Lo recuerdo principalmente como un amigo histórico, más allá de la polémica sobre derechos de autor que mantuvimos públicamente en Página/12, que no nos enemistó. Antes, lo conecté con quien resultó ser su editora en Francia, cuando él vivía en París.

Una de las historias que me fascinó, pero que creo contó por escrito, es cuando Timerman en La Opinión lo llamó y le preguntó si sabía inglés. Él, que no sabía una palabra de ningún otro idioma, masculló un “Mmm”, que fue tomado como asentimiento por Jacobo, que lo designó para cubrir no sé qué asunto en los Estados Unidos, y entonces fue cuando en Los Ángeles trató de ubicar la tumba de Stan Laurel, el Flaco, caminando por las autopistas. Cuando le preguntó a un policía cómo llegar, el tipo del dijo “¿dónde está su auto?”. Cuando Osvaldo le respondió que no estaba en auto, lo miró como a un loco y casi se lo lleva detenido. Contó, pero creo que también lo publicó, que cuando vivía en Bruselas con Félix Samoilovich, otro periodista, pasaban hambre hasta que una noche cazaron un pato de un lago que había en una plaza y tuvieron varias buenas comidas.

Otra anécdota: siempre sospechó que Corregidor amañaba sus liquidaciones de derechos de autor para pagarle menos y que hacía reediciones sin numerar, que no le liquidaba. Cuando pasó a Bruguera, sintió algo parecido, y se sorprendió mucho cuando un vendedor de Bruguera le mostró un auto que se había comprado gracias a las jugosas comisiones que obtenía por la venta de sus libros: en el interior de uno de los neumáticos había hecho grabar el nombre del Gordo.

Su lugar en la literatura argentina está entre los más importantes, más allá de lo irregular de su producción. Muchas veces se refirió a que era descalificado por “la Academia” y manifestaba su resentimiento. Atribuía esa descalificación al desprecio por la literatura popular, escrita en lenguaje coloquial, y a motivos políticos.

Como había abandonado totalmente el alcohol, imagino que luego de años de importante ingesta, se había especializado en la Coca Cola (y los matices de los diversos sabores que tenía) y en aguas minerales: denostaba a la marca Palau. Como era experto en Coca, le encargué un largo artículo de doble página sobre la historia de la Coca Cola, que le publiqué en El Diario de Caracas, donde yo dirigía la sección Cultura; eran épocas del bolívar fuerte y le pagaron 500 dólares por esa nota.

A 17 años de su muerte lo añoro como se añora a un amigo muy querido: estuvimos con Kuki invitados a comer en su casa de la Boca, él estuvo en casa muchas veces y lagrimeé en su velorio, con el ataúd cubierto con la bandera de San Lorenzo y un cigarrillo en la mano. También estuve cuando se inauguró en la Chacarita el pequeño monumento en su memoria. Pienso ahora lo contento que se hubiera puesto con el campeonato de su equipo. No tanto con que el Papa compartiera su pasión.

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Daniel Divinsky-  Director de Ediciones de la Flor.