El hedor se esfumó. El zumbido ensordecedor de las moscas, también. La jauría hambrienta se mudó de barrio. El basural que intoxicaba la calle Castro Barros al 1.000 desapareció hace cuatro días gracias a los operativos de limpieza que se llevaron a cabo y a la consigna policial que la Municipalidad dispuso en la zona.
Ahora los chicos se animan a salir a la calle. Al mediodía protagonizan un apasionado western con pistolas de juguete. Julián Ferrari, de nueve años, sostiene la réplica violeta y plástica de un revólver calibre 44 Magnum. Es el sheriff del vecindario y acompaña a Martín Manuel Haro, de 7, a comprar pan para el almuerzo. Sabrina Stefanutti, de 3, los sigue en bicicleta. Recorren aquel camino que sus padres le prohibían transitar. Pero eso es cosa del pasado.
"Antes no podíamos jugar a la pelota o a las escondidas. Hoy puedo divertirme con mis amigos", explica Haro. Su mamá, Flavia Rosales, ama de casa, asegura que el barrio volvió a nacer desde que el basural dejó de existir. "Es hermoso volver a almorzar con las ventanas abiertas", dice mientras pasea en coche a su hijo Fabricio, de 9 meses.
El paisaje que rodea esa arteria no deja de sorprender a los vecinos. Los cordones de la vereda y las sendas peatonales fueron pintados; la maleza, removida. Dónde antes se elevaba un montículo pestilente, ahora empieza a crecer el pasto. Síntomas, todos, de que la vida sana regresa al barrio para quedarse.
"Mi hijo creció aquí. Se crió al lado del basural. Todavía no se acostumbra a esta nueva realidad. Es más, ninguno de nosotros puede creerlo", asegura Daniel Ferrari, de 49 años. Agrega que los ciudadanos deberían concientizarse al respecto porque son ellos, y no los carreros, quienes permiten el crecimiento de estos nichos infecciosos. "El carrero cree que hace lo correcto porque tiene que trabajar, de alguna manera. Pero el ciudadano común sabe muy bien cuáles van a ser las consecuencias si deja en manos del carrero su propia basura", dice. "Me sentía indefenso con tanta basura alrededor. No sólo me daba lástima la ciudad, sino que a veces tenía vergüenza de hacer un asado en casa e invitar a mis amigos. Ningún barrio merece vivir en las condiciones en la que estábamos hace un par de días", remata.
Felicidad doble
A la vuelta de la esquina, Javier Díaz, de 23 años, y su mujer Alicia Fernández, de 27, comen una sandía en el patio de su casa. Ambos trabajan en un call center y se juran mutuo amor. Ella está embarazada de tres meses, él aprovecha una felicidad doble. Por un lado, festeja su paternidad primeriza, y por el otro, disfruta respirar nuevos aires. "La última vez se necesitaron tres camiones para sacar toda la basura que se amontonaba en la calle. Cuando llovía no podíamos llegar a nuestra casa. Tampoco quería caminar cerca del basural porque temía por la salud de mi bebe", afirma Fernández, que acaricia con instinto maternal su prominente panza. "Mi bebe va a crecer en un barrio limpio", añade esperanzada.
Los habitantes del lugar ya hablan de un récord histórico. "Hace cuatro días que los carreros no ensucian la cuadra. Vivimos en otro lugar", cuenta entusiasmado Díaz. De pronto recuerda una anécdota graciosa y la comparte con el periodista de LA GACETA. "Tenemos un amigo, Germán, que vive en nuestro edificio. A fines de 2012 se fue de vacaciones. Se fue con esa imagen del basural que crecía cada vez más. Volvió hoy (por ayer) y nos tocó el timbre. No entendía lo que había pasado. Nos preguntó por el basural y le dijimos que ya no existía. No podía creerlo", dice Díaz.
Sin embargo, algunos prefieren reservar el optimismo para más tarde. Las opiniones están divididas y hay vecinos, como Nelson Villafañe, padre de mellizos, que fraternizan con el escepticismo. "¿Vos creés que va a durar esta situación? (Ríe). Lo dudo. Si sacan la custodia policial, los carreros van a volver a tirar bolsas y animales muertos a un costado del camino", explica. Eso sí, agradece a Dios por esta "tregua momentánea".
Custodios 24 horas
La gente les agradece todo el tiempo. Les convidan agua fresca cuando el calor se vuelve insoportable. Les ofrecen comida a la hora del almuerzo. Los policías que vigilan Castro Barros al 1.000 no tienen más remedio que devolver el saludo y aceptar la hospitalidad de los vecinos. La semana pasada, la Municipalidad ordenó la custodia policial en ese tramo de la calle. "Al menos 22 carros cruzan la calle diariamente. Pero nos ven y se van. Si cooperamos entre todos, los carreros no van a querer volver", explica el agente Benito Ferreyra.
El basural se fue y con él la podredumbre, pero un nuevo interrogante sobrevuela el vecindario. ¿Hasta cuándo?