De lo que menos se ha hablado hasta ahora del superclásico finalista de la Libertadores es de fútbol. Y eso que esto recién empieza. La que en febrero era anunciada como la mejor Copa Libertadores en muchos años, con excampeones y clubes poderosos, terminó siendo en su transcurso la Copa del bochorno para la nueva Conmebol, con decisiones tomadas en los escritorios por propia incompetencia. Y, paradójicamente, con Boca-River finalistas, termina siendo la Libertadores acaso más histórica para el fútbol argentino. Eso sí, la pobre Conmebol, a sus torpezas, añade ahora las del país finalista.

Todos quieren jugar el superclásico. El primero de todos, que comenzó haciéndolo del peor modo, fue el gobierno del presidente Mauricio Macri. Todos -o casi todos- queremos que vuelvan los visitantes a las canchas. Y todos sabemos que, efectivamente, la final de la Libertadores ofrece un espectáculo excepcional e histórico para nuestro fútbol. ¿Pero cómo puede pasarse en apenas días de no querer que se juegue un partido a celebrarlo y a tomarlo como tema central? ¿Cómo pedir días antes calma y luego hablar del superclásico cuatro veces en 48 horas? ¿Acaso vivimos una calma suiza estos días en la Argentina? Nunca es bueno sobreactuar. Se nota demasiado.

Sobreactuación

Sobreactuó también la Conmebol cuando sancionó al “Muñeco” Gallardo impidiéndole dirigir un partido tan importante (semifinal del martes contra Gremio, en Porto Alegre) porque el equipo entró un minuto tarde al segundo tiempo del partido anterior. Fue una sanción desproporcionada para una falta menor y no deliberada (hacer tiempo, además, era lo último que quería River). Pero fue también sobreactuada la actitud de Gallardo, en Porto Alegre. Especialmente su canchereada ante el oficial de la Conmebol que fotografió su salida del vestuario. Su respuesta ante un periodista brasileño que simplemente le preguntó por el handy. Su conferencia del viernes, notable en la última respuesta sobre el valor del fútbol, fue algo floja para explicar en cambio su desborde en Porto Alegre. Como que el “Muñeco” hubiese elegido ser Napoleón, su otro apodo.

Uno de los mayores defectos del Napoleón real, cuentan los historiadores, fue haberse sentido invulnerable. No haberse dado cuenta que la campaña de Rusia de 1812 era imposible aún para un genio en la batalla y estrategia como lo era él. Al “Napoleón” de River lo “penó” la Conmebol con cuatro fechas sin poder estar en el banco de suplentes, una con el ingreso prohibido a la cancha. Esa será la primera, en el duelo de ida con Boca del sábado que viene.

Especulaciones

Es una obviedad decir lo que significa Gallardo para el River de estos años. Para la historia de River. Pocas veces encontramos en el fútbol argentino técnicos que hayan dejado (y que estén dejando) una marca tan fuerte en un período no fugaz (son casi cinco años ya). Y pocas veces también los propios reglamentos del fútbol se encontraron ante la disyuntiva de tener que definir cuánto influye un técnico en el rendimiento de un equipo. Gremio reclamó los puntos interpretando que el ingreso de Gallardo al vestuario en el entretiempo y el uso del handy fueron claves para que River ganara 2-1. La espera del fallo de la Conmebol primero el viernes y luego el sábado fue interminable. Porque es indudable que Gallardo influyó (lo dijeron sus propios colaboradores y suya fue la decisión de los ingresos de Scocco y el “Pity” Martínez, ambos claves para el segundo gol). ¿Pero qué diríamos si Everton ponía el 2-0 en el mano a mano clave que le tapó Franco Armani? ¿Y si del VAR no le decían al árbitro que tenía que cobrar una mano que nadie había reclamado en la cancha y que terminó siendo el penal salvador de River? ¿O si en cambio hubiese revisado el VAR el brazo del colombiano Borré en el primer gol de River? ¿A cuánto achicaríamos entonces la influencia real o supuesta de Gallardo?

Otros tiempos

Los técnicos, sabemos, pasaban antes casi desapercibidos. Suele usarse una frase que, cierta o no, pretendía graficar lo que eran los DT en los inicios con un supuesto consejo que daba a sus jugadores Francisco Olazar, técnico argentino en el primer Mundial de 1930: “Muchachos, no coman salame, que les puede hacer mal”. Y que el primer DT-estrella fue Helenio Herrera. El célebre “H.H.”, nacido en el Tigre y que se hizo apodar “El Mago”, contrataba detectives para investigar vidas privadas, escribió un libro biográfico titulado “Yo” y se autobautizó como inventor del “catenaccio” después de ganar todo con Inter en los años ’60.

No importa si el “catenaccio” (el “cerrojo” en defensa) fue primero del austríaco Karl Rappan (selección suiza del ’30) o del italiano Gipo Viani o del francés Robert Accard. Allí puso su nombre en la historia “H.H.” Por algo suelen citarlo como un precedente de José Mourinho, el portugués que también ganó casi todo primero con Chelsea y luego también con Inter y que se autoapodó “The Special One”.

¿Y qué diríamos de Mourinho hoy, que lleva meses de crisis con Manchester United, si el que terminó ganando todo con Real Madrid no fue él sino Zinedine Zidane, que estaba en su primera experiencia como DT en un club de Primera? No es fácil medir cuánto influye un técnico. Pep Guardiola y el “Cholo” Simeone seguramente marcaron a Barcelona y a Atlético Madrid, cada uno a su modo, como Gallardo lo está haciendo con River.

El “Muñeco”, aún sancionado, y el “Mellizo” Barros Schelotto jugarán su final, está claro. Ojalá la jueguen ante todo los actores principales: los jugadores.