Por lo general, las sociedades se basan en ciertos elementos básicos para determinar qué es un hecho. Primero, nos basamos en la educación; segundo, en la pericia; tercero, en la experiencia. Y finalmente, por sobre todas, en la evidencia. Pero todos esos elementos – la educación, la experticia, la experiencia y la evidencia –han sido devaluados en el ambiente en el que vivimos actualmente. En vez de inspirar seguridad y confianza, son vistos con sospechas.

Muy en particular, durante más de un año, a los principales científicos del gobierno estadounidense se les cuestionaron sus razonamientos y se burlaron de sus habilidades – a pesar de toda una vida de educación, experiencia, entrega y logros que han hecho que todos en nuestro país estemos más seguros y sanos.

Demasiadas personas ya no desean estar informadas. Por lo contrario, desean ser afirmadas. No quieren que se les digan los hechos. Únicamente quieren que se les digan que ellos tienen la razón.

Nos debemos preguntar: ¿a dónde nos lleva todo esto?

¿Vamos hacia un tribalismo extremo, donde solo creemos lo que nuestras almas gemelas ideológicas dicen? ¿nos dirigimos hacia un profundo escepticismo donde creemos que todo el mundo miente por razones egoístas? o, ¿simplemente la gente llegó a la conclusión de que nadie nunca puede realmente llegar a saber qué es cierto o qué es falso, y, por lo tanto, de nada sirve averiguar?

Así que, este es un momento de estrés y conflicto para aquellos de nosotros que trabajamos en los medios de comunicación, quienes tradicionalmente hemos sido los árbitros de la verdad en la sociedad.

Una reacción al conflicto es la evasión – quedarse tranquilo, cohibirse, permitir que el miedo a la confrontación y a la difamación se adueñe de nosotros.

Pero nosotros, en la prensa, tenemos responsabilidades particulares. Nunca podemos callar. Nuestros derechos a la libertad de expresión carecerían de sentido si no los ejercemos.

Este no es momento para el silencio o la timidez. Este es un momento de determinación renovada por nuestra parte. Tenemos que recordarnos a nosotros mismos qué significa ser un buen periodista.

Considero que ser un buen periodista requiere tener alma y tesón. Tener alma implica que entendemos la misión fundamental del periodismo que es la búsqueda de la verdad – no solo entenderla, pero también sentir un compromiso profundo en averiguarla. Y tesón, porque nos exige tener la fuerza de voluntad para resistir los ataques más despiadados.

El propósito de nuestra profesión no es ser popular. El propósito de nuestra profesión es conseguir la verdad y difundirla.

Ese es un principio fundamental en el Washington Post. Los principios fundamentales del Post se pueden leer en la pared de entrada de la sala de redacción y fueron creados en 1935. Comienzan diciendo lo siguiente: “El objeto primordial de un periódico es decir la verdad tanto como dicha verdad sea posible de constatar.

Eso reconoce que llegar a conseguir la verdad es un proceso. Y no es fácil. La verdad puede ser escurridiza e implica algo más que los hechos: también requiere contexto, énfasis y perspectiva. Además, los principios del Post también contemplan que la verdad existe. No es tan evasiva como para ser inescrutable.

Hay varias cosas que podemos decir acerca de la verdad: no tiene nada que ver con quién o qué es lo más popular. No tiene nada que ver con tu opinión o tu afiliación política. No depende de quién grita más fuerte, o de quién tiene más poder, o de quién se beneficiará.

Y pensando en los reportajes más importantes de mi carrera – los medios de comunicación que he dirigido enfrentaron desconfianza, críticas y repudio. A pesar de ello seguimos adelante, informando y publicando lo que sabíamos.

* Palabras pronunciadas, la semana pasada, en el acto de entrega del Gran Premio de Chapultepec de la SIP.

PERFIL

Martin Baron es uno de los periodistas más destacados del mundo. Hasta hace unas semanas era director del diario The Washington Post. Previamente fue director del Boston Globe, diario en el que coordinó la investigación sobre abusos en la Iglesia Católica, reflejada en la película ganadora del Oscar Spotlight. Lideró equipos periodísticos que obtuvieron 17 premios Pulitzer.