Sería la una de la tarde del 24 de septiembre de 1812 y había cesado el fuego en el Campo de las Carreras. Caían algunas gotas de lluvia que aliviaban un tanto la temperatura, disipaban la tormenta de tierra y ahuyentaban la manga de langostas que había dado tono propio a las instancias finales de este combate cuyo resultado definitivo ignoraban ambos bandos.
El jefe realista Pío Tristán, cuando regresó al campo, encontró que sólo quedaban muertos y heridos. El grueso del ejército patriota se había replegado a la ciudad, que estaba foseada y fortificada. Tristán no se decidía a atacar porque lo amenazaban varias dudas. La principal, cuántos soldados y cuánta artillería lo esperaban efectivamente dentro de la ciudad.
Esta era la situación en las horas inmediatamente posteriores al combate. Buen material sobre ellas puede conocerse gracias al luego famoso general José María Paz. Este contaba 21 años recién cumplidos en los días de la batalla de Tucumán. Su grado era el de teniente de los Dragones de la Patria y formaba en la artillería, como ayudante mayor.
En sus "Memorias" dejó una narración sumamente vívida de la acción de Campo de las Carreras, aunque aclaró que era muy difícil narrarla. A lo que él mismo vio, y a los relatos de sus camaradas desde otros lados, dice, "nunca pude coordinarlos para formar un juicio exacto de los movimientos de ese día de confusión y de gloria; de ese día solemne y de salvación para nuestra querida patria". Pero, además de describir la acción, Paz ofrece una serie de detalles anecdóticos que otorgan especial colorido a lo que narra y que permiten situarse en el contexto.
Cuenta por ejemplo que Belgrano, a quien la desbandada del ala izquierda había arrojado a un par de kilómetros, regresó al campo de batalla con los hombres que había logrado reunir. Estaba deprimido y lo atenazaban los peores presentimientos respecto a la suerte del combate. De pronto, apareció al galope uno de sus tenientes, Juan Carreto. Ansiosamente, el general le preguntó cuál había sido, en definitiva, el resultado. Carreto contestó que, si bien habían batido el ala derecha española, creía que los enemigos habían ocupado la ciudad.
Entonces, el arrogante coronel José Moldes, que venía al lado de Belgrano, lo interrumpió. "No crea usted a este oficial, general, que está hablando de miedo", dijo despectivamente. Carreto se indignó y gritó: "¡Yo no tengo miedo y tengo tanto honor como usted!". Entonces Moldes, señalando el botín, arrebatado a los realistas, que Carreto traía en un par de mulas, replicó: "¡Cómo ha de tener honor un ratero como usted!". Ante el insulto, el teniente desenvainó la espada para batirse a duelo.
Moldes había aceptado vivamente el desafío y sacó también su espada, mientras Belgrano, abstraído, parecía no darse cuenta. El oficial Manuel Vera lo sacó de sus cavilaciones, indicándole lo que iba a producirse. Entonces, el general exclamó, airado: "¡Señores! ¿Qué insubordinación es esta?". Sus palabras lograron detener el inminente lance y se guardaron las espadas.
Minutos después, el general recibió otra versión del resultado de la batalla. Juan Ramón Balcarce arribó al galope y lo felicitó por el triunfo. Pero no pudo dar un argumento sólido que sustentara su afirmación: se limitaba a afirmar que había vencido al enemigo que tenía al frente. Belgrano, entonces, tuvo el propósito de entrar en la ciudad, pero a poco andar se convenció de que no era posible. Divisó un grueso cuerpo de tropa realista que cerraba la entrada y que inclusive disparó un par de cañonazos.
Resolvió entonces retirarse hasta la estancia de Ugarte, en El Rincón, a unas tres leguas de la ciudad. Allí resolvería los pasos siguientes, cuando tuviera  mayor información sobre lo que ocurría. Mientras tanto, despachó al ayudante José María Paz a recoger unos cañones que habían quedado tirados después de la acción.
Mientras Paz recorría el campo, encontró un soldado que se desplazaba agachado. Le preguntó si era patriota o realista la fuerza que divisaba a lo lejos. "Es nuestra", le contestó. Paz preguntó a qué ejército pertenecía. "Al nuestro" dijo el soldado. "¿Cuál es el nuestro?" inquirió Paz. Como el soldado reiteró su respuesta, Paz, ya francamente desconfiado, sacó su precaria pistola y le dijo: "Hable usted la verdad o lo mato". El hombre retrocedió con las manos en alto, hasta que pudo alzar del suelo un fusil con el que le apuntó.
Paz gatilló la pistola y el tiro no salió. Pero el soldado tampoco hizo fuego, acaso porque su arma estaba descargada.   En ese momento, el capitán salteño Apolinario Saravia, que estaba cerca, arribó al galope y el soldado huyó. "Saravia lo persiguió armado, como buen paisano, de un tremendo puñal: habiéndolo alcanzado, sin apearse ni parar el caballo, le dio dos o tres tremendas puñaladas por la espalda, y cayó, supongo que muerto", cuenta Paz. Agrega que "Saravia era muy agauchado, cabalgaba un soberbio caballo, era sumamente diestro en su manejo y profesaba un odio rencoroso a los realistas. El soldado de que he hablado, lo era".
Luego de este incidente, Paz logró endilgar a otro oficial el trabajo de los cañones y, de puro curioso y dando un rodeo, se dirigió a la ciudad. Quería distinguirse ante el jefe trayéndole noticias de buena fuente. Entró desde el sur, cautelosamente, por la actual calle Congreso, y se dio con muy agradables sorpresas. Comprobó que los patriotas controlaban totalmente la plaza , que estaban listos para la defensa, y que tenían gran cantidad de prisioneros, además de haberse apoderado del bagaje enemigo.
Sin pérdida de tiempo, se entrevistó con el mayor general Eustoquio Díaz Vélez y le avisó la posición del general. Díaz Vélez le encargó, entonces, correr hacia El Rincón e informar a Belgrano sobre estas novedades. Mientras Paz montaba otra vez a caballo, divisó el arribo del parlamentario enviado por Tristán para intimar rendición a los patriotas, propuesta que Díaz Vélez rechazó sin miramientos.
Paz se dirigió hacia El Rincón, y en la marcha encontró otra vez a Saravia. Ni bien le contó las novedades, el salteño espoleó su veloz caballo y llegó mucho antes a la estancia para informar a Belgrano. De todas maneras, al arribar, Paz repitió en detalle el mensaje de Díaz Vélez y su impresión sobre los aprestos de defensa. Al oírlo, la tristeza de Belgrano se esfumó, reemplazada por un desbordante entusiasmo. Encargó a Paz otra comisión: buscar municiones para que los cañones pudieran habilitarse y apoyar a las fuerzas de la plaza.
Agotado, Paz volvió a montar a caballo, acompañado por dos soldados. Cabalgó toda la noche, con buenos resultados. En efecto, si bien no pudo encontrar municiones del calibre que necesitaba, fue encontrando, en cambio, grupos de soldados patriotas que estaban refugiados en las casas que rodeaban el campo de batalla. Para no perder tiempo, los dejó allí, pero les fijó un punto de reunión para que se congregaran al alba.
Salía el sol cuando Paz estuvo de vuelta en El Rincón. Detrás, llegaron los soldados que había convocado y que serían unos ciento cincuenta. Con ellos y los que ya tenía formados, Belgrano se movió hacia la ciudad de Tucumán. Resueltamente, se puso a la vista del ejército realista, que la rodeaba expectante.
Relata Paz que, para impresionarlos, los soldados del rey hicieron algunos movimientos "de puro aparato" y, a las dos de la tarde, Belgrano envió al coronel Moldes como parlamentario ante Tristán, para intimarle rendición. "Las armas del rey no se rinden", fue la respuesta que trajo Moldes.
En toda esa jornada del 25, se mantuvo la tensa espera: en la ciudad, Díaz Vélez esperando el ataque desde las trincheras, y en las afueras, Belgrano aguardando también la decisión que tomase el ejército realista. Así pasó todo el día 25 de septiembre, hasta la noche, hora en que Belgrano ordenó a las tropas una marcha semicircular, situándolas en el arroyo de El Manantial.
Entonces supieron la gran noticia. Tristán, pensándolo bien, había resuelto no atacar, y se retiraba, con toda su tropa, rumbo a Salta.