Desenmascarar problemas

Tomás Eloy Martínez ha dedicado su escritura a desenmascarar problemas que corroen a nuestra sociedad, tanto en lo que hace a la búsqueda de sí mismo, como a la de la identidad social. Logra diseñar perfiles de los que mandan como de los que atacan. De nuestras incesantes búsquedas del paraíso perdido, como de nuestros tránsitos recurrentes por los caminos del infierno. De nuestra falta de memoria, como asimismo del interés por las indagaciones históricas en torno a las figuras paradigmáticas, pero eso sí, siempre atento a las variadas tonalidades del hombre en su tejido de luces y sombras.

De allí que no nos sorprenda que en este fascinante juego que supone inaugurar y espejar la vida, nuestro autor haya asumido el desafío que supone abordar uno de los aspectos más comprometidos de la existencia humana: el de las relaciones filiales, inscriptas en el proceso de disolución y destrucción de seres acosados por la maldad materna. De esa manera lo vive Carmona, el protagonista de la novela de referencia, quien llega a los abismos de la locura al no poderse liberar de “la mano del amo”, expresión que la voz del pueblo la traduce como “caer en las manos de…”.

Un denso planteo enunciado en el primer capítulo de la novela cuando expresa el protagonista: La dicha del paraíso consistía en ser huérfano.

Desde estas ventanas, La mano del amo encara dos mitos muy arraigados en nuestra sociedad: el del niño feliz y el de la “santa madrecita”. Los aborda y los desenmascara.

La santa madrecita

El personaje materno de La mano del amo está esculpido en base a un estereotipo recurrente pero poco señalado: el de la madre castradora y perversa, tema de indiscutible linaje literario a nivel mundial, pero, poco frecuentado en la narrativa argentina. La tapa del libro ya nos entrega el rostro de una mujer enmascarada. El enigma del embozo figura en primer término, no sólo como elemento de la trama sino también como partícula integral omnipresente. ¿Qué imagen femenina oculta el antifaz…?

La madre reflejada por Tomás Eloy Martínez, no se inscribe como el símbolo de la sublimación perfecta, del instinto y la armonía profunda del amor maternal. En la novela que nos ocupa, Madre es el ser perverso, egoísta, voraz, castrador.

En consecuencia, para ingresar a La mano del amo se requiere desnudarse de corazas y prevenciones. Una disponibilidad de asombro. Implica, admitir dimensiones acechantes, mundos diabólicos.

¿Acaso, hay algo más nefasto que negarle al mundo infantil amor fecundante? ¿Algo más brutal que la de un niño que carece de amor maternal?

Encontramos rotundas respuestas en La mano del amo. Nuestro autor retrata a esos productos de la raza humana (no escasos, por cierto) que aniquilan a sus hijos, los invalidan en aspiraciones de identidad, los pervierten hasta sumirlos en los abismos de la locura. El eje narrativo se estructura a la sombra de las frustraciones que caen desde la infancia sobre la vida posterior del individuo y sobre la sociedad.

Carmona (el hijo) es el símbolo de los hijos rechazados y sometidos, que en una larga batalla buscan su verdadera voz y sufren, y se debaten en torno a lo que es y debiera ser.

¡Cuántos Carmona, caminan cerca nuestro conjugados por la mano del amo, manos fielmente retratadas en la novela de Tomás Eloy Martínez!

© LA GACETA

Honoria Zelaya de Nader - Doctora en Letras. Miembro de número de la Academia Argentina de Literatura Infantil y Juvenil.