Algunos chicos no tuvieron ni una sola oportunidad en su vida. Llegaron perdidos, sin demasiado entusiasmo. Y tuvieron que empezar desde cero, desde aprender a pedir permiso hasta decir lo que sienten. Un buen día, se dieron cuenta que haber salido del mundo de las drogas fue como un milagro. Porque nunca llegaron a dimensionar el peligro que corrían cuando consumían. Sus pieles aún guardan las marcas de las balas, los robos y las peleas.
Historias como estas sobran en los libros de Ariadna, la primera ONG que abrió en la provincia dedicada a la prevención y asistencia de las adicciones. Acaba de cumplir 20 años. Y sigue luchando para devolverle la esperanza a quienes creen que han perdido todo en manos de la droga. Así definen el objetivo de la institución la presidenta, Viviana Juárez, y la directora terapéutica, la piscóloga Silvia Contreras.
Corría agosto del año 93, cuando un grupo de conocidos (dos profesionales y dos interesados en el tema) pensó que Tucumán necesitaba un lugar de internación para adictos. "Había un solo sitio en la provincia para asistir adictos y era estatal. Cada vez que alguien necesitaba internarse, había que trasladarse a otra provincia", recuerda Juárez.
Así fue que abrieron una comunidad terapéutica rural, que al poco tiempo se mudó a la ciudad con el objetivo de que los adictos en tratamiento no estuvieran en una realidad ficticia. Eran tiempos en que los consumidores tenían más de 20 o 30 años, tiempos en que la obra social no cubría las terapias y no había programas provinciales de lucha contra las drogas, describen.
"Nunca imaginamos la explosión del consumo de drogas que hubo en la provincia años después. La situación fue empeorando cada vez más", sostiene Juárez. Y las cifras le dan la razón. En la última década, del 1 % de la población entre 15 y 65 años que consumía algún tipo de drogas se pasó a casi el 10 %.
"Tucumán dejó de ser un lugar de paso para convertirse en una de las provincias con más uso de drogas", resalta Contreras como el primer punto de una evaluación que hicieron en la institución sobre los 20 años de trabajo.
"En la última década hubo un quiebre en lo social y en lo económico que marcó un antes y un después en el consumo. Algunas de las consecuencias son: bajó la edad de inicio en el uso de drogas y la demanda de tratamiento para la recuperación de adictos crece constantemente", comentó. Y especificó: por estos días, en los barrios marginales los chicos a los ocho años deciden dejar la escuela y a los 10 empiezan a consumir.
"Antes llegaban al tratamiento a los 18 años; ahora, los atendemos a partir de los 13 años. Llegan con un compromiso muy fuerte con la sustancia. Desde muy chicos, ya tuvieron alguna experiencia con drogas. Y ya estamos atendiendo a hijos de adictos", precisa Contreras.
Uno de los puntos más alarmantes es la accesibilidad a las drogas. "Hasta hace algunos años había zonas rojas y era muy difícil conseguir una sustancia. Ahora están en todas partes. Además, se consumen sustancias que dañan de una forma alevosa", resalta. Se refieren al paco (basura de la cocaína), a las pastillas y a la mezcla de drogas con alcohol.
¿Por qué creen que es tan difícil frenar el avance de las adicciones?, se les preguntó. Admitieron que en los últimos años hubo muchos programas de lucha contra las drogas. Pero cuestionaron los métodos. "No se puede abarcar toda la problemática desde perspectivas aisladas, solo desde la perspectiva de la salud o con el mensaje de 'cuidado con la droga'. Sigue faltando una mirada integral para tratar una problemática tan compleja que tiene muchísimas aristas: familiares, sociales, económicas y de salud. La cosa está grave porque los chicos han empezado a consumir en las escuelas, lo cual quiere decir que ellos necesitan mostrarse, están pidiendo ayuda a gritos", concluye Juárez.