Quizá te pasó. Eso de sentir la necesidad de presionar el botón de pausa, ya sea por un rato, unos días o sólo un momento. De frenar el vértigo de las horas que vuelan y que te arrastran con ellas. De escabullirte de los compromisos en busca de un poco paz. De pedirle una tregua a los asuntos que desde hace meses retumban en tu cabeza y que están lejos de hallar respuestas. De adormecer las angustias que te cortan el sueño por las noches. De refugiarte del bullicio que te rodea para encontrarte con vos mismo cuando no sabés adónde vas y no tenés espacio para reflexionar.

Mejor aún sería si se pudiera detener el tiempo para valorar más esos momentos que te llenan el alma. De congelar escenas que no querés que se extingan jamás. De abrazar largas horas la felicidad, un sentimiento o, simplemente, a alguien. De atornillar esos instantes en los que reís tanto que te duele la panza y las lágrimas brotan de tus ojos. De prolongar esa sensación de éxtasis que te colma cuando hacés lo que te gusta y, aún más, si es con quien te gusta.

Qué fácil sería todo con un botón de pausa, ¿no? Pero nos enviaron sin controles y esta película no se detiene. Será mejor afrontar los desafíos, disfrutar al máximo las alegrías, proteger con todo lo que valoramos y aprovechar mejor las horas. Quizá así encontremos un final feliz en nuestro filme.