Hay una confusión notoria en el discurso de muchísimos dirigentes. Será porque están convencidos de que el cargo que ocupan, de por sí, les confiere prestigio a ojos de la sociedad. Habría que aclararles que las cosas funcionan al revés: son ellos los que prestigian sus cargos por medio de las conductas y de las acciones que despliegan. Si piensan que una fórmula de presentación es suficiente para tornarlos en, por ejemplo, honorables -concepto tan usual en los Poderes del Estado-, se equivocan de cabo a rabo. No son ni prestigiosos ni honorables, en lamentable y generosa proporción cuando de Tucumán se habla.

Así que cuando el gobernador Juan Manzur denuncia una campaña de desprestigio -en su contra y también contra el Gobierno que encabeza- está disparándose en los pies. La del prestigio es una construcción ardua y permanente, y que surge de un consenso social cruzado por la subjetividad. Nadie puede autoproclamarse prestigioso, condición que se determina desde el afuera. Y ni el Ejecutivo, ni la Legislatura, ni la Justicia, ni buena parte de las asociaciones intermedias que conforman el tejido social, gozan de prestigio en el Tucumán de hoy. Un Tucumán en el que toda la basura se barre debajo de la alfombra. El problema es que ya no hay alfombra que aguante semejante carga.

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Será porque en la mano de este Tucumán cabe aquella emblemática joya que lucía Julio Grondona. “Todo pasa”, se leía en el anillo. La semana pasada lincharon a un hombre, presunto asesino de una niña llamada Abigail Riquel. Dos crímenes espeluznantes que, con el correr de los días, empiezan a difuminarse en el “todo pasa”. Un femicidio y una ejecución fuenteovejunesca, desgraciadamente vinculados por una lógica de causa y efecto sólo posible ante la ausencia/pasividad del Estado. ¿Dónde se detectan vestigios de prestigio en medio de semejante desmadre? ¿En la actuación de la absolutamente desprestigiada Policía?

Y hay más. Apenas se levantan los paros la memoria inmediata parece detonarse. Como si nada hubiera sucedido. O, mejor dicho, con la dinámica del todo pasa. Entonces la crisis del transporte se barre bajo la alfombra hasta que la próxima huelga obliga a exhumar ese cadáver, a sacarlo del placard de los fracasos. A esta altura, hablar de prestigio tratándose de los empresarios del rubro es un chiste de pésimo gusto. Mientras, durante este año ya perdimos la cuenta de los días en los que Tucumán quedó inmovilizado.

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Por supuesto que hay responsabilidades colectivas en esta historia. Cuando una sociedad privilegia el acceso a los bienes de consumo por sobre la valoración de cualidades inmateriales los paradigmas se dan vuelta.

Pongamos un ejemplo de lo más actual. Hubo un tiempo en el que la palabra de un profesional de la salud era de las más respetadas y escuchadas. Contaba con el respaldo de su formación científica, nada menos, y de su trabajo curando. Hoy, un tratamiento contra el coronavirus viralizado en un grupo de whatsapp vale tanto o más que la recomendación de un infectólogo.

Funciona de la misma manera con un abanico de profesiones, oficios, experiencias. En estos casos, es la propia sociedad la que se desprestigia a sí misma con su desconcierto, con esa liquidez que con tanta preocupación señaló Zygmunt Bauman y que se traduce en el relativismo más absoluto. ¿Quién le tira una cuerda a la sociedad para ayudarla a salir de ese pozo de desprestigio en el que se metió solita?

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Sincero.

Respetuoso.

Moderado.

Tolerante.

Creativo.

Generoso.

Comprometido.

Intachable.

Resiliente.

Maduro.

Humilde.

Inteligente.

Optimista.

Empático.

Determinado.

Sacrificado.

Serio.

Amable.

Solidario.

Prudente.

Realista.

Responsable.

Disciplinado.

Sensible.

Autoexigente/autocrítico.

Honesto.

Son sólo algunas de las cualidades sobre las que se edifica el prestigio. Podrían sumarse más, muchas más, porque -quedó dicho- hay un componente subjetivo que juega fuerte. ¿Cuántos de estos dones son propios de mi naturaleza?, debería preguntarse quien pretende asumirse prestigioso. Las respuestas pueden ser crueles.

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Tras el descalabro de la semana pasada llovieron los calificativos (negativos) sobre el accionar de la Justicia. La Asociación de Magistrados cerró filas y emitió un comunicado en defensa de jueces y fiscales: “hoy expuestos a críticas temerarias e indiscriminadas que siembran desesperanza y minan la paz social”. El corporativismo acrítico no ayuda en nada al desprestigio que invade al Palacio de Tribunales y a sus ocupantes desde hace tanto tiempo que las cuentas se van perdiendo.

Tal vez la liturgia propia de la Justicia, con un sistema de castas, títulos honoríficos y beneficios impositivos y jubilatorios, distorsione las miradas hacia adentro. Como si los escándalos que involucran a cortesanos y camaristas, o las vergonzosas pruebas del nepotismo indiscriminado que se practica, sin meternos de lleno en las falencias del funcionamiento de todos los días, no horadaran los retazos de un prestigio inmolado en su propia hoguera.

La sensación en este caso, como en el del Ejecutivo, la Legislatura, los Concejos Deliberantes, los intendentes o los funcionarios de cualquier nivel, es que viven una realidad paralela en la que se autoperciben prestigiosos, queridos y admirados. Alguien debería tomarse el trabajo de despertarlos. “Ver lo que está delante de nuestros ojos requiere un esfuerzo constante”, sentenció George Orwell. El problema se agrava cuando nadie está dispuesto a mirar.

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El prestigio no se hereda; lo que se hereda son los legados. El prestigio no se compra, ni se presta, ni se trafica. El prestigio no se imposta. Al prestigio no sólo hay que adquirirlo; también hay que cuidarlo y acrecentarlo. El prestigio está unido a una ética ciudadana a prueba de tropiezos.

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Conclusión: no hace falta una campaña de desprestigio cuando son los propios funcionarios, con su accionar, los que se desprestigian a sí mismos.