El carromato conocido como “mensajería” o “galera” fue, como se sabe, el gran medio de transporte de pasajeros antes del ferrocarril. Hay coloridas evocaciones de esos viajes. Una, entre tantas, trazó el escritor santiagueño Pablo Lascano (1854-1925), en su libro póstumo “Mis bosques”. Empezaba refiriéndose a los preliminares.

“En la madrugada, sólo pululan por la ciudad dormida los peones de las mensajerías, que conducen los equipajes de los que van a viajar”, cuenta. “El clarín ha sonado y viajeros y acompañantes corren a la agencia, cuyo encargado, de modales severos, quéjase de la tardanza con que acuden aquellos a ocupar los respectivos asientos”.

Los caballos ya atados al coche, “tascan el freno como si estuvieran impacientes por partir; los colchones, baúles y canastos son colocados a gran prisa, al ruido de cordeles y cadenas que se atan; hay quien reclama la inconveniente colocación de sus objetos; quien que pide una botella de cognac que está en la canasta; quien los cigarros que no aparecen en el bolsillo de la portezuela, como había ordenado se pusieran”, y así.

El agente de la mensajeria “entra, sale, contesta a alguno, pregunta al otro o imparte órdenes al conductor que a su vez se insolenta con un pasajero, con él o con el mismo agente, entre los cuales se establece un diálogo nada edificante sobre los deberes de cada uno”. La batalla termina con una protesta general. Los ya instalados “sacan sus relojes y reniegan de tan estériles cuestiones, que les van a hacer perder las horas frescas de la mañana”. Finalmente, el trompa toca dos veces su trompa: echa una mirada en torno y sopla una tercera vez. Es la señal de partir, y el coche parte.