Por Roberto Delgado - Para LA GACETA - Tucumán

- Es amplio el concepto de encuentro...

- La palabra encuentro tiene un sentido polisémico. Significa aquello que se busca con afán y se halla, pero también aquello que se halla por casualidad, como por ejemplo el caso de la serendipia en América no es un encuentro sino una casualidad, no algo buscado. Sin embargo, también se llama encuentro al hallazgo que usted ha logrado después de un afán sostenido, por un lado; pero además, la palabra encuentro significa reunión, una confrontación polémica porque en la base de la palabra ya está la idea de allegamiento y al mismo tiempo confrontación. El problema básico en todo encuentro es que el conflicto no llegue a sostenerse sino que se haga confluencia; de modo que esta idea del encuentro es muy rica porque por un lado está la inclusión y por otro la oposición.

- Parece más preponderante la confrontación.

- Precisamente la cultura del encuentro nace como una posibilidad de equilibrar o amortecer lo que es la cultura del conflicto, porque a fines del siglo XX o principios del XXI el conflicto se instaló de una manera muy frontal, muy dura, e inclusive se teorizó mucho sobre eso. Bastaría recorrer los títulos de algunos ensayos como el Choque de las civilizaciones, de Samuel Huntington, o La cultura del conflicto, de Howard Ross, que indican que hay toda una preocupación por esta cultura de la confrontación. Y en la Argentina, analizando sus rasgos identitarios, la tendencia al maniqueísmo, a la confrontación y a la oposición de contrarios es casi un caldo de cultivo propicio para que el conflicto se instale a propósito de cualquier cosa.

De modo que a esta actitud que ha hecho del conflicto una conducta cultural, que es lo grave, lo que se opone es una creciente preocupación por la cultura del encuentro, y en este campo yo me refiero a dos tipos de encuentro modélico (como dice con horrible palabra la pedagogía), que son el encuentro interreligioso y el encuentro de cultura. El primero se gestó hace unos 15 años con el entonces cardenal Bergoglio en Buenos Aires. Gestó el encuentro interreligioso entre protestantes, judíos e islámicos. Esta actitud, que a nosotros se nos hizo común porque aparecía en los diarios, era insólita en América e inclusive en Europa. Ahora, el error acá ha sido para muchos el reducir a lo interreligioso todo lo que es encuentro, y es una torpeza porque se habla del encuentro político, del familiar, del generacional y otras acepciones. Yo analizo la riqueza del encuentro no desde el punto de vista religioso en sí, sino lo que es el allegamiento de contrarios en una posibilidad de diálogo. En segundo lugar, para tocar lo tucumano, me apoyo en esa gran figura que fue Víctor Massuh. Él en 1956 publica en el Instituto de Filosofía un ensayo muy interesante que se llama Diálogo de culturas, que es precursor. Él inicia esta preocupación por el diálogo cultural a nivel mundial. A esta idea la va a poder desarrollar mucho más tardíamente cuando se desempeña en la Unesco como encargado general de la parte cultural. Massuh analiza muy bien en este ensayo que hay distintas actitudes en la cultura americana. Sostiene que hay tres tipos de orientaciones: la que halla su fuerza en la raza, que es el caso de México y que tira hacia atrás, de donde venimos. Por otro lado, la cultura que se basa en lo que es concretamente la tierra y que tira hacia abajo; el caso de Ecuador. Entre estas dos modalidades americanas, en la tercera está la Argentina y es el único país que tiene esta tendencia de ir hacia arriba, afuera y adelante de sí mismo. Esto es lo que hizo abierto al país frente a Europa y eso a veces lo expuso demasiado hasta llegar a tener una pérdida de identidad y generar una alteración o una identificación excesiva con lo europeo; pero al mismo tiempo nos hizo muy permeables a las influencias. Muchos países americanos han defendido con mucho celo sus raíces, su tierra y demás; y han tenido dificultades para incorporar lo mundial y lo universal. En el caso de los argentinos, creo que el adjetivo que rescata Massuh y que usó Ortega y Gasset, es que somos “un país poroso”, es decir un país que acepta con facilidad. Pero no quiere decir la porosidad una especie de calco. El problema que se le da al argentino en esta capacidad porosa es doble: por un lado tenemos lo que llamamos la cultura del trasplante, que es aquella que propuso de alguna manera Sarmiento cuando dijo: vamos a volcar Europa en América, convirtiendo América en un recipiente, lo que hizo concretamente cuando dejó de lado Europa al conocer Estados Unidos y propone este cambio por lo estadounidense. Y por otro lado, es la cultura que llamo seminal, la que cultivó Echeverría cuando estuvo cinco años en París y a partir de allí asimiló el Romanticismo y lo reelaboró en sus obras, pero aclimatándolo, y digamos “apampándolo”, en el caso de La cautiva.

- ¿El hecho de que seamos un país más abierto implica que tenemos menos solidez en las tradiciones?

- En realidad no es que tengamos pocas tradiciones sino que no hemos tenido una situación virreinal importante como tuvieron Perú o México, donde la presencia española fue muy pesante. Aquí fuimos, en nuestro Virreinato desde 1776, un apéndice del mundo, de modo que las leyes, inclusive dispuestas por el Rey acá, como decían los documentos, se acatan pero no se cumplen porque la distancia hacía casi imposible ejercer poder sobre esta parte del mundo. De modo que esto nos llevó a una cierta prescindencia de la potestad del Rey y a desarrollar (esa prescindencia) aún en la fonética y en las actitudes; acá se contravenían todas las decisiones legales. El primer gobernador, Pedro Esteban Dávila, dice: “esta región es imposible, señor, porque nadie obedece lo que usted dispone”. Esto es lo que le dio cierta independencia a la región. Pero en segundo lugar esta misma posición apendicular del mundo llevó a la vocación de abrirse, integrarse y tuvimos buenos viajeros. Estoy hablando de Güiraldes, Mallea, Borges, Marechal... y tuvieron la misma frase cuando fueron a Europa: “Cuando vi París, vi mi país”. Es decir, tuvieron la posibilidad del contraste y esto los lleva a una conciencia mayor de lo que es propio y lo que es ajeno. De modo que la apertura fue facilitada también por esta posibilidad temprana que tuvimos de argentinos en Europa.

- ¿Hay claves para establecer el diálogo entre culturas?

- Sí, en primer lugar la tolerancia activa (la pasiva es “aguantar” al otro). La activa se orienta hacia la otra cultura con voluntad de comprensión profunda, de captación de sus obras y valores, desde una mirada de humanismo universal. Luego, el estimar como atendible toda obra cultural valiosa, amorteciendo el etnocentrismo que nos tienta a centrarnos en nuestra realidad como la preferente. Tercero, suspender la antinomia cultura dominadora/cultura dominada, que se asoma en estos contactos. Y el cuarto principio sería evitar la desmesura en la estimación de cada cultura. Estos cuatro principios sólo se pueden aplicar si hemos educado a los hombres en el diálogo, que la escuela supone, falazmente, como natural y espontáneo, dejándolo de lado como método socrático para lo esencial de la educación y como contenido explícito actitudinal. La oralidad en sus dos dimensiones, hablar y escuchar, es desconsiderada por la escuela en aras de la lectoescritura. El diálogo en la escuela es el simulador de vuelo para los contactos interculturales en que debemos aprestar al muchacho.

- ¿Se pueden establecer rasgos de identidad de los argentinos?

- En este campo hay dos grandes teorías: una, la de que es un invento la existencia de rasgos identitarios de los países, acerca de si existe lo alemán, lo italiano, lo argentino. Y la otra teoría que dice que sí. Yo estoy de acuerdo con esto, pero ahí a partir de la existencia de rasgos identitarios hay que ver qué teoría se maneja. Por un lado, la identitaria genética, es decir que si un argentino nace con un ADN determinado y a partir de ahí evidencia en su conducta, su manera de hablar y demás una identidad argentina. Esto no puede ser, porque como tal no existe el ADN cultural. Usted toma un chico recién nacido acá, lo lleva a Japón y es japonés si lo cría allá. La segunda actitud frente a esta de absoluta herencia, inamovible casi, es la actitud del constructo, que es todo lo que es identitario. Simplemente es una construcción política y está muy de moda en las corrientes sociológicas. Yo estimo que hay una confluencia de dos elementos: uno de algo durativo, que a través del tiempo se fue dando históricamente una conciencia nuestra que arranca sobre todo a partir del aislamiento en que estábamos, conciencia que las invasiones inglesas consolidan. Y después, a partir de esta conciencia de pertenecer a una tierra, de tener ciertas características propias, que hay que leerlas no en los escritores argentinos o coloniales, sino en los viajeros, que son los que tienen capacidad de contraste, aparece, sí, una actitud de constructo. El año pasado hemos celebrado el Bicentenario de la Asamblea del año XIII, que construyó, para solidificar la idea de identidad, un himno, un escudo, una bandera, una moneda, etcétera. Entonces, en síntesis, dentro de las teorías, yo creo que la equilibrada es la que se construye sobre un sustrato existente.

- ¿Cómo influye la globalización en la identidad?

- La cuestión es que uno no tiene conciencia de la mujer propia hasta que el vecino empieza a asediarla y esto ocurre con la cultura propia y la identidad propia. Uno no se preocupa por la propia porque le parece que naturalmente le pertenece hasta que avanza un proceso globalizador que intenta imponer una cultura general y es ahí cuando se produce un rebrote que frena la globalización. La globalización no es un proceso nuevo porque el hombre es un animal globalizante. Lo fue Alejandro Magno, lo fue el imperio romano, lo fue el Islam en el 311, lo fue Napoleón, lo fue Hitler, etcétera. Entonces la tendencia globalizante en el siglo XX, y principios del siglo XXI, tuvo dos frenos grandes: la toma de conciencia de este peligro para las identidades culturales y una especie de radicalización excesiva, a veces, y riesgosa, de los nacionalismos, que frenaron el avance de la globalización. Y en segundo lugar, en el caso de Oriente, el factor religioso produce una segunda islamización general en defensa de lo propio para que no sea barrido. La globalización en realidad no tiene una cultura, no hay una cultura global, no existe; existe una cultura globalizada norteamericana que trata de imponerse como general. Entonces la imagen de la esfera de la globalización es una imagen falluta para lo que hace a las culturas nacionales porque va a llegar a una uniformidad absoluta de todos los rasgos pero no a una síntesis que es imposible de hacer y que nunca se ha dado. Lo que va a ocurrir es una uniformación que ya está prevista desde el punto de vista político y cultural en el “mundo feliz” de Aldous Huxley. De modo que en este sentido, la imagen acertada de Bergoglio, que ya lo dijo antes cuando era cardenal y luego cuando es Papa, es la imagen del poliedro. No sé cuánto sabe el Papa de geometría pero el poliedro es la suma integrada de pequeñas parcialidades que mantienen su identidad constituyendo una figura común. Esa sería la convivencia de identidades en lo que es la globalización.

- ¿Influyen las nuevas tecnologías en la globalización?

- La globalización electrónica tiene tres modalidades: una positiva como en la educación, comunicaciones, salud. Otra negativa, como es el caso de la globalización de la venta de armas, la globalización del narcotráfico o la de la mafia, y una ambigua que es la política económica. Ahora, la electrónica tiene una gran virtud, que es la posibilidad de haber convertido, como dijo McLuhan, el mundo en aldea global; porque instantáneamente usted puede participar de lo que está ocurriendo en cualquier parte del mundo. Pero el problema de la tecnología que abre un mar inmenso en internet es que si el chico no es educado en una identidad que robustezca su base, termina alienado porque no tiene sustento firme al cual ir integrando los aportes diversos. Porque el caso de la cultura es un caso de asimilación. Como en el caso de Borges, que coma lo que coma lo borgesiza porque tiene una gran capacidad digestiva. Y entonces la tecnología le abre al chico una oferta tan grande en internet... se siente atraído y a veces hasta alterado o a veces desvirtuado.

© LA GACETA

Roberto Delgado - Secretario de Redacción de LA GACETA, profesor de Metodología de la Investigación Periodística en la Unsta.