Por Isabel Aráoz

Para LA GACETA - TUCUMÁN

En ocasión de recibir el Premio Casa Da América Latina, Tomás Eloy Martínez dijo: “El libro es como el agua. Se le imponen cerrojos y diques, pero siempre terminan abriéndose paso”. De allí, que el lector que se asome a su extensa y variada obra será arrasado por la fuerza de la palabra.

Su novela inaugural, Sagrado (1969), cuyo adelanto apareció en las páginas de LA GACETA, formula el poder de la lengua “El primer momento es eterno porque la palabra es eterna y dice todo”. Con esta “frase totémica”, el texto despliega la historia de Bío, hijo del linaje de los Fruncidos, para contarnos a su vez los avatares de un Tucumán donde “las palabras jamás coinciden con los significados”. Esta especie de hagiografía inversa construye una imagen paródica del héroe literario que “nació en el peor Tucumán de la historia: el del tranvía descompuesto…”, y que junto a un inventario extenso de personajes (el Boni, el Andrés, la Brigi, el Severito, el Gosi) recorren el espacio de la capital provinciana. A partir del itinerario trazado por Bío y su séquito, el lector se transforma en un peatón más de la comitiva; la novela traza una retórica con el pie (y la mirada) de estos caminantes urbanos y accede a un sinfín de leyendas y mitologías.

Poco interés ha demostrado la crítica literaria en Sagrado; incluso, el mismo autor prescinde (o “borra”) de recordarla como su primera novela y tampoco ha sido reeditada a la par del resto de su obra. Octavio Corvalán y David Lagmanovich repararon en ella como un intento quizás prematuro de otorgarle una fundación literaria a la ciudad, que sucumbía al peso hiperbólico de un lenguaje “magicorrealista”.

Con La mano del amo (1991), “reaprendí la escritura, mi oficio con fiebre adolescente” confiesa el autor. Momento bisagra entre La novela de Perón y Santa Evita. Libro predilecto que lee Emilia en Purgatorio, o escribirá Camargo en El vuelo de la reina: “Quiere contar la historia de un cantante de voz absoluta, capaz de alcanzar todos los registros, al que una madre satánica, asistida por una tribu de gatos callejeros, le cierra todos los caminos para que sea quien es. Ha pensado (…) que el título de la novela podría ser La mano del amo, aunque esa idea, que le recuerda una etiqueta de discos para gramófonos, “La voz de su amo”, tal vez se le haya ocurrido antes a otro escritor”.

La novela se repliega al espacio de lo privado y lo íntimo, aunque persisten las sutiles referencias a una sociedad provinciana, marcada por la economía de los ingenios azucareros. Carmona, heredero de un abolengo empobrecido es un sujeto escindido por el dominio de la Madre absoluta, cuyo poder se inscribe en la dedicatoria -“A Madre, para que no vuelva a quemar lo que escribo”-. Lo familiar oculta (y la escritura revela) lo siniestro, los lazos filiares se trastocan: el Padre castrador pierde fuerza ante la figura de la Madre-Amo, que invierte el sentido de la palabra “ama” (la que alimenta), puesto que deglute al hijo, que no puede ser más que el reverso frustrante de sus deseos, “es una voz sádica que persuade, invade, lastima y anula la otredad” (Zuffi, 2010); el discurso autoritario se refuerza con la vigilancia de los gatos, encabezados por la Brepe, que invaden la casa y perpetúan la presencia de la madre aún después de muerta y acorralan al protagonista. Carmona es una batalla pérdida-contra ese Amo: “Por qué no matás a Carmona de una vez…” sentencia Madre y clausura la novela.      

(C) LA GACETA

Isabel Aráoz  - Doctora en Letras