Son esas grandes preguntas que salen de labios muy pequeños. Que te obligan a definir en pocas líneas cuestiones que entre adultos llevarían horas de debate. A adoptar una postura: ¿a favor o en contra? ¿Qué le digo? Te mueven el piso.

Esos ojitos te arrinconan y no te dan la opción de que les contestés "otro día te explico". Parpadean. Mientras tanto, en tu "ehhhhh..." interminable vas elaborando una respuesta que convenza a esa cabecita inquieta de tres años y medio.

Entonces, empezás. "Egoísta es una persona que no quiere que el otro sea feliz. Que no presta sus juguetes, también". "Un ladrón es el que se lleva algo sin permiso".

Algunas, definitivamente, te dejan en jaque:

- El alma la llevamos todos adentro. Hace que cada uno sea distinto.

- ¿Acá adentro? (señalándose la panza)

- Bueno, sí... capaz que un poquito más acá (señalándole el corazón).

- ¿Y la vemos?

- No la vemos. Algún día la veremos, pero lo mismo yo sé que la tuya es hermosa.

- ¿Y te duele?

- No. No duele...

0 sí, a veces, duele... Pero preferís no decírselo ahora.