Ligeramente petiso, orejas algo cansadas, cuerpo desgarbado, negro de pelaje, dos lágrimas descansaban siempre en sus pupilas. Tinkazo llevaba a turucuto la tristeza. No recordaba desde cuándo. Deambular en soledad con Murmullo por las calles era la primera imagen que se le venía a la cabeza.

Suerte, que era un poco mayor que ellos, les contó que su mamá los había abandonado. Una viejita los había recogido de un rancho deshabitado, pero murió al poco tiempo. Se hicieron entonces amigos de las calles, las plazas, de los tachos, de los cajones de basura, porque había que llenar o, por lo menos, calmar con alguna sobra la locrera.

Pícaro de ojos, marrón con manchas blancas, Murmullo se tiraba con frecuencia por el tobogán de la alegría. Cuando la noche los arropaba con una caricia de estrellas, la pesadumbre los invadía.

- Estoy cansado de esta vida… nadie nos quiere ni siquiera los otros hermanos. Pienso en esos que tienen siempre el pasto hachado, que no deben trabajar para conseguir el puchero, que están cuidados y duermen calentitos sobre un almohadón, mientras el frío castañetea en la intemperie. ¿Cuándo tendremos a alguien que nos cuide, que nos atienda, que nos dé palmaditas en el lomo?

- No te desesperés, Murmullo, ya llegará ese momento que tanto querés. Los vagabundos provocamos desconfianza, pero no estamos solos, tenemos una hermosa amiga…

- ¿Amiga? ¿Dónde? ¿Quién es? ¡Será amiga tuya, yo no la conozco!

- Es de los dos. A veces es redonda, con cachetes risueños, otras veces, un río de noche le oscurece la mitad del cuerpo y la dobla como una daga… su luz entra por la ventana de los sueños…

- No la conozco…

- ¿Quién será que de noche sale y de día se va? Tan redonda como un queso, nadie puede darle un beso…

- ¡Ya sé, esa que nos alumbra desde el cielo!

El rugido de los autos les torpedeaba las orejas. Ellos hablaban, jugaban a inventarse un papá… una mamá… Después de todo, las veredas, los postes, las flores, los árboles, los cascarudos, los pájaros eran sus amigos. Era una yunta inseparable.

Un día, en los últimos tartamudeos del invierno, un viento helado estrujó las hojas contra las ramas. De golpe, la mañana se hizo noche. La tos del cielo y los latigazos de luz los hicieron tiritar de espanto. Las nubes parecían cataratas enojadas. Se acurrucaron en la tapera. El hambre les bailoteaba en la barriga. “Hace dos días que no comemos. Me pica la panza. Ya vengo, me voy a dar una vuelta, a ver qué encuentro por ahí”, dijo Murmullo.

El silbido del ventanal se colaba por las hendijas. Soñó que la viejita les traía en una lata un pedazo de bofe calentito con fideos. “¡Coman, coman, que no habrá más, no sé hasta cuándo… pobres los jubilados, apenas nos alcanza lo que nos pagan!”, se quejaba. Una frenada brutal lo sacudió. Corrió instintivamente hacia la calle. Bajo la lluvia vio su cuerpo como ángel dormido en el pavimento, mientras un auto se alejaba velozmente. Se acercó. Le susurró su nombre al oído. Un borbotón de lágrimas comenzó a salirle por los ojos, las orejas, el hocico… “Lo atropellaron… ni siquiera se pararon, total era un callejero, esos que hay que correrlos a pedradas cuando se acercan a un tacho de basura o a alguien pidiendo un mimito… Tenía razón Murmullo, los que nos patean y nos desdeñan tienen una roca en lugar de corazón, no saben lo que se siente cuando se es huérfano”, dijo mientras los sollozos lo ahogaban.

La pena se le trepó al lomo como una comadreja. El aguacero arreciaba. Caminó. Caminó. Caminó. ¡Quién sabe cuánto tiempo! Las costillas le bailoteaban. La debilidad le estiraba las ojeras. Balbuceaba sin parar el nombre de su hermano. Cuando ya no daba más, la plaza San Martín le abrió los brazos a su tristeza. Se desmoronó lentamente bajo la mirada de un lapacho. El sol le acarició el espinazo. Sintió por un instante que la muerte, subida al techo de un auto, se afilaba risueña las garras. Inesperadamente, la brisa del verano le trajo un eco changuito.

- ¡Pobrecito! ¡Mirá de flacucho este negrito!

- ¡No lo toques! ¡Está mugriento! ¡Debe estar rabioso! ¡Te puede morder!

- ¡No me va a morder! Mirá esos ojitos buenos y tristones… Dale, mamá, lo llevemos a la casa, yo lo voy a curar.

- ¡Ni lo pienses! ¡No voy a meter en la casa un picho inmundo!

La miró con la última fuerza de su alma. El miedo y el asco de la mujer cayeron pesadamente al suelo. Tinkazo sintió que las caricias del changuito eran un murmullo en su corazón.