No quería ser gobernador. Aún así, sin jingles ni spots de campaña, el 9 de junio reunió en la provincia más votos que cinco de los nueve candidatos a jefe del Poder Ejecutivo. Tampoco le interesaba una banca en la Legislatura, pero terminó tercero -sólo superado por las listas únicas del bussismo y del alperovichismo- en la multimillonaria batalla de acoples en la Capital. ¿Cómo le irá en las PASO del domingo, entre los presidenciables y los precandidatos a diputado nacional por Tucumán? ¿Qué será de Mr. White en la primera elección nacional de tres posibles para este 2019, en caso de que se dé el balotaje presidencial? Y quizá lo más importante: ¿Favorece a alguien su existencia, como afirman algunos? ¿Y en tal caso, a quién: al más fuerte o al más débil?
Válido e inofensivo
El voto en blanco es una herramienta cargada de contradicciones. La Cámara Electoral Nacional lo define como “válido”, y lo diferencia detalladamente del nulo. Consigna que el sobre vacío le permite a la ciudadanía “manifestar su disconformidad con todos los candidatos y con las propuestas formuladas por los partidos políticos”. El régimen electoral, por esta vía, ofrece un nítido modo de expresión a quienes no encuentran representatividad dentro de un sistema en el que no se gobierna sino a través de los representantes. Por lo tanto, se trata de una manifestación cívica que sólo tiene valor simbólico. En un escenario factible, aunque poco posible, si la mitad más uno de los electores de un padrón vota en blanco en unos comicios x, importa en definitiva para la elección de los candidatos lo que manifiesten de manera válida y positiva la mitad menos uno de los participantes. Al final de cuentas, quienes toman la decisión son los ciudadanos que escogen nombre y apellido para su apuesta por un determinado modelo de gobierno. A contrapelo de ello, ha sido creciente la presencia que registraron los sobres sin boletas en los últimos llamados a las urnas en Tucumán.
El 9 de junio hubo opciones de todos los tipos. Fueron 18.296 candidaturas oficializadas sobre un padrón de 1.225.045 ciudadanos tucumanos. Cada 66,9 votantes, uno llevó su nombre al cuarto oscuro. Hubo alternativas dentro y fuera de la grieta, con ideas de derecha, de centro y de izquierda. Sin embargo, el voto en blanco totalizó 30.954 unidades en la categoría “gobernador”. Fue el 2,99% del global, cuando en 2015 había sido el 2,64% y en 2011, el 2,30%. O sea, hubo un crecimiento sostenido en un grupo de electores que, en realidad, no está eligiendo nada.
Se le puede poner una cara imaginaria a esta categoría de sufragio. En términos nominales, en los últimos comicios, Mr. White le “ganó” con virtual paliza a más de la mitad de los candidatos al Ejecutivo, ya que la sumatoria de los últimos cinco postulantes (de nueve) al sillón de Lucas Córdoba congregó 22.946 votos; es decir, la totalidad de ese quinteto cosechó 8.008 adhesiones menos que el voto en blanco, un modelo de gestión que no existe.
¿Computa o no computa?
La interpretación dominante refiere que, al ser un sufragio positivo aunque no afirmativo, el voto en blanco reduce el universo de boletas con impacto en el 1,5% de base fijado para las PASO, así como también en el anhelado “45%-40%” requerido para llegar a la Casa Rosada en la primera vuelta. Bajo esta bandera aparecieron discursos políticos que instan a los indecisos y a los desconfiados a evitar los sobres vacíos para no beneficiar a terceros. Cada cual lleva agua para su molino, porque deslizan una suerte de alarma por un posible triunfo del rival en las generales. Pero, ¿y si todos los que votan en blanco apuestan por votar por quien asoma como perdedor, y lo transforman en ganador? Sería un contrasentido, porque el objetivo del sufragio en blanco es expresar descontento.
La enorme mayoría de los tucumanos, cerca del 85% en las últimas provinciales, elige -a veces con ayuda, otras por sus propios medios- cumplir el domingo de elecciones con el deber cívico. En definiciones tan ajustadas como las presidenciales que se vienen, según se observa en Cambiemos y en el PJ, cada boleta suma a la hora de hacer la diferencia. Por eso, los seguidores del voto en blanco aparecen como una valiosa presea en el pesca-magic electoral. Después de todo, Mr. White no hace campaña, ni quiere que lo voten. Pero ahí está, resignado, reuniendo puntos en cada elección.