Ana María Cerro tiene, en su apellido, un paisaje tucumano. Y de paisajes también está hecha su historia. Por ello, la vida de la economista tucumana puede narrarse, sintéticamente, a partir de algunas postales.

Para empezar, la docente e investigadora de la UNT tiene su infancia poblada de los paisajes santiagueños que vieron nacer a su padre, el también economista Ernesto Cerro, quien falleció en abril del año pasado. “Mi abuelo murió cuando yo era muy chica y nosotros viajábamos (a Santiago del Estero) dos veces por mes”, evoca. Y actualiza que el cariño con sus familiares de aquella provincia se mantiene hoy con vigencia plena.

Claro que hay imágenes tucumanas en su memoria, pero pertenecen a una provincia que ha dejado de ser. Son luces encendidas de ciudades que se han apagado.

“En mi niñez podíamos salir tranquilamente a la calle. Teníamos una plaza al frente (de casa), lo cual nos permitía hacer una vida de barrio, donde interactuábamos con los vecinos. Íbamos caminando al colegio. Vivíamos más la ciudad”, rememora.

Nada de eso quedaba apenas una generación después. “Cuando mis hijas eran chicas vivíamos en el centro y después nos mudamos a Yerba Buena. Pero las posibilidades que yo había tenido se estaban perdiendo. Un chico ya no podía salir solo a la calle ni ir caminando a la escuela. Se perdió esa relación de vida, de barrio, de vecindario. Eso es lo que más me impacto de la diferencia entre la niñez de mis hijas y la mía”, describe en “La otra pregunta”, el ciclo de entrevistas de LA GACETA Play, y que se puede ver en LA GACETA.com, por Facebook y en el Canal 12 de CCC.

Pero no sólo de angustia pinta ella el presente. “De los nuevos tiempos, y dado que tengo cuatro hijas, saludo el rol que está teniendo la mujer. Lo veo con mucha alegría porque nosotras estábamos muy restringidas en nuestra adolescencia. En Economía decimos que cuando las curvas de posibilidades se desplazan, el bienestar aumenta. El hecho de que la mujer pueda tener nuevas posibilidades siempre redunda en más beneficios. Quien no quiere tomar la vida profesional tiene la opción de no hacerlo. Pero aquellas que sí la quieren, ahora no enfrentan las restricciones de hace algunos años. Por eso creo que es beneficioso. Y si lo es individualmente, lo es para toda la sociedad”, analiza.

Los estudios en Economía, justamente, son otro paisaje. Uno hogareño. Que desde esa cotidianidad explica su vocación profesional.

“Mi papá era doctor en Economía y mis tíos y otros familiares estuvieron relacionados con la Economía y me hicieron ‘familiar’ la carrera. Decidí seguir Economía y después lo afiancé con grandes profesores del Instituto, que aún siguen: Víctor Elías, Manuel Cordomí, Valeriano García... Esos grandes docentes ratificaron mi vocación”, asevera en el homenaje.

Desde esa perspectiva, el turbulento horizonte económico de la Argentina se le presenta como una tormenta reiterativa.

“Trabajé sobre crisis económicas. Esto para Argentina no es una novedad: comenzaron desde antes de que nos llamáramos Argentina. Consisten en permanentes devaluaciones de nuestras monedas, pérdidas de reservas y aumentos de tasas de interés. Eso caracteriza a nuestras crisis”, detalla.

Lo que Cerro siente frente a lo recurrente es, en sus propias palabras, la de un Déjà vu. “Hay una sensación de “esto ya lo viví”. Lo que nos aflige es por qué siempre le ocurre a Argentina. Por qué cuando se toman grupos de países, desarrollados o emergentes, Argentina siempre está entre los ‘top’ que tienen que enfrentar estas crisis cambiarias”, determina.

“En varios trabajos advertimos que hay inconsistencias en la macro. La macro es como el cuerpo humano: es un modelo de equilibrio general. Las variables tienen que estar alineadas, pero pareciera que en la Argentina siempre estamos desalineando las variables. Entonces decimos que hay problemas de fundamentos y estos son los que sistemáticamente están generando estas crisis”, identifica.

“Uno podría preguntarse por qué siempre estamos enfrentando estas crisis, ya que no son exclusivas de un gobierno o de un partido. Es muy buena la reflexión de Juan Bautista Alberdi en la década de 1870: en la Argentina hay problemas institucionales que no se han resuelto ni se resuelven. Son esos problemas institucionales los que están afectando el comportamiento de los agentes y generando desequilibrios macroeconómicos”.

Con la economía, Cerro pinta paisajes institucionales y también paisajes históricos. Cuando se le pregunta por qué los economistas ocupan un lugar central en la opinión pública desde la década del 80, ella sostiene que, posiblemente, se deba las grandes fluctuaciones en la economía argentina, precisamente, desde finales del siglo XX. “Las volatilidades de la economía eran relativamente suaves hasta los 70. Pero se vuelven muy importantes a partir de 1975, que es cuando tenemos la primera ‘híper’ (inflación) en Argentina. Desde ahí, uno observa que el comportamiento del país tiene tremendas fluctuaciones hasta hoy”, reseña.

Pero ademas, y sobre todo, hay un paisaje social que Cerro esboza con su paleta de claves económica. “Hemos trabajado mucho en el análisis económico de la delincuencia. Y hemos identificado dos variables importantes para explicarla. Son las variables de disuasión, asociadas con el accionar policial y judicial; y las variables socioeconómicas. En estas encontramos que la desigualdad del ingreso es muy importante a la hora de explicar el nivel de delincuencia en una sociedad: eso (la inequidad), el desempleo y algunas variables que muestran los ciclos de expansiones y recesiones”, delinea.

“Trabajamos ahora en la persistencia del delito: si una persona, que ante un shock negativo se inicia en actividades delictivas, puede luego salir de ello y volver a las actividades legales”, explica.

“Encontramos que la educación tiene un rol muy importante para explicar esa persistencia. Si la persona acumula educación, que es capital humano legal, es muy posible vuelva a introducirse en actividades legales. En cambio, si una persona tiene poco capital humano legal, una vez que se introduce en las actividades delictivas y adquiere experiencia, es decir capital humano ilegal, es muy difícil sacarla. Entonces, en política pública, la educación también es central para evitar que una persona entre en las actividades delictivas, por la dificultad que hay en sacarla luego de allí”.