Cuánto tiempo ha pasado desde el día en que entré en mi adolescencia, cuántos cambios y cuántas inseguridades. La verdad es que no recuerdo todo ello con claridad -seguramente por algunas vergüenzas pasadas-, pero lo cierto es que cuando hago un esfuerzo para rememorar aquella época lo primero que viene a mi mente nítidamente es una fecha, el 20 de septiembre de 1997, y el objetivo de asistir al mejor recital de mi vida: el “Último Concierto”. Tarea que no fue sencilla por varios motivos: la edad, la distancia y los recursos económicos. Por suerte, por aquel entonces ya existía internet, lo que me facilitó ponerme en contacto a través de una página web de fans de Soda con su presidenta, la que tenía solo una entrada. Superado el primer escollo, quedaban otros no menores, como viajar con 15 años a Buenos Aires y cerrar un trato con una persona con la que nunca había tenido contacto más que por mail. A pesar de los berrinches paternos, pude viajar y lo primero con lo que me encontré fueron cientos y cientos de metros de fila, reporteros de todos los canales de televisión haciendo entrevistas y el imponente estadio de River; casi que me encontraba en un “paseo inmoral”. El comienzo del recital fue un big bang y fue caliente en la ciudad de la furia. Ttodavía queda en mi piel la sensualidad de “Signos”, la energía de “Primavera 0”, en mis retinas las luces enceguecedoras que iluminaban todo el estadio al son de “Cae el sol”, el legendario “¡gracias totales!” y la expectativa del público (con coro incluido) para que el trío saliera y tocara a modo de bonus track “Nada personal”. Gracias a Dios pude vivir una experiencia única, de las que son un detalle infinito y de las que quisiera que dure para siempre.