Espectáculos Música

Una cabeza poblada de sonidos

Dmitri Shostakovich fue uno de los grandes compositores del siglo XX. La jerarquía soviética lo distinguió, lo humilló y lo censuró

Por Roberto Espinosa

11 Sep 2018

Moscú. 1964. Septiembre 14. La orquesta gesta un preludio. El bajo estalla en coraje. Una arenga brama en la estepa. Voces rusas se desprenden como racimos del cielo. La atmósfera se inunda de cosacos y adictos al zar. Sables y caballos agitan ululantes la desesperación en el campo de batalla. Unos quieren desterrar la esclavitud. Otros, atornillarse al poder. Violencia. Sangre. Dolor. Resistencia. Derrota. El jefe cosaco es llevado a la Plaza Roja. Mira el hacha presta a cercenar el cogote de su alma. La cabeza rueda, mojada en su propia sangre. Con su voz ronca dice: “No muero en vano…” En su épica soledad, las manos del valiente del siglo XVII, ya sin dueño, sacuden su heroicidad y se la entregan a la muerte. La Ejecución de Stepan Razin pone de pie los aplausos en las butacas y se dirigen a él. Los miopes ojos de Dmitri Shostakovich desnudan lágrimas hasta nublar sus antiparras.

25 de setiembre, 1906. San Petersburgo. El vodka recorre la feliz garganta de Dmitri Boleslávovich porque un varón acaba de nacer. A los pocos días, cuando su mujer Sofía Vasílievna pueda sentarse al piano, despertarán en el aire arias de Tchaikovsky para que el pequeño Dmitri imagine, sin querer, pentagramas en los sueños. En adelante, será Mitya y devorará las historias de Pushkin.

“Hasta no empezar a tocar el piano, no tenía el deseo de estudiar música. Cuando nuestros vecinos tocaban cuartetos, yo pegaba el oído a la pared. Viendo esto, mi madre me empujaba a estudiar piano; yo me resistía tenazmente”, evoca. El piano descubre a un duende de 9 años. En la escuela, el profesor de matemáticas censura su distracción. “No es eso. Ocurre que tengo la cabeza llena de sonidos”, responde Mitya.

1917. Una revolución sacude el mundo. La escasez y la pobreza merodean en el antes próspero hogar. Alexander Glazunov, director del Conservatorio de Petrogrado, manda una carta a un jerarca: “Humildemente solicito su apoyo para que se provea de nutrición adecuada a este muchacho de excepcional talento”.

Pérdida irremediable

1922. Tragedia. Muere el padre. La tuberculosis lo arrincona. Glazunov insiste ante el Narkompros: “La muerte de este muchacho sería una pérdida irremediable para las artes del mundo entero”. Mitya va a Crimea para reponerse. Regresa a Moscú. A los 18 años su Sinfonía Nº 1 sacude el asombro. Las purgas ideológicas y los exilios forzosos se instalan luego en el paisaje. La ópera “La nariz” es una catarata de invenciones musicales. Es proscrita. Lo acusan de “escapismo antisoviético”, de “formalismo”. Con Stalin la intolerancia se encrespa en el barro: el Gulag y los fusilamientos son ese infierno tan temido. Envidia es un sinónimo de enemigo.

“Nunca olvidaré”

La ópera “Lady Macbeth del distrito Mtsensk” puebla de emoción al pueblo ruso, también al extranjero. Todo es euforia hasta que Stalin va a verla. Días después, el diario Pravda titula “Caos en vez de música” y el terror recorre la piel de Dmitri. “Nunca olvidaré ese día; es seguramente el más hondamente grabado en mi memoria. El artículo de Pravda cambió totalmente mi existencia. Estaba impreso, sin firma, como un editorial, y expresaba, por lo tanto, la opinión del Partido. En realidad, expresaba la opinión de Stalin”, evoca.

Segunda Guerra. La Sinfonía “Leningrado” destapa por radio el sentimiento planetario que condena el terror nazi. Años de gracia. Luego prohibición. Ataques de colegas. Persecución de los mediocres. Miedo. Crónica tristeza. Amargura. Intelectuales, amigos, son arrestados. Sucumben súbitamente.

Cuartetos, música de cámara y para el cine, conciertos, cantatas, tríos, preludios y fugas, quintetos, canciones, sinfonías, brotan de la angustia, pocas veces de la felicidad. “Me siento bien de gustar de muchos creadores. Escritores y compositores rusos y extranjeros, clásicos y contemporáneos. Cada persona debe educar en sí misma esta actitud. De lo contrario, el hombre pierde mucho. Me causa un gran placer desde la música de Bach a las melodías de Offenbach o el jazz. Cuando escucho mis obras, veo sus defectos; si no los viera, casi seguro que no volvería a componer la siguiente. Tiendo a evitar en las nuevas los defectos de las anteriores”, explica.

Un problema más

El fútbol, otra pasión. Los colores del Dynamo se han pegado en la camiseta de sus anteojos. Premios y ataques de la jerarquía soviética. La paz no le dispensa ni un minuto. Lo obligan a firmar cartas contra amigos. El cáncer es solo un problema más. Dmitri sigue componiendo. Es su forma de hablar. La música es lo que queda, las palabras se van con el viento. En ese templo, nadie entra, solo su yo auténtico. “Mi vida no ha conocido la felicidad. A menudo ha sido gris y apagada”, dice antes de que la viola y el piano respiren en su última sonata. El 9 de agosto de 1975 tal vez una visión épica merodea su cama. Una voz grave gime eternidad. El cosaco Stepan Razin quizás le está abriendo las puertas del silencio.