Llueve. Solo. Como siempre. Pesa un apagón de voces en mi cabeza. El verano me trae un rumor imaginario de río. El canto de un mirlo sueña en esta nada de la noche. Calma la penuria de las horas pensar en vos. ¿Por qué es preciso que se alejen los que se aman? Llevo una vida de tristezas. Tu amor me ha hecho el más feliz y el más desdichado de los hombres… He quedado huérfano de tu amor… Las deudas me asfixian. Mis obras no se venden. ¡No sé qué hacer, Señor! Estoy casi reducido a la mendicidad y obligado a aparentar que no carezco de lo necesario. Dura cosa es tener que trabajar para ganarse el pan… ¿Por qué tanto castigo? Una tempestad es mi existencia. Un sereno desasosiego se posa ahora en mi frente. He luchado contra los autoritarios, los petulantes, los ambiciosos, los que creen que un mendrugo de poder les da derecho a humillar, a ningunear… Los reyes y príncipes pueden muy bien hacer consejeros privados, colmarlos de títulos y condecoraciones, pero no pueden hacer a los grandes hombres, a los espíritus que se elevan por el fango del mundo. Miserias humanas… Noche cerrada. Llueve. No puedo escuchar su repiqueteo. Tampoco los truenos. Salvo en mi silencio. Allí se refugian recuerdos de ecos. De palabras. Imagino mi voz, mi grito. ¿Se darán cuenta de la cruz que arrastro? No tengo amigos. Soy solo en el mundo. ¡Oh, providencia! En los bosques soy feliz, cada árbol me habla de vos. La miopía no me impide ver el corazón de los otros. Soy feliz todas las veces que venzo una dificultad. Querría vivir mil veces la vida… por lo visto no nací para una vida tranquila. Señor, mi meta ha sido la búsqueda de la alegría para vencer el sufrimiento que se agita en estas mudas orejas. Tengo paciencia y pienso que todo mal trae consigo algún bien… La mía es una alegría del silencio. Eso parece decir Ludwig van Beethoven, cuando su Adagio Sostenuto de la Sonata Op. 106 “Hammerklavier” abre el alma de los dedos del pianista Nelson Goerner, en la velada del 2 de mayo pasado en el teatro San Martín.