Cada domingo el ritual familiar es llegar a su casa y darle un abrazo. Ni muy corto ni muy largo. Sí, afectuoso. Allí está él, vestido como esos gringos de las fotos amarillentas que de vez en cuando se ven en diarios y revistas. El semblante firme aún a sus setenta largos años. Un chiste a flor de boca, la mirada anhelante, los oídos preparados para escuchar -y compartir- las historias que la semana amontonó.

Habla de "su" Boquita, de los males de "su" San Martín, de "los pobres jubilados", de la inseguridad, de sus hazañas de irse en bicicleta día de por medio a comprar maíz para las gallinas; más el infaltable queso y dulce para acompañar el mate; más jugar una "boletita" a la quiniela ("tal vez saque algo siquiera pa' las tortillas" dice). Y comparte hasta sus "paradas" obligadas para saludar algún amigo, o ver qué cosas nuevas hay en la ferretería.

Si algún profe de Geografía lo pusiera a prueba, perdería por nocaut. En jardinería va otro 10. En precisión y pulcritud ante cada trabajo que se impone, otro felicitado. Ni qué decir a la hora de contar, pícaro, historias de sus tiempos mozos. Eso sí, con la voz bajita y cómplice para que la patrona no tenga oportunidad de lanzar un clásico "¡este hombre solo habla de zonceras!"

Su historia es igual a la de muchos "viejos" que dieron hasta lo que no tenían para sacar adelante las cosas en una familia. No le pregunten cómo lo hizo. Simplemente puso el cuero, el corazón y también eso que hay que poner cuando las cosas no vienen tan sencillas como uno imagina.

"Toto" no sabe de homenajes, como el de pasado mañana. Para él, cada domingo es una fiesta de los sentidos. Y cómo no lo va ser si ese es el día en que vuelve a ser el papá que todos queremos tener.