es negar que la intensidad exista.

Con ese otro oficio recién estrenado, Buby Perrone pasó en unos meses del penal de Villa Urquiza a que lo reportearan las revistas populares, radios y canales, la prensa de todo el país. Esos fueron sus picos abismales: haber hecho algo de plata con sus novelas, haber perdido la cuenta de sus reediciones, haber sido querido y respetado por muchos por ser el hombre en el que se convirtió. Y también haber sobrevivido los últimos años en la indigencia, en un auto chatarra, en una vereda, en refugios menos que precarios cerca del centro de San Miguel, entre ellos el vagón de tren desguazado en el terreno de Bernabé Aráoz donde murió en el invierno de 2009, junto a las vías como al comienzo.

Por esos rincones retumba un colofón con el que solía rematar sus historias: “Lo peor es que es cierto”.

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Maximiliano Cárdenas –

Escritor y editor.