Una mujer está en el baño de su casa y desde allí habla con su psicóloga. “Estoy al borde del colapso”, le dice. Así arranca un video publicado en la red Tik Tok. Al final, se oye la voz de uno de los hijos llamándola. “No está mamá, se fue”, grita.

La escena refleja lo que por estos días pasa en muchos hogares, a seis meses de iniciada la cuarentena. El hecho de que la mayoría de las personas se vean obligadas a pasar casi la totalidad del día dentro de la casa, junto al resto de los convivientes en los casos de los hogares que no son unipersonales, ha producido importantes cambios, sobre todo en lo que tiene que ver con la privacidad.

Revivieron sitios de la casa que estaban condenados al olvido

La casa es ahora el espacio de todo: es la escuela, la oficina, el gimnasio y hasta el consultorio para hacer terapia. “Sólo cuando termine la pandemia recuperaré mi privacidad”, confiesa Lorena Villa, mamá de dos adolescentes y una niña. Hace poco, según cuenta, pasó un papelón cuando desfiló -sin querer- por una reunión de Zoom en ropa interior. No sabía que su hija estaba en plena clase en el comedor diario.

Producto de nuestra inexperiencia y de la cantidad de reuniones que tenemos a diario por videollamadas, Zoom o Meet, estas plataformas se convierten a veces en verdaderas cámaras ocultas en la casa, que revelan cómo vivimos y qué hacemos. Más de uno ha transmitido discusiones hogareñas sin intención de hacerlo.

A Emilia Risso, en realidad, lo que más le molesta es que las puertas de su casa se abran imtespestivamente todo el tiempo. “Cuando los chicos iban a la escuela yo tenía un tiempo para mí. Eso se acabó. Ahora, cuando quiero estar sola un rato, me encierro en el auto. Desde ahí hablo por teléfono tranquila con una amiga, leo páginas de un libro o me quedo pensando en nada”, cuenta la administradora de empresas.

Desde que arrancó el confinamiento Emilia está en modo “home office”. “He pensado seriamente en llamar un cerrajero para ponerles llave a las puertas, así se empiece a respetar más la privacidad”, confiesa.

La psicóloga Marcela Cizek explica que, si bien en un principio esta cuarentena fue vivida por muchas familias como unas vacaciones en las que se disfrutaba de estar todo el tiempo juntos, cocinar, ver películas, etcétera, el paso de los días hizo que esa hiperpresencialidad fuera generando conflictos, lo cual es totalmente normal.

Para entender mejor lo que nos está pasando, la profesional recurre a la parábola de los puercoespines, que Sigmund Freud toma de un libro del filósofo alemán Arthur Schopenhauer. “Los seres humanos somos como los puercoespines en invierno, si nos alejamos mucho, nos morimos de frío. Pero si nos acercamos demasiado, nos pinchamos”, describe.

“Es algo que ocurre en las familias en vacaciones. Solo que a los 15 días se terminan y cada uno vuelve a la normalidad. Este fue un año excepcional que nos puso a todos en una situación difícil, porque los espacios domésticos se reconfiguraron. En este nuevo contexto de encierro -explica Cizek-, en muchas casas hasta se naturalizó el hecho de invadir los espacios físicos del otro. Las puertas se abren sin aviso previo, un dormitorio se convirtió en pieza de estudio o en oficina, el comedor es el lugar para hacer reuniones por Zoom. Los límites se desdibujan, hay interrupciones constantes, todos estamos al tanto de las conversaciones de los demás”.

La psicóloga aconseja delimitar territorios y horarios de uso, ya que la privacidad e intimidad son necesidades de todos; tanto en la pareja como en los adolescentes es muy importante. “Hay que ser más cuidadosos que nunca”, sostiene. ¿Cómo hacerlo? Según Cizek no es necesario poner llave en las puertas. “Me parece extremo, una decisión un tanto abusiva. Hay que poner las cosas en claro, cuando la puerta está cerrada es señal de que se debe golpear”, explica. “Y no sólo los chicos deben respetar eso. Tampoco los padres pueden abrir puertas de los adolescentes sin antes pedir permiso”, apunta. Ella sostiene que los límites deben ser verbales y también se debe comunicar cuando uno necesita un tiempo en soledad.

No mirar atrás

Una de las medidas más importantes, según la psicóloga Ana Carrascosa - terapeuta gestáltica-, es evitar pensar en qué hacíamos antes o cómo era nuestra vida anterior a la covid-19 porque ese podría ser unos de los principales motivos de malestar. “La cotidianeidad cambió como consecuencia de la pandemia y no tenemos fecha certera de su fin. Ante esta nueva realidad las reglas de convivencia también deberían ser diferentes, ajustadas a esta nueva modalidad”, sugiere.

En segundo lugar, aconseja desarrollar la empatía de todos los miembros que conviven en el hogar, y poder enseñarles esta habilidad social también a los más chicos. “Hay que negociar los espacios de desarrollo de las actividades y más cuando la vivienda tiene espacios reducidos; respetar horarios y disponibilidad de los aparatos electrónicos”, especificó.

También es de importancia respetar los momentos en que cada persona necesita su espacio a solas. “No hay que tomarlo como una ofensa; al contrario, es algo saludable. Hay que colaborar para que eso se pueda dar y también estar atentos a cuando uno está necesitando ese espacio de interioridad para poder pedirlo”, detalla.

“La flexibilidad es la clave para sobrellevar los avatares diarios; tener presente que el encierro puede generar cambios anímicos constantes, y poder acompañar este movimiento emocional propio como ajeno ayudará a mejorar el clima familiar. Al ser una circunstancia totalmente desconocida la que estamos viviendo, la comunicación y los acuerdos que vayamos generando deben ser flexibles, poder escribirlos y reescribirlos de acuerdo con lo que vaya surgiendo en esta nueva cotidianeidad”, propone. Finalmente, recomienda a las familias propiciar momentos para liberar tensiones: “uno de los recursos por excelencia para este fin es la risa, que se puede dar a través de juegos y de bailes, por ejemplo”.