No alcanzó a tartamudear. Sintió el dedo encima. Sabía que estaba en falta. La imagen la comprometía. Y seriamente. Bueno, capaz que no era para tanto. Hasta ese momento, había pasado inadvertida. Claro, tanto pegotearse, aunque fuese por amor, desencadena en algún momento un eco de bemoles. No tuvo la intención. Tantos años de convivencia, de vivir apretadita como jubilación mínima, la habían mal acostumbrado. No tenía conciencia de que ese hoyito, donde creía que anidaba la ternura, incubaba también alguna dolorosa desdicha.

La voz sentenció: “No puedo hacer nada por ella, hay que sacarla del camino. Ahora o cuando digas, vos decides”. Él la miró. “Lo que sea su voluntad…” Se estremeció. No podía creer lo que escuchaba de dos personas aparentemente juiciosas. Tantos años de convivencia… ese amor que latía en las sombras, aunque rezagado… en la cueva canora de la felicidad, que ejercitaba sus alas en la sonrisa... que confiaba en que los últimos serían los primeros...

Se vio por un instante con las raíces descuartizadas en la arena, bebiendo mar. Apretujó las hendiduras. Con el murmullo de las olas pisándole los talones, respiró profundo… Sobresalto. Una hoja filosa le hincó las costillas. La zarandearon sin piedad. La luz de una pupila la fisgoneó. “Es muy dura. No se mueve… voy a pedir ayuda”, dijo... Un dedo varonil la zangoloteó como esperanza de pobre. “Voy a resistir como Juana Azurduy”, se encabritó. Dos ojos de luz desnudaron sin pudor su intimidad. El enojo se descolgaba de las linternas.

Perder el juicio ya no significaba nada en este mundo descarriado, donde el ojo del poder engorda la injusticia, la plusvalía y el patrimonio. Ya nadie le pateaba penales al arco iris ni llegaba tarde a su propio entierro. La tenaza le astilló los sueños. “¡No se mueve, está muy pegada!” La violencia la estrujó con potencia. Le estaban motoarrebatando la vida... Como pobre panza arriba resistió hasta donde pudo. Ahogo de saliva. Sangre. Sudor. Lágrimas... quizá por ese dolor de ya no ser. Antes de parar las raíces, lloró. “¡Adiós mundo cruel!” La muela del juicio vio cómo su amor con el segundo molar se desjuiciaba por la mueca de una caries.