LA GACETA Literaria

Buscando a Beto

La ex presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, Chicha Mariani, recientemente fallecida, cuenta la historia de un nieto recuperado y refleja el proceso que atraviesa un chico que descubre su identidad.
02 Sep 2018

Por César Chelala

PARA LA GACETA - NUEVA YORK

“Si una mujer que ha dado a luz en un campo de concentración es liberada lo primero que le preguntará a sus padres será: ¿Dónde está mi hijo? Entonces, ¿qué le decimos? ¿Qué le decimos a nuestros hijos e hijas si no hemos podido encontrar a sus propios hijos, de quienes han sido separados? Por eso la nuestra es una búsqueda muy intensa y significativa para nosotras. Más que basarnos en nuestras creencias y en nuestro sentido de la justicia, nuestra búsqueda está motivada en gran medida por la responsabilidad que sentimos hacia nuestros hijos e hijas, los padres de nuestros nietos desaparecidos”.

La mujer que habla es María Isabel de Mariani, fallecida recientemente, una de las figuras más destacadas en la lucha por los derechos humanos en la Argentina. Mariani fue una de la fundadoras de Abuelas de la Plaza de Mayo. La organización fue nominada al Premio Nobel de la Paz cinco veces por su trabajo y sus logros humanitarios. Desde su creación en 1977, las Abuelas de Plaza de Mayo han estado buscando a sus nietos sin descanso y han localizado con éxito 128 niños.

Seguí desde el comienzo el accionar de este grupo de abuelas cuando tuve una larga conversación en Nueva York con la señora de Mariani al poco tiempo de formada la organización. En esa ocasión le pedí que me contara uno de los casos más notables que habían resuelto. Su rostro se iluminó. “¡Fue Beto!”, dijo y procedió a contarme la historia.

“Aproximadamente hace un mes, un hombre llamado Juan Carlos Juárez llegó a nuestra sede en Buenos Aires en busca de nuestra ayuda para que localizáramos a su sobrino, apodado Beto”. El niño, cuyo verdadero nombre es Sebastián Juárez, había desaparecido en 1977, cuando tenía tres años. En ese momento, Beto estaba viviendo con su madre, Lucinda, en la provincia de Buenos Aires. Cuando las fuerzas paramilitares secuestraron a Lucinda a punta de pistola, dejaron al niño en la casa de un vecino, un hombre mayor que lo quería mucho. Él lo mantuvo en su casa por algunos días, y después lo llevó a un juez de la corte juvenil, que entregó a Beto a una familia adoptiva que vivía en el area”.

“Reunimos la información que un tío de Beto había recogido”, explicó la señora de Mariani, “y después de una intensa búsqueda pudimos localizar al anciano que había albergado al niño tras el secuestro y desaparición de su madre. Nos contó lo que sabía de su paradero, y con esa información finalmente pudimos saber dónde estaba Beto (quien en ese momento tenía diez años). Fuimos allí con su tío, y le pedimos a la mujer que se encargaba de Beto que nos dejara ver y hablar con él. Ella nos impidió el diálogo, pero pudimos verlo a través del vidrio de una ventana: un niño tímido con una cara muy triste”.

Después de ese contacto inicial, las abuelas hicieron una serie de investigaciones y visitaron a varios jueces para pedirles su consejo sobre la mejor manera de lidiar con el caso. Para entonces, la hermana de Juárez, apodada Chichí, fue a Buenos Aires y el juez la autorizó a hablar con Beto. Éste desarrolló una cálida relación con su tía, que fue recolectando lentamente toda la documentación necesaria para ser encargada de la custodia del niño, y después de mucho trabajo, Beto fue devuelto a su familia.

“El mismo día que Beto volvió con su familia” prosiguió la señora de Mariani, “Chichí lo llevó a la oficina de las Abuelas en Buenos Aires. Cuando Beto llegó, le dimos nuestros sellos corporativos para que se entretuviera. Estaba jugando con ellos cuando de repente vio la foto de una niña que habíamos estado tratando de localizar. Estábamos haciendo comunicados de prensa sobre su caso, porque descubrimos que había sido adoptada por un hombre que era jefe de uno de los más infames escuadrones de la muerte que operaban en Argentina. Ese hombre ahora está fugitivo, y ha llevado a la niña y el resto de su familia con él”. La señora de Mariani hizo una pausa de unos segundos y continuó.

“Yo estaba sentada al lado de Beto cuando él preguntó quién era la niña de la foto. Su tía, con gran sensibilidad, le dijo: ‘Es una niña que ha desaparecido, y las abuelas ahora la están buscando como te estaban buscando a ti.’ Mientras continuaba sellando papeles Beto dijo: ‘Se deshacen de los niños y luego los buscan’. Me sorprendieron las palabras de Beto. Le expliqué a Beto que esa niña nunca había sido abandonada por su familia y que su abuela la había buscado desesperadamente. Siguió jugando en silencio, y de vez en cuando me miraba con esos grandes y maravillosos ojos suyos. Entonces tomé una foto de mi cartera y le dije: ¿Ves? yo también estoy buscando a mi nieta; se llama Clara Anahí. La quiero mucho, pero no puedo encontrarla y traerla de vuelta conmigo. Le conté que muchas noches lloré de frustración, y luego le expliqué lo más claramente posible el proceso por el cual los niños fueron separados violentamente de sus padres. Beto me escuchó atento y luego, en silencio se dirigió a una oficina junto a la nuestra, donde trabaja Nora, nuestra secretaria. Allí, Beto la vio teclear en una máquina de escribir eléctrica grande. Estaba sorprendido ya que era algo que nunca había visto antes. Además, nuestra secretaria no es una abuela, es la única persona joven que trabaja en nuestra sede y, tal vez por eso, Beto entró rápidamente en confianza con ella”.

En un instante dado, Nora escribió el nombre de Beto en un papel; el niño vio escrito por primera vez su nombre con estupefacción, y después de un largo silencio se animó a pedirle a Nora que agregara la palabra ‘ahora’ a su nombre. ‘¿Ahora?’, alcanzó a decir desorientada Nora. Entonces, Beto, con toda decisión se despachó: ‘Ahora Beto es libre’.”

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César Chelala - Co-ganador del premio del Overseas Press Club of América por el artículo “Muertos o desaparecidos en Argentina: La búsqueda desesperada de miles de víctimas desaparecidas”, fue publicado en The New York Times Magazine.