Opinión Columnas

El aborto no es el camino para proteger los derechos de la mujer

El Estado debe acompañar y garantizar propuestas y estrategias que acompañen y brinden herramientas para el desarrollo de las madres buscando otros resultados.
25 Mar 2018

Por: Pablo María De La Torre; Médico pediatra - secretario de salud  y bienestar de la Municipalided de San Miguel, Buenos Aires.

A veces resulta difícil ponerse en el lugar del otro, sobre todo cuando ese otro vive en un contexto de desesperación, de soledad, de pobreza; y no hablo sólo de pobreza material, sino de pobreza de esperanzas, de posibilidades, de afectos, de educación. Pobrezas que en definitiva reducen toda libertad.

Como Médico Pediatra, vivo en contante alegría ante la llegada de un hijo. Pero también soy testigo de historias difíciles, donde un embarazo es motivo de angustia, desazón e incertidumbre. Las causas pueden ser diversas, historias familiares complejas, falta de recursos, soledad, enfermedad. No me es ajeno ese sufrimiento. Es una realidad que existe, y en ella debemos poner nuestra atención. Y, para eso lo primero que debemos hacer es meternos en los zapatos del otro, dejar de ser jueces, escuchar y ser capaces de abrir el corazón y acompañar.

Quisiera que juntos pensemos en esa mujer, cualquiera sea su posición social, que en un momento dado confirma la noticia de un embarazo no esperado y que tiene la firme intención de abortar. ¿Qué piensa? ¿Qué siente? ¿Cómo es el camino que la lleva o que la llevó hasta ahí? Está claro que estas preguntas no tienen una sola respuesta, ni siquiera estoy seguro que tengan alguna. Lo que sí podemos saber es que, con el aborto, la mujer está buscando algún bien, solucionar algún problema, conflicto o dolor que, según cree, el embarazo no le permite resolver.

Y, es entonces cuando tanto mi experiencia como muchísimos estudios científicos tienen algo para aportar. En numerosas oportunidades me ha tocado contener y acompañar mujeres que decidieron abortar y, déjenme decirles, el postaborto es devastador. No conozco ninguna que haya mejorado su calidad de vida después de haber abortado. No hay ningún estudio que demuestre que una mujer mejore su salud emocional luego de abortar, ni siquiera en los casos de violación. Por el contrario, sí, están comprobadas sus secuelas psíquicas (depresión, trastornos de ansiedad, intentos de suicidio, ataques de pánico, entre otros).

Los profesionales que atienden casos de violación, saben que una solución violenta profundiza aún más el dolor de la mujer (víctima). Incluso observan que no eliminar el niño o la niña permite superar el dolor y valorizarse como mujer.

A esto se suma también la experiencia de aquellas que, habiendo pasado por un momento fuerte de duda, recibieron la contención y la información suficientes como para decidir continuar con el embarazo. He conocido varias y, a pesar de las dificultades, ninguna se arrepiente de no haber abortado. Poco se habla de estos casos, y, sin embargo creo que su testimonio es de muchísimo valor.

Por su parte, la ciencia ofrece datos precisos y contundentes, que dejan de lado cualquier prejuicio o juicio de valor; el ser humano es tal desde que el óvulo y el espermatozoide se unen, los cromosomas de la madre se funden con los cromosomas del padre y generan así una nueva vida con ADN diferente y distinto de sus padres. Con una identidad genética propia que no sufrirá cambios sustantivos a lo largo de su vida.

Es decir, la ciencia afirma sin dejar lugar a dudas que el embrión es un individuo humano cuya identidad genética es propia e intransferible

Desde este lugar podemos decir que las sentencias “en mi cuerpo decido yo” o “el aborto es un derecho de la mujer” son afirmaciones ideológicas y, como tales, pertenecen al plano de lo opinable, que no tiene rigor científico alguno.

El bebé en el vientre materno no es parte del cuerpo de la madre, sino que circunstancialmente por nueve meses depende de su asistencia (al igual que al nacer, porque de no brindarle los cuidados básicos, el bebé también moriría).

A pesar que, desde el punto de vista científico el aborto no admite demasiados disensos, hoy nos encontramos debatiendo si legalizarlo o no. ¿Cuál es el motivo? ¿Una cuestión de Salud Pública?, veamos qué nos dicen los datos estadísticos al respecto.

En el año 2016, hubo 43 muertes maternas por abortos (entre provocados y espontáneos) según cifras del Ministerio de Salud de la Nación.

Ese mismo año se produjeron 171.408 defunciones femeninas (se dividen en 18 grupos), siendo las causas más comunes las cardiovasculares (30%), tumorales (20%) y respiratorias (18%), y entre las menos frecuentes, accidentes de tránsito (0.6%), suicidios (0.4%) y abortos provocados o inducidos (0.025%). También en 2016 murieron por deficiencias nutricionales 525 mujeres.

Quienes promueven la despenalización del aborto, afirman, en forma engañosa e irresponsable, que en la Argentina se practican 500.000 abortos por año; lo que significaría 57 abortos por hora. Es decir, casi un aborto por minuto las 24 horas del día. Simplemente absurdo.

Esto pone de manifiesto que la despenalización del aborto no responde a una necesidad real del Estado de tomar una medida drástica frente a un problema sanitario grave. Lamentablemente, quienes trabajamos en el sector público sabemos por experiencia propia, que muchos asuntos se tratan no porque busquen resolver una verdadera necesidad de la población, sino por una cuestión de lo que podríamos llamar “agenda política” que responde, generalmente, a intereses de lobistas nacionales e internacionales. Teniendo en cuenta la gran cantidad de urgencias, carencias y falencias que hoy tiene el Sistema de Salud Público, aprobar y legislar el aborto sería una enorme irresponsabilidad que quitaría recursos allí donde realmente hay necesidades y donde sí debería estar presente el Estado.

En este sentido, es ilustrativa la afirmación del Dr. Ellard Koch, epidemiólogo del Melisa Institute-USA. Según él, tras la prohibición de todo tipo de aborto junto con el incremento de la educación a la mujer y la implementación de políticas públicas, la tasa de mortalidad materna disminuyó desde 41.3 hasta 12.7 muertes por cada 100 mil nacimientos vivos. Ante ello, recomendó a las autoridades comparar la situación que se vive en cada región respecto al tema del aborto, pues la evidencia científica demuestra que las naciones que, como Inglaterra, Suiza y España, lo han legalizado han reflejado un aumento en sus índices de mortalidad materna.

Así, el Estado debe acompañar y garantizar propuestas y estrategias que acompañen y brinden herramientas para el desarrollo de las madres buscando otros resultados y no el aborto.

Por ejemplo, el Programa “Mis primeros 1000 días” que implementó la Provincia de San Juan, acompaña a la madre desde la concepción hasta los tres años de vida del niño. Con el mismo espíritu, en el Municipio de San Miguel, el programa “Mil días” asiste a mujeres embarazadas en estado de vulnerabilidad, las acompaña y sostiene, mejorando su autoestima y el vínculo con su hijo, a través de visitas domiciliarias, talleres de Preparación integral para la maternidad, Talleres de Sostenimiento y Crianza, controles médicos, y articulación con distintas áreas como Asistencia Critica, o Políticas de Género.

El mayor capital que tiene un Estado es su capital humano; las embarazadas y sus niños por nacer son el mayor tesoro de una Nación, porque en ellos está el futuro de las generaciones venideras, cuidar de ambos siempre es pensar a futuro.

Como padre, como pediatra y como funcionario público trabajo para dejarles un país mejor, donde se defienda a los más indefensos, donde no predomine la cultura de la muerte, donde los más grandes cuidemos a los más pequeños…sueño con despertarme un día y que como argentinos empecemos a trabajar juntos superando las posturas personales para solucionar los verdaderos problemas de nuestra querida nación. Sueño con que cada niño de esta bendita tierra argentina no esté condenado a la pesada herencia de la pobreza de sus padres. Sueño con que todos los niños tengan igualdad de derechos, igualdad de oportunidades, y la primera de ellas es la oportunidad y el derecho a nacer.