En 1998 Bill Clinton era presidente de los Estados Unidos y cargaba sobre sus espaldas un juicio de destitución aventado por la oposición republicana. Clinton había tenido sexo oral con una pasante de la Casa Blanca, pero estaba contra las cuerdas específicamente por haber mentido y negado ese hecho. Lo acusaban de perjurio, es decir de haber hecho un juramento en falso, por haber quebrantado la fe jurada. Mónica Lewinsky había guardado el vestido manchado con semen del ex presidente. Clinton se paró ante sus ciudadanos y reconoció haber tenido aquella relación. Se sacó de encima el peso de plomo de la mentira y cuando llegó la hora de votar sobre su futuro el Senado lo eximió de culpas.

El vocal de la Corte Suprema de Justicia Daniel Leiva va a zafar de cada una de las instancias jurídicas y políticas que le tocan enfrentar. Hay una carrera de obstáculos legales, procedimentales y políticos que -sin dudas- agotarían al mismísimo Joshua Cheptegei, el incansable maratonista ugandés. No obstante, Leiva está acorralado por el peor juez: su conciencia. Les ha dicho sin dudar un instante a todos los tucumanos que no existió esa reunión ni la conversación del bar Ohana donde se escucha su voz requiriendo a un juez que actúe de una determinada forma. Todo, entre testigos, mozos, gente que se acercó a la mesa, cambios de lugar y otros movimientos y actos que son difíciles de disimular.

A igual que Clinton, el temperamento de Leiva lo llevó a actuar antes que a razonar. A diferencia de Clinton, Leiva no quiere moverse ni un ápice del lugar en el que está ni a reconocer nada.

La llamada

Después de haber recibido la sanción de la Corte, Enrique Pedicone tuvo el llamado de una magistrada que le habría dicho que tenía un mensaje del vocal: es un cachetazo público, pero nada más, no va a pasar nada. Indudablemente, Pedicone aceptó pedidos específicos, pero no cachetazos públicos.

El camarista también utilizó voceros. No recurrió a nadie de la Justicia sino de la política, terreno que conoce desde la época en la que como autoridad de la Legislatura le sacaba los habanos del escritorio al gobernador Antonio Bussi y le tiraba el humo en la cara. El primer interlocutor fue un legislador y a él le pidió que le avisaran al vicegobernador Osvaldo Jaldo que iba a denunciarlo a Leiva. El segundo, también fue un integrante del cuerpo legislativo al que le requirió que pusiera al tanto del gobernador lo que iba a hacer. No es contra el poder político, sólo contra Leiva que tuvo una actitud poco decorosa, fue el mensaje.

El sillón

Leiva desoyó consejos de propios y extraños. Siguió sentado en su sillón como si nada pasara. Y pasaba. Era protagonista de un escándalo con eco a nivel nacional. Obnubilado por su soberbia prefirió mantener la camiseta que lo vio crecer antes que la toga que le consiguió su creador político. Enredado en su laberinto ni pidió licencia ni escuchó riesgos. A su alrededor, todos recibieron esquirlas de la bomba que había detonado.

El gobernador, Juan Manzur, se puso el traje de canciller, tomó una nueva dosis de paciencia -su mayor virtud-, y dijo este no es mi problema, aunque lo es. “Yo lo designé pero a partir de ahí cada uno es artífice de su propio destino”. En los momentos en los que todavía podía salirse de las casillas se animó a decir tan solo: es un problema de la Justicia.

El vicegobernador Osvaldo Jaldo pareció un satélite fuera de órbita. El desliz de Leiva mostró la peor faceta del hombre de Trancas. Confundió los roles. Jaldo actuó más como amigo que como vicegobernador de Tucumán. Se hizo cargo del problema, como si fuera de él.

Leiva sacudió a las dos cabezas del poder en Tucumán. Pero no hay dos sin tres: también afectó a la presidenta del Poder Judicial. Claudia Sbdar caminó de puntillas por las escalinatas del palacio. Esquivó cuanta piedra se le amontonó en el camino. Pero mientras intentaba que ni el barbijo la perturbara en Tucumán, en Buenos Aires se hacían preguntas. En los corrillos políticos a los que llegó el escándalo nunca dejaron de destacar sus conocimientos y su capacidad jurídica, más aún cuando integra la comisión de reforma jurídica; sin embargo, empezaron a contrastar esas virtudes con su autoridad o capacidad para capear este temporal que ya sacude a otros vocales.

Esta semana que ya no volverá nunca más, el juez de Instrucción Conclusional N° 1, Juan Francisco Pisa, fue el protagonista de esta causa tristemente célebre. Pisa, a diferencia de Sbdar, no ha tenido tanta trascendencia por la fibra jurídica de sus sentencias. Al contrario, ha recibido la palmeada política por algunos fallos en los que no ha logrado encontrar delitos pero además ha demorado años en mostrarlos y sacarlos a luz, como si no se sintiera orgulloso de sus decisiones, como fue la absolución del mismísimo gobernador. Pero esta vez, Pisa no pisó la causa y se abocó a una resolución veloz haciéndose eco de la premura con que algún sector de la sociedad espera de la Justicia. Le dijo “no” al planteo de Pedicone y cerró las puertas jurídicas.

Pisa, con su fallo, casi le tendió una alfombra roja a la comisión de Juicio Político de la Legislatura, que ya debe tener todos los argumentos necesarios para archivar las causas contra Leiva. Pero al mismo tiempo, sorprendió a Pedicone. El camarista especulaba con que nunca se trataría su denuncia, ya que hay 16.000 juicios que esperan ser tratados. Sin embargo, el vértigo de Pisa le devolvió la pelota para seguir jugando y no quedarse en la tribuna. Este fin de semana dedicó sus días y sus noches a armar un “per saltum” para que la Corte trate su caso. También pondrá en juego la interna de ese tribunal donde hay tres vocales (Antonio Estofán, envuelto en otro laberinto, Eleonora Rodríguez Campos, una “salieri” de Leiva en sus primeros pasos cortesanos, y el mismísimo Leiva) que ya sancionaron a Pedicone.  

El grabador

“¿Qué tengo que ser Pedicone y grabarte?”, le dijo el legislador Roque Alvarez a su compañero Tulio Caponio. Es que en el bloque oficialista las papas quemaban. El peronismo estuvo a punto de quebrarse -en jaldista y manzuristas, obviamente- en los últimos días. Fueron las tarifas que hicieron corto circuito y casi terminan todos chasmuscados, pero sacaron los salvavidas y la unidad del bloque salió a flote.

En realidad, Roque Alvarez estaba que trinaba porque le había pedido a Caponio que no diera dictamen al congelamiento del aumento de tarifas que días antes el propio gobernador Manzur había aprobado. Pidió tiempo para poner orden. Pero no se lo dieron. La reunión, para no desentonar con el Poder Judicial, tuvo ribetes de escándalo porque se dibujaron los perfiles de quienes, subidos al tren de un aumento tarifario, no pudieron disimular que la verdadera pelea es por el poder que se viene. Manzur y sus acólitos saben que deben llegar unidos a 2021 y Jaldo y sus adláteres no cejan sus embates para hacer saber al Ejecutivo que no los pueden ningunear.

Los aumentos, que al fin y al cabo son necesarios y no afectan directamente a quienes menos tienen porque ya son subsidiados, sirvieron de escudos y de máscaras para esconder una pelea política de proporciones.

Manzur eligió dar marcha atrás con el aumento, por eso el titular del bloque peronista no quería que Caponio cumpliera con el pedido del vicegobernador de dar dictamen a un proyecto de ley que marcaría las diferencias. Las tensiones y la grieta ya son profundas, por lo tanto la desconfianza también. Caponio movió su comisión para dar dictamen, enojó al gobernador, que se quedó mirando de reojo al hermano del legislador, Marcelo Caponio, quien ocupa un cargo trascendente a nivel nacional con el padrinazgo de Manzur. Vientos huracanados de la Corte van a llegar también a la Cámara, donde aún falta elegir autoridades y tratar el presupuesto, dos temas donde se lee quién tiene el poder, más aún cuando se viene un año electoral.

Bill Clinton aprendió de sus exabruptos de adolescencia tardía. También comprendió que primero que todo estaban sus obligaciones presidenciales y sus responsabilidades hacia la sociedad. Así, a los golpes, supo que la política a los empellones sirve para el momento, para pasar lo inmediato pero no para trascender ni para escribir la historia. Clinton aprendió que la verdad, al fin y al cabo, es hija del tiempo, como enseña una conocedora del derecho y amiga de la ética.