Una amiga -por suerte siempre hay una amiga a la que le pasan cosas- cumplió 30 años y decidió que era edad suficiente para no seguir postergando actividades. Después de soplar las velitas un martes por la noche y dedicarle un minuto de silencio al prefijo "veinti..." ("que tantas alegrías me trajo", dijo mirando al cielo), tomó decisiones.
Se inscribió en un taller de comedia. Separó folletos y averiguó precios para comenzar a hacer teatro una vez por semana. Fue más drástica y decidió renunciar al laburo sin importarle la plata que perdía. "Quiero hacer otra cosa", fue su tajante justificación.
Entre los replanteos también le tocó el turno al sedentarismo. Si bien siempre le gustó ir al gimnasio, con 30 encima decidió que le sería más fiel. "Se cae todo", le había advertido unos días antes de su cumpleaños un profesor musculoso. "También podría probar con una de esas cremas antiage", bromeó.
Ya que estaba en tren de cambios mi amiga anunció que dejaría el cigarrillo y que retomaría terapia. Los 30 le generaron la necesidad de analizar algunas cuestiones mirando al techo desde un diván. Sobre todo eso de que se le van acabando los años de fertilidad y que a cada rato alguien se lo recuerda. Quizás también por eso la idea de concretar con su pareja la ve más cercana que hace unos meses. O unos días. O desde el mismo momento que enterró sus 29.
Un sacudón. Eso fue para ella cumplir 30. Una edad que hace 15 años parecía inalcanzable. Un número que auguraba que, cuando llegase, todo en la vida estaría resuelto. Y no. Muy poco lo está. Y quizás así sea mejor porque le da la oportunidad de recalcular y seguir decidiendo.