Fabián Soberón - Escritor, director de documentales, crítico y docente universitario

En 2011, el director Alex de la Iglesia dio un discurso en los premios Goya que generó polémica porque relacionaba al cine con la cultura digital: “Una película no es una película hasta que alguien se sienta delante y la ve. La esencia del cine se define por dos conceptos: una pantalla y personas que la disfrutan. Sin público esto no tiene sentido. Ese público que hemos perdido no va al cine porque está delante de una computadora. Quiero decir claramente que no tenemos miedo a internet porque internet es, precisamente, la salvación de nuestro cine”. Su discurso fue anticipatorio: hoy no podemos separar la cultura audiovisual de internet.

La comunicación contemporánea existe en el marco del capitalismo de plataformas. Según el economista Nick Srnicek, las plataformas “son infraestructuras digitales que permiten que dos o más grupos interactúen”. Netflix, Disney, Amazon (entre otras) y la producción de contenidos a través de internet han generado un nuevo escenario audiovisual que interfiere e interviene en la construcción del perfil del ser humano en el siglo XXI.

En la época clásica, el cine se había construido con el sistema de estudios y de estrellas (esos monstruos que dominaban el horizonte). Ese pasado glorioso quedó atrás. Sin embargo, la economía se las arregla para organizar otros modos de lo masivo. ¿Se están convirtiendo las plataformas en los nuevos estudios que producen y monopolizan los modos del consumo audiovisual?

Ilusiones

La recepción del cine y de las series ha cambiado de aparatos y de ritos. Pero, ¿qué cambios sustanciales han ocurrido? ¿El cine sigue siendo esa prótesis que nos provee lo que no tenemos en la vida? En su representación de la realidad y su función espectacular el cine es, aún, una máquina que inventa y produce ilusiones, ese cúmulo de espejos que distorsionan y edulcoran la realidad.

El cine está hecho de la materia de los sueños, diría William Shakespeare, y en la isla virtual de Morel bailamos según el ritmo de las imágenes en movimiento. Su rol principal ha sido, desde los inicios, la proclama de la ilusión. En este sentido, mantiene su doble cara: fulguración material que ilusiona y oasis que manipula con el propósito del consumo.

¿Qué es un premio en el siglo XXI? Es cierto que la adrenalina potencia la espera y que el suspenso gana la partida por unos minutos. Suspendemos la incredulidad y aguardamos con ansiedad los resultados. Creemos, en esos instantes, que los premios Oscar dicen algo sobre la jerarquía de las películas. Pero eso se esfuma pronto y volvemos a pensar que los premios son solo clasificaciones momentáneas de lo que fluye, de lo que se mueve en las islas virtuales.

Podemos destacar que, en el torbellino del capitalismo, se han producido algunas modificaciones: la Academia estadounidense alberga directoras candidatas (esto es una novedad ya que escasean las directoras premiadas) y el rubro documental puede verse a través de una plataforma digital. El documental suele ser invisible para los espectadores que consumen tanques de Hollywood y desde este año podemos ver algunas piezas documentales en los soportes digitales. Asimismo, la denuncia del racismo aparece en producciones recientes y pasadas. Aunque alguien podría pensar que estos cambios solo son un eco del aire de la época. Carecemos de la lupa del futuro para evaluar si esto se convertirá en tendencia o si solo será una luz que parpadea solitaria en el movimiento de la topadora.

La máquina no muere

El cine nació como un producto óptico y químico, como una piel hecha de luz y emulsión. En los últimos años, se adaptó y se convirtió en un monstruo digital. Las pantallas pululan y las formas de ver se han trasladado a los espacios íntimos, a los hogares, a los sitios del encierro. Se esfumó la dimensión social de las salas de cine. Vemos dentro de las casas, en el living o en un rincón de lo privado. El encierro refuerza la idea de mónada, esa teoría de Leibniz formulada en el siglo XVII. Para el filósofo alemán, las mónadas son sustancias sin ventanas. Consumimos cine encerrados en una habitación sin aberturas. Nos metemos en la cápsula virtual y el cine vuelve a ser un espejo que nos devuelve lo que queremos ver. En esa oscilación, oculta lo real, prolonga la escena de los sueños y reduce la potencia social. Se equivocaron los que anunciaban su muerte. Si algo podemos comprobar en estos días es que la máquina audiovisual no ha muerto, está más viva que nunca: sigue cumpliendo su función protética y sigue ardiendo como el fuego de Proteo. Las pantallas son espejos negros que encienden la llama íntima y que adormecen la posibilidad de lo político.

Antes de la cuarentena forzada, se habían reducido las salas. Hoy no abren. Los palacios de luz nocturna se convirtieron en museos perdidos, edificios abandonados, ruinas de un tiempo que pasó. Alguien podría pensar que el cuadro de la desolación es una metáfora de la situación del cine. Pero este diagnóstico es errado. La máquina se ha metamorfoseado. ¿Es el cine el que sobrevive? ¿Es el cine una de las máscaras del capitalismo? Claramente, las imágenes virtuales funcionan mejor que nunca como ortopedia de un universo perdido, como aparato artificial para el deseo. Si nuestro mundo es un desierto inesperado y anómalo -una distopía fáctica- el cine funciona como el escape perfecto: las imágenes conforman un espejismo, una huida momentánea, un desvío. Al evadirnos confirmamos que no podemos salir del laberinto. Somos el minotauro, somos Teseo sin Ariadna, somos el hilo perdido. Somos un laberinto sin centro.

El cine es un viaje inmóvil que nos encandila, nos entretiene, nos tranquiliza y nos permite creer que las cosas alguna vez pueden cambiar.