Están ahí, a la vista de todos. Se reproducen a diario, en especial cuando comienza el mes. De sólo mirarlas producen rechazo y dolores de cabeza. Algunas son menos extensas que otras, pero eso da igual: todas son irritantes. Y cuando uno ingresa a una de ellas, el mundo parece detenerse. No queda otra que respirar hondo y armarse de paciencia.

Hacer filas es algo que está -lamentablemente- muy arraigado en nuestra sociedad. Ya sea en el banco, en el supermercado, para pagar cuentas, para cobrar, para ir a comer, para hacer un trámite o ir al médico. Son eternos minutos -y horas- de amarga espera. Lapsos interminables que no vuelven y que, con suerte, apenas pueden ser edulcorados con algo de lectura o música.

Luego de una experiencia reciente de dos horas y media buceando entre ordenadores de filas y clientes malhumorados, me pregunté cuánto de nuestras vidas dedicamos a este tipo de cosas. Y para mi sorpresa, encontré una respuesta.

En 1999, la revista “Muy Interesante” publicó un artículo titulado “¿Cuánto tiempo de nuestra vida pasamos…” en el que se calculó cuánto nos lleva -en promedio- desarrollar tareas cotidianas, teniendo una expectativa de vida de 70 años. Según la publicación, pasamos: 23 años durmiendo; entre seis y siete comiendo; casi seis viendo televisión; tres en el transporte urbano; uno festejando; 623 días riendo y 110 teniendo sexo. A esperar un turno destinamos unos 500 días, ¡más de un año y medio!

En 2012, la Legislatura porteña aprobó una ley para un trato equitativo y digno en las relaciones de consumo para que, por ejemplo, más de 30 minutos en una cola pueda ser penalizado. En Santa Fe, un proyecto similar para entidades bancarias ya cuenta con media sanción.

Se dice que el tiempo es oro, pero no siempre es tan valorado. ¿Será que también en Tucumán se puede intentar evitar ese maltrato que afecta a miles de personas cada día?