El operativo limpieza está en marcha. Siete empleados que habían llegado en 2006 al Sutrappa, de la mano del entonces concejal Armando Cortalezzi, fueron barridos de un plumazo por el intendente Domingo Amaya.
Un mes antes, el ex titular del área, José Abregú, había deslizado que la corrupción anidaba en el edificio de la ex terminal de ómnibus. El ahora reciclado funcionario había decidido lavar la ropa sucia fuera de su casa y dijo ante este diario que en el seno de la repartición se apañaba a los taxis truchos. Los dardos envenenados de Abregú se clavaron en el corazón del amayismo e hirieron de muerte a la ordenanza creada por pedido de Casa de Gobierno, luego del crimen -aún no resuelto- de la joven Paulina Lebbos.
Por estas horas, amayistas y alperovichistas pelean por protagonismo. Los dos sectores antagónicos dentro del peronismo local aseguran que la ordenanza creada para controlar a los autos de alquiler no sirve. Buscan ser los firmantes de su certificado de defunción. Mientras estudian como darán la estocada final, la denostada repartición municipal tiene ahora un solo objetivo: pasar el desafío de la blancura.