La vida va pasando, y hay gente que va quedando en uno. Quizás no sepamos cuál es la fórmula ni el por qué las cosas se dieron así. En cambio, sí tenemos noción del cuándo comenzó a pasar, dónde y, sobre todo, qué sucedió para llegar a sentir una corriente de afecto.

Allí están en ese horizonte de luces afectivas las personas que tomaron forma en nuestro sentimiento. En primera instancia, por lo que supieron transmitir, por sus gestos, sus palabras, sus actos. También por compartir momentos, que trajeron a otros, por brindar compañía, o por haber vivido con cada uno de nosotros etapas especiales en nuestra formación humana.

Incluso quedan en nosotros aquellos que, con sus retos y consejos casi paternales, nos moldean en nuestras equivocaciones, aquellos que demuestran preocupación porque nos vaya bien; nos transmiten motivación, nos brindan aliento o una palmada justa en esos momentos en los que nos sentimos vencidos.

Ese círculo de confianza que nos hacemos, sin embargo, no viene “cargado” de automatismo. Es decir, no contempla a todos los parientes ni a la gente que uno frecuenta en cada ámbito donde se moviliza (llámese colegio, trabajo, actividades sociales, lugar donde se vive). No hay que autoengañarse al respecto. La cláusula de la vida no está escrita, pero existe y hay que entenderla como tal: no todo el mundo puede tener onda con todo el mundo. Esa carencia se subsana con respeto y tolerancia.

Y, en el día a día, así como hay gente que desaparece de nuestras vidas sin dejar huellas, está la que sin proponérselo nos coloca ante el delicioso desafío de un nuevo afecto. Es entonces cuando el ciclo de las relaciones humanas renace con toda fuerza y esplendor.