La noche con asma trastabilla en plaza Francia. Semáforos de estrellas en rojo intermitente. Frío. Las venusinas son sombras de un ballet fatigado de desvelos. En el Abasto, la sonrisa del Carlitos practica una cuesta abajo en la rodada. En Bachín, un chiquilín vocea tres rosas. Su hambre tropieza en un piolín. En la plaza Lavalle, los contrabajos del Colón tanguean un insomnio de cirujas. Un bandoneón practica una misa hereje. Un arcángel y un malandra pulsean el destino en una esquina. El viento silba una partitura de ladrones. Una grela milonguea el sexo en un zaguán.

Un canillita desgarganta las noticias. Danza por Callao la locura. Un acróbata demente grita la libertad en el corazón. La Cruz del Sur está a punto de parir duendes con bluyín. Una lágrima de ginebra empapa las corcheas de un Gordo triste. La luna desviste el amor en la mirada de un beso. La poesía camina arropada de balada, tango, melancolía. Ese uruguayo ha cruzado un río de plata hace tiempo. La lluvia porteña le ha lamido para siempre el alma. Los sueños lo han hermanado con un Bartok tanguero que desata la pasión en un fueye. Un flaco pedalea la esperanza. Su barba saluda a la decencia. Desmadeja el enigma del abrazo. Dibuja la paz en la vereda. Un coro de fanáticos destroza su bicicleta blanca y se condena a un sino errante.

Es domingo, no de madrugada. Los 81 años de ternura y arrabal se van a la muerte con un whisky en el diástole, y un poema en el sístole. Saltimbanquis, locos, lustrabotas, suicidas de la bohemia, Nina, la última grela, bailarán quizás un preludio canyengue para que en 3001, Horacio Ferrer vuelva a nacer.