Argelia

Camus nace en Argelia. El país no es solo un nombre sino que repercute como una música furiosa en su mirada política y en su filosofía. Los textos tempranos contienen elementos de la crónica, la reflexión filosófica y el pensamiento cultural. Camus describe el pueblo pobre de las ciudades argelinas y piensa el sentido de esas vidas. Elogia el pleno sol, la luz fascinante y única, los olores del puerto, el amor abrasador y esquivo en África, el cielo como una boca o una herida y la exaltación de la vida y el cuerpo: “De la caja de Pandora en que bullían los males de la humanidad, los griegos hicieron salir en último término a la esperanza, como el más terrible de todos. No conozco símbolo más conmovedor. Pues la esperanza, contra lo que se cree, equivale a la resignación. Y vivir no es resignarse.” Como él, los argelinos descreen de la esperanza y luchan para erradicarla. No hay nada más trágico que un joven feliz en el estío, dice en un párrafo de “El verano en Argel”.

A propósito del cuerpo y del espíritu, Camus sostiene que se trata de un pueblo “indiferente al espíritu. Tiene el culto y la admiración del cuerpo”. En las tardes de verano se pueden ver los matices de colores en la piel de esos cuerpos. Se puede hacer una historia y una piscología de los mismos: “Y viviendo así, cerca del cuerpo y para el cuerpo, se percata uno de que la vida corporal tiene sus matices y, aventurando un contrasentido, una psicología que le es propia”.

Su mirada sobre Argelia resalta la futilidad y la falta de futuro en las expectativas sociales. Dice que “Un obrero de treinta años ha jugado ya todas sus cartas... En esta abundancia y profusión la vida adopta la curva de las grandes pasiones, repentinas, exigentes, generosas. No se trata de construirla sino de quemarla”.

Un hombre rebelde

Una divisa que atraviesa su pensamiento es aquella que se resume en el problema de los medios en relación con los fines. Para Camus, el fin no justifica los medios: está primero el presente que el futuro. Camus fue un rebelde asediado por la derecha y por la izquierda francesa. Supo ver los excesos aunque él mismo no se privó de las abundancias de la carne y de los caminos. En sus ensayos abundan las imágenes y las analogías. En contra de la idea de sistema y de las alegorías rígidas, está convencido de que el pensamiento busca lo concreto: la libertad entre las cosas humanas y está al servicio de los pobres y de los que sufren. Una vez afirmó que el único pensamiento que le importaba era el que no le producía dolor a su madre. Y repitió innumerables veces que él siempre se sintió que defendía a los pobres con los que había vivido en su ciudad de origen, los árabes y los franceses miserables de los barrios marginales de Argelia.

En este marco, su filosofía no surge de la rígida razón sino del rudo corazón de un pensador melancólico, golpeado por la inexorable enfermedad, atrapado por el deseo de mundo mediterráneo y la pasión contradictoria. Un extraño amor se relaciona con la rebelión histórica y metafísica del hombre rebelde: “El movimiento más puro de la rebelión se corona entonces con el grito desgarrador de Karamazov: si no se salvan todos, ¡para qué la salvación de uno solo!” La rebelión parte de un amor a la humanidad, a la totalidad. Es un amor extraño porque tiene una pretensión de abarcar al hombre en su conjunto. Importa el dolor de todos los hombres. Y no tiene sentido que se salven unos y sufran otros.

Para este pensador inusual, la rebelión no es sinónimo de resentimiento. Es todo lo contrario. Camus elogia la vida a sabiendas de que esta no está exenta de dolor e injusticia. Precisamente, él fue alguien que escribió y que pensó el sentido de la injusticia en este mundo y elaboró una filosofía que aún hace escuchar su latido. En contra de las dictaduras –se peleó con Sartre en la disputa sobre el lugar del comunismo en las democracias europeas–, en contra del odio racial y del colonialismo francés, Camus escribió páginas memorables (que resuenan con la alevosía de la tinta fresca) sobre el problema de la esclavitud y de la tenaza que gobierna las mentes que se suponen despiertas. ¿Cómo pensar en la justicia si se mantienen los crímenes sostenidos por los razonamientos materialistas y dialécticos y las afirmaciones basadas en la lógica del mercado?: “Pero los campos de esclavos bajo la bandera de la libertad, las matanzas justificadas por el amor del hombre o el gusto de la sobrehumanidad, dejan desamparado, en un sentido, el juicio. El día en que, por una curiosa inversión de nuestra época, el crimen se adorne con los despojos de la inocencia, es a la inocencia a la que se intima a justificarse”. Hacia el final de su magnífico ensayo, sostiene: “Más allá del nihilismo... preparamos un renacimiento. Pero muy pocos lo saben”.

Dos preguntas recorren como fuego su filosofía: ¿cómo proponer o sostener la rebelión sin justificar el crimen? ¿Se puede ser justo sin ser santo? Estas incógnitas rozan nuestros cuerpos y tienen el extraño latido de lo que fue escrito hace 70 años y resuena como si lo hubiera dicho hoy.

Retrato y rostro

En El mito de Sísifo, Camus describe la vida absurda. Aquel que acepta el divorcio entre el yo y el mundo comprende que la existencia está atrapada en el inevitable absurdo. El hombre absurdo es aquel que rechaza la eternidad y disfruta el efímero presente. Camus entiende que hay tres modos de vida que rechazan el mañana y la nostalgia, que viven el hoy sin dolor: el amante (el donjuanismo), el actor cómico y el aventurero o conquistador.

Camus sostiene que el Don Juan “no sabe contemplar los retratos”: pasa de un amor a otro repitiendo la experiencia y, coherente con la fugacidad, vive sin porvenir y sin añoranza. Sólo existe el presente del amorío multiplicador de intensidades. Por eso el Don Juan no se detiene a contemplar el retrato: no hay nostalgia ni expectativa.

En nuestro mundo abunda la sensibilidad atascada en el presente consumista. No hay nada más importante que la vanidad del instante. Todo debe ser realizado de forma rápida, urgente, y todo -o casi todo- se pierde en el instante. A diferencia del elogio del presente de Camus, nuestra vida anodina está atrapada en la expectativa de reconocimiento. Aquel que abre una red social vive a expensas del éxito fugaz. Vive un hoy teñido de vana expectativa de gloria inminente. En contra de la negación del retrato donjuanesco, vivimos halagando el rostro digital de las redes sociales.

El primer hombre

El 4 de enero de 1960, con el Premio Nobel a cuestas, sale en su auto por una ruta solitaria y sufre un accidente fatal. En uno de los rincones del vehículo, encuentran un manuscrito perdido en una bolsa. La bolsa negra está tirada en el asiento. Es un cuaderno arrugado que guarda los detalles de una vida. No es una vida cualquiera. Es su vida, la de su madre, la del padre desconocido, la de su abuela y la del tío Ernest.

El auto está destruido. Su conductor ha sufrido un accidente fatal. El cuerpo blando, frío, herido, está tirado junto a la chapa fundida, inútil. El cuerpo es inútil. Entre el cuerpo y el metal, está el cuaderno desconocido.

Lo que impacta es la vida de las cosas. Las cosas sobreviven a los muertos. Ciertas cosas sobreviven: el borrador de una novela inconclusa es El primer hombre.

Con una adjetivación precisa, con imágenes que agrandan la página, Camus narra la llegada de sus padres a los suburbios de Modovi, en Argelia. El libro se ordena, se organiza, a partir de la búsqueda del padre muerto. Camus no conoció a su padre. El padre murió en 1914, en la guerra, por el efecto de un obús traidor y amargo. Los recuerdos, las escenas veloces, las acciones melancólicas y las aventuras infantiles se ordenan según la búsqueda del padre utópico. Frente al calor de la tumba, en el cementerio, Camus descubre que su padre no había sido sólo la figura abstracta y muerta del pasado sino un hombre vivo que había sufrido los embates de la gloria y de la pobreza.

Camus narra, con astucia y detenimiento, el momento en el que la madre recibe la noticia de la muerte de su esposo. Cuando el padre muere, le mandan las esquirlas del obús que ha matado a su padre. El obús le abre la cabeza. Como un río subterráneo, esta imagen recorre el libro.

Hay un fantasma que se desliza como agua turbia: la pobreza. Camus siempre tomó distancia de los honores y de los placeres intelectuales de la burguesía parisina. Siempre reconoció su anarquismo callejero, aprendido en el fango de los suburbios: “La pobreza no se elige pero puede conservarse”. Más adelante, aclara: “la memoria (es) de los pobres. Los ricos recuperan el tiempo”. Como una novela autobiográfica inusual, Camus habla de sí mismo al hablar de los otros. Y habla de sí mismo como si fuera otro. Cuenta los episodios de su aprendizaje en el liceo, de su primer trabajo, esos días que fueron la antesala de la universidad y del brillo impensado del futuro.

Lejos de la pompa, lejos de la posterior envidia intelectual, lejos de París, ese niño que corre por la arena pisa el suelo árido y seco de África y sufre el calor y el dolor de la pobreza. Escrito con una prosa que haría palidecer a Flaubert, Camus deja, involuntario, en el auto del accidente, un tesoro: su testamento novelesco. Plagado de evocaciones poéticas, no hay una frase en El primer hombre que no haya sido esculpida con el brillo de la prosa exquisita.

© LA GACETA

Fabián Soberón - Escritor.