El estrago de los años sobre nuestros cuerpos es notorio y preocupante. ¿Por qué ocurre?

De las muchas interpretaciones escogeré dos sobresalientes. 1) Aquellas que proponen la existencia de un programa químico inherente a la evolución celular (apoptosis) que conduce a la muerte; 2) Otras que niegan tal programa y entienden que las tareas de reparación en los errores cometidos por el trabajo celular se ve desbordada por esos errores, justamente. De donde el deterioro y muerte de los organismos resultaría de un triunfo del desorden acumulado en las fallidas tareas de reparación celular.

La vejez entre los animales en estado de naturaleza es infrecuente. Pues la cadena trófica los hace morir en manos de sus predadores antes que envejezcan (un ratón vive un promedio de 10 meses, otro de laboratorio unos 3 años)

¿Puede asimilarse el envejecimiento a las transformaciones, que tiene un organismo desde su gestación hasta su crecimiento, y que lo convierten en adulto reproductor?

Quienes ven la vejez como parte de un programa genético, responderán que sí. Y en su favor recordarán que a la evolución le interesa solamente la reproducción que sirve para conservar la especie; y que los individuos son desechables una vez que cumplieron esa tarea. De donde el esfuerzo de la vida se concentra en el cuidado de las células germinales: si éstas (óvulos y espermatozoides, por ej.) fueran tan ineficaces como el resto de las células del organismo para corregir los errores que se producen al sacar copias de sí mismas, entonces la especie se extinguiría rápidamente. Esto es, la especie correría la suerte de sus individuos. Las células germinales no envejecen. Así, en nuestra especie, la menor probabilidad de muerte entre hembras es de 14 años, es decir la edad de maduración sexual que las habilita para la reproducción. De ahí en más los genes privilegian el tiempo de sobrevivencia necesario para cuidar las crías: el resto es descartable y envejece. Ratones con mutaciones que los convierten en estériles y enanos, viven mucho más. Y hay árboles cuya vida se extiende por 5 mil años, debido a que no hay diferencias tan marcadas entre células germinales y corporales, éstas tienen también medios eficientes para evitar el envejecimiento.

Pero la otra interpretación, que niega un programa genético para el envejecimiento, se funda precisamente en las dificultades que enfrenta cada célula no germinal al realizar su función de producción de proteínas. Debe cumplir un altísimo nivel de mantenimiento para eliminar proteínas alteradas producidas por síntesis equivocadas. Cuando esos errores prevalecen, surgen desórdenes como el Alzheimer o el Parkinson. (Piénsese, por ej., que en nuestro estómago, lleva de 3 a 5 días reemplazar completamente el epitelio superficial) El biólogo Lewis Wolpert, sostenedor de este enfoque, afirma que "El ADN tal vez sea la estructura cuya integridad más cuesta mantener a lo largo de su vida… experimenta miles de alteraciones químicas a diario… Se calcula que la eliminación de bases dañadas en el ADN ocurre 20.000 veces al día en cada célula del cuerpo" (1). Maravilla que la evolución haya generado grupos de genes que codifican proteínas capaces de enfrentar la variedad casi infinita de basura molecular acumulada con la edad. He consultado la opinión autorizada de mi amigo el biotecnólogo Roberto Navarro sobre la enormidad de esa labor diaria en cada célula, y me confirma que esa cifra es verosímil.

Entre esas labores de mantenimiento está la autofagia que cada célula puede cumplir con partes dañadas de sí misma. Con la edad, la disminución de esa capacidad de autofagia sería una de las causas del envejecimiento. La apoptosis -esgrimida por la versión que defiende un programa genético para el envejecimiento- aparece ahora como un recurso, el suicidio, para evitar que la célula cargada de errores derive en cancerosa.

En resumen, según este enfoque, "La senectud resulta de un desequilibrio acumulativo entre deterioro y reparación" (2) Un hecho que tiende a reforzar esta interpretación, es el distinto modo en que envejecen los gemelos humanos, donde historias diferentes de ambas vidas conducen a deterioros también distintos.

A mi juicio, esta discusión sobre las causas del envejecimiento deberá hacerse cargo de un hallazgo insólito: se trata de la medusa turritopsis nutricola. Es una pequeña medusa oriunda de los mares del Caribe, de apenas un centímetro de diámetro. Presenta la desconcertante propiedad de regresar, luego de haber alcanzado su madurez sexual y próxima de morir, a su condición anterior de pólipo. Y reiniciar así la reconstrucción de su organismo. Naturalmente es víctima de la cadena trófica y arriesga, por ello, morir en la digestión de otros animales. Pero lo notable es que en principio puede recuperar indefinidamente su juventud y vivir así como un animal inmortal. Desde la década del 90 está siendo estudiada y aún no se ha encontrado dónde radica genéticamente esta propiedad única en el mundo viviente. De hallarla, cabe imaginar algunas consecuencias de los ensayos humanos por aplicar ese saber.

¿Cuál de ambas teorías sobre el envejecimiento se ve favorecida por este hecho experimental? ¿Acaso no sugiere que la medusa turritopsis nutricola recorre un programa genético de ida y regreso? ¿Cómo, si no, podría eludir la fatal entropía que conduce hacia la muerte final?

(C) LA GACETA Jorge Estrella - Escritor, filósofo, exprofesor de la Universidad de Chile.

Notas:

(1) Lewis Wolpert: Por ti no pasan los años (Tusquets, Bs. As., 2013), página 114.

(2) Ídem., página 134.