Ayer el Salón Blanco de la Casa de Gobierno se transformó en aula. Y muchos de los “alumnos” eran médicos, biólogos, genetistas que esperaron con ansiedad la llegada (venían desde Jujuy y el avión se atrasó) de dos grandes científicos: uno de los ganadores del Nobel de Medicina 2009, el británico Jack W. Szostak, y el tucumano Raúl Mostoslavsky. Cada uno a su manera (Szostak ayudado por el doblaje de Mostoslavsky), lograron “traducir” casi para todo público sus complejas investigaciones en la Universidad de Harvard, que los cobija a los dos. Vinieron al país, junto con otros 12 científicos argentinos que trabajan en el exterior, a participar del simposio “Ganando la guerra contra el cáncer”, e hicieron una breve parada en Tucumán.
“Era parte de la agenda del Bicentenario lograr la visita de grandes científicos”, destacó al presentarlos Pablo Yedlin, secretario General de la Gobernación.
Preguntas al ADN
Szostak y Mostoslavsky tienen en común que sus investigaciones aportaron datos cruciales para avanzar en la pelea contra el cáncer, y que todo empezó (cada uno por su lado) tratando de entender algunos mecanismos del ADN.
Las investigaciones que le valieron el Nobel a Szostak tenían como objeto un “extraño” comportamiento en las células. “No les gusta estar dañadas -explicó- y el ADN tiene mecanismos de reparación de daños. Pero mi colega Elizabeth Blackbur descubrió en la década del 80 que había casos en los que la secuencia del ADN de pronto terminaba sin disparar señal de daño”. Buscaron hasta encontrar en esas terminaciones (llamadas telómeros) una enzima, la telomerasa, que les permite funcionar. Los telómeros ya habían generado el Nobel de Medicina de 1946, pero Szostak, Blackbur y Carol W. Greider -quien halló la enzima- lograron la descripción molecular de los telómeros, y demostraron su conservación evolutiva y la centralidad de la telomerasa en el mecanismo molecular de protección de los extremos de los cromosomas. No era un dato menor, si se tiene en cuenta que los telómeros mantienen la integridad de las terminaciones de los cromosomas: impiden que se enreden, y ayudan a que se emparejen y se entrecrucen cuando sí corresponde. Las preguntas siguieron, y así encontraron que la telomerasa (o, mejor, su déficit) interviene en los procesos de envejecimiento, y que, a la inversa, todo cáncer activa la telomerasa y eso les permite a las células cancerosas reproducirse inmortalmente.
Hoy Szostak y su equipo bucean más en profundidad: intentan responderse la pregunta por el origen de la vida, “porque si entendemos eso, entenderemos cómo funcionan nuestras células, y ya establecieron que (“aunque suene irónico”, dice) en el principio estaba el cianuro. Lograron crear una membrana lipídica y, a partir de reacciones químicas básicas con cianuro, generar material genético, colocarlo dentro de la membrana y hasta impulsar mecanismos que permitan que se replique, sin depender de las enzimas (“no las había en la sopa primordial”, recuerda Szostak).
Saben también que los ambientes necesarios para que este tipo de fenómenos haya sido posible en la Tierra primigenia tienen que ver con zonas de alta actividad volcánica, alta radiación ultravioleta y agua.
Ganándole al cáncer
El equipo de Mostoslavsky también le hizo sus preguntas al ADN. Concretamente se centraron en el gen SIRT6, porque, de su tipo, es el único ubicado en el núcleo de la célula. Su trabajo a demostrado que ese gen interviene directamente en el metabolismo de las células, y que su ausencia genera las condiciones para la reproducción celular: genera lactato, “sustancia de la que la célula cancerígena está ávida”, explicó Mostoslavsky.
Hallaron también que ese gen inhibe una proteína embrionaria (LIN28) que está estrechamente relacionada con el cáncer de páncreas. “En nuestros experimentos con ratones, eliminamos LIN28 y los tumores desaparecen muy rápidamente”, contó entusiasmado. “Podemos decir que le estamos ganando la guerra al cáncer”, aseguró.