Por María del Pilar Ríos y Ana María Chehín

Para LA GACETA - TUCUMÁN

Tomás Eloy Martínez no pone en duda los hechos sino la manera de narrarlos. Para Martínez, “la llama sagrada del periodismo es la duda, la verificación de los datos, la interrogación constante. Allí donde los documentos parecen instalar una certeza, el periodismo instala siempre una pregunta. Preguntar, indagar, conocer, dudar, confirmar cien veces antes de informar: esos son los verbos capitales de la profesión más arriesgada y más apasionante del mundo”.

Ese gesto atraviesa las crónicas escritas a partir de la década del 80 y compiladas en tres volúmenes: El sueño argentino (1999), Réquiem por un país perdido (2003) y Argentina y otras crónicas (2011). Cómo pensar la nación argentina, sus mitos, sus fábulas y sus sueños son una preocupación constante, así como también la historia y las realidades políticas y sociales de América Latina.

Tomás Eloy Martínez usa metáforas potentes para representar la nación. La Argentina es el país del libro, pero también el país de los cartoneros, el de “las aguas quietas de la desgracia”,  que está, parafraseando un poema de Guillermo Saavedra, siempre en el ojo de la tormenta.

Su escritura quiebra los diferentes relatos que desde el Siglo XIX imaginan la Argentina como la cultura de la civilización frente a la barbarie, el granero del mundo o el gran relato maestro del XX, el peronismo. Estos se fundan en la contradicción entre un país imaginado de grandeza y una realidad que la niega permanentemente. Esa paradoja hace que el cronista piense la Argentina desde el desencanto aunque asuma que estos relatos poderosos reinstalan la posibilidad de la utopía.

La mirada sobre América Latina focaliza las realidades políticas de los últimos años del siglo XX y la primera década del XXI. Propone una cartografía desde Cuba hasta Argentina en la que cuestiona aquellas posturas que desde hace siglos unifican las diversas historias y realidades de cada uno de los países, anulando las particularidades que actualmente se traducen como “populismos”. La tarea del cronista no se clausura en la lectura de estos imaginarios y discursos totalizantes sino que continúa, en muchos casos, con el gesto del ensayista.

© LA GACETA

María del Pilar Ríos - Profesora de la UNT.

Ana María Chehín - Licenciada en Letras.